Capítulo 5

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Blake no pudo volver a ser la misma después de que su familia saliera por la puerta de la antigua casa. En el momento en que sus padres dejaron el recinto, ella había dejado de ser una Collingwood, había dejado de ser familiar de cualquier persona que ella hubiese conocido, la habían repudiado.

Estaba destrozada y toda ella lo demostraba. No importaba que tantos días pasaran, que cambios climáticos se presentaran, o personas la visitaran. Porque sí, la visitaban, más de un chismoso iba a casa del nuevo duque de Bermont solo para ver a la Collingwood exiliada de su casa, de la mujer que traicionó todos sus principios para casarse con el adinerado caballero dueño de todas esas tierras.

Para colmo, Calder no ayudaba en nada. Sí, no la había tocado desde que se lo pidió hace ya un mes de su boda precipitada, dormían juntos y caminaban una vez al día por los jardines, pero no se decían nada, no se prestaban atención y ni siquiera se interesaban por saber lo que al otro le pasaba o preocupaba. Eran dos extraños que no se conocían ni tampoco querían hacerlo.

Debía aceptar que su esposo era un hombre increíblemente atractivo, su voz era como un imán para su cuerpo y sus vellos del cuerpo se erizaban con tan solo una mirada de sus flamantes ojos miel. Pero era solo eso, atracción, ferocidad, deseo.

Esa mañana al despertar, Blake se sitió tan mal como todas las anteriores, apenas comía y ni que decir de sonreír. Ver a Calder junto a ella tampoco le fue reconfortante. Era hermoso, sí, pero no lo amaba. Cuando pensaba que haría esa locura con Marcus, por lo menos tenía el consuelo de que despertaría y lo vería, amándola como nunca, que toda duda o penuria se esfumaría con tan solo ver aquellos ojos cafés que tanto le gustaban.

—¿Qué tanto me observas? —preguntó la fuerte voz de Calder.

Blake no se inmutó en lo más mínimo, ni siquiera porque él mantenía los ojos cerrados.

—Nada. Tienes un lunar ahí —apuntó una parte sobre su clavícula.

Calder instintivamente volvió la vista hacia el lugar, lo cual se le conflictuaba un poco y le daba la apariencia de un niño pequeño.

—Ah, ya lo veo —asintió—, no lo había notado.

—Es bastante grande, como no lo has notado.

—No pongo tanta atención a mi cuerpo, sino al de otros.

—¿Mujeres?

—Por supuesto. Como el tuyo, aunque no me facilitas las cosas.

—Lamento ser la única mujer que te hace un desplante, en serio perdón.

—Te dije que no me agrada el sarcasmo —Calder se puso en pie, haciendo notar que había dormido desnudo.

Y eso lo hacía siempre que podía, sabía que a ella le conflictuaba ese asunto, sabía que la incomodaba al límite de no poder dormir. Pero al menos la estaba acostumbrando al cuerpo varonil. Y ella podía asegurar, que le encantaba el cuerpo grande y trabajado de Calder, aunque le conflictuaba sobremanera verlo... todo.

—¿Podría taparse? —se volvió.

—No hay nada aquí que no tenga otro hombre.

—Aun así, no es algo que aprecie ver a primera hora del día.

—Lo siento por ti. Porque yo duermo desnudo y siempre lo haré.

Blake rodó los ojos y se puso en pie al igual que él. La rutina era la misma, llegaba una doncella para ella y un ayuda de cámara para él, los ayudaban a vestirse, desayunaban, caminaban por el jardín un rato, se daban un beso de despedida. Calder hacía sus cosas y Blake las suyas, se veían en la comida, charlaban un rato y así hasta la cena.

El último Bermont¡Lee esta historia GRATIS!