12- Lucas

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                                                       LUCAS


—Hola, Solís.

A veces, alguien que no soy yo parece usarme como disfraz y actuar de formas que no van en absoluto conmigo. Saludar primero era una de esas cosas. Pero saludar primero a alguien con quien no soportaba compartir espacio era el colmo de las rarezas. Dentro del confortable micro—universo que me había construido, con normas y patrones estrictos, eso se consideraba una anomalía.

Pero ahí estaba yo, parado dentro de mi tienda favorita frente a Félix Solís y hablándole sin siquiera tartamudear. ¿Y qué diablos hacía él detrás del mesón, de todas formas? Tenía que ser un sueño paródico.

—Hola –dijo él.

Se le veía aturdido y hasta tímido. Resultaba un poco diferente de la imagen que solía ofrecer en el colegio; su mirada altiva, la postura defensiva, la sonrisa burlona. Pero ahora solo parecía lo que en realidad era: un adolescente de quince años con problemas para comunicarse de forma elocuente mientras ganaba algo de dinero extra en sus tiempos libres.

La situación no podía volverse más surrealista.

—Tú... —Dios, ¿qué estaba haciendo? ¿Por qué no podía simplemente dejar el disco de John Coltrane e irme de allí?—, ¿tú trabajas aquí?

Solís asintió. Se pasó el dedo por la sien, rascando el cuero cabelludo. Intentaba encontrar la manera de articular una oración. Un gesto con el que podía identificarme muy bien, a mi pesar. Verle en esa situación me hizo sentir repentinamente envalentonado. Por una vez, había conseguido sacarlo de su podio imaginario. Era una sensación agradable. Y tal vez por eso, ese alguien que no soy yo y que a veces me usa como disfraz, dio unos pasos hacia adelante y dijo:

—No traes al ratón aquí, ¿verdad?

—No traes al ratón aquí, ¿verdad?

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Oh, mierda. Acababa de hacer un intento de broma. Uno muy pobre. Pero yo, Lucas Morel, estaba intentando bromear con Solís. ¿Qué me pasaba? El amarillo cara de queso se relajó un poco y aligeró aquel abstracto momento con una respuesta defensiva:

—No es un ratón. Es una rata de cola larga.

—Ya.

—¿Y tú?

—¿Yo qué?

—¿Qué haces acá?

Seguía sonando a la defensiva, pero aún no esgrimía su prepotencia habitual. Quizá, si lo conociera mejor, me atrevería a decir que estaba un poco asustado. Pero eso no podía ser.

—No sé. Tal vez comprar galletas –ironicé.

Sorprendentemente, él sonrió un poco. Fue una sonrisa algo titubeante y se tensó antes de extenderse poco más. Pero allí estaba, estampada en sus labios. Los mismos labios con los que me había besado.

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