Capítulo 20: ¿Quién eres?

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-Joe, ¿Qué tal me veo? ¿Joe? ¡Joe!

El anciano, que ya parecía estar babeando al dormir, se despertó abruptamente por el grito de Andy.

- ¡Ya te escuché, escuincle! Deja de chingar de una vez y ya vete con tu novio a follar por ahí.

Andy rodó los ojos y volvió a verse en el espejo con expresión incómoda.

-Te preguntaba si me veo bien. -le dijo al hombre frente a él que estaba sentado en un sofá con su rostro arrugado y ojos entrecerrados como si no pudiera ver.

Lo examinó de arriba a abajo con una mano sujetando su mentón.

-Yo te veo igual de flaco, ¡De nada te sirvieron los trabajos en el campo!

- ¡Que no, así es mi cuerpo! -bufó con clara frustración ante la actitud del anciano-Y no es mi novio, es sólo un amigo.

Se encontraba en plena sala probándose trajes formales para la gala a la que lo invitó Carter y que se llevaría a cabo esa misma noche. La ropa era vieja y ninguno le convencía y tampoco era como si la ropa formal lo hiciera lucir mejor, al contrario, nunca en su vida ha hecho el nudo de una corbata.

-Estarás bien, muchacho. Solo ponte algo con lo que estés cómodo y te vas con tu novio.

Y Joe no le era de ayuda por el momento con todos sus comentarios de los cuales no sabía distinguir si eran porque ya estaba sénil o solo porque así era él.

Habían algunos sacos que le quedaban o muy pequeños o muy grandes así que había optado por llevar solo un chaleco azul marino sobre una camisa blanca con unos pantalones de vestir negros y rectos logrando estirar aún más su figura delgada hasta llegar a unos zapatos de cuero color negros y pulidos a la perfección. La mayoría de las prendas habían sido prestadas de algunos de sus conocidos en el pueblo que se enteraron de la gala y decidieron echarle un mano.

-El cabello corto no te queda mal ¡Ha sido de mis mejores trabajos! -comentó Joe con suma alegría y orgullo.

Comentario que de hecho era real; al apenas volver a verlo lo primero que hizo fue hacer que se cortara el cabello y aunque admitía que ya le hacía falta, la verdad era que prefería se había acostumbrado a tenerlo largo.

- ¡Sí, sí! Mejor ayúdame a amarrar ésta cosa. Es como una maldita serpiente de color blanco.

El anciano negó con la cabeza a la vez que reía por lo bajo y se paraba del cómodo sofá para que el adolescente dejase de pelear con la corbata.

-Lo que hubiera dado por verte usar ésto hace cinco años y todavía eras un pelele de primera, tan temeroso y tímido.

-Solo es un traje, Joe, y ni siquiera tiene saco. -habló una voz femenina que venía desde la cocina de la cual llegó una mujer mayor con varias arrugas por la edad y de cabello platinado.

-No es mi culpa que este niño se haya quedado tan pequeño y flaco.

La mujer en respuesta rió bajo y se acercó hasta Andy para también apreciar como se veía. Sonrió orgullosa.

Aquella tierna pareja de ancianos fue la que alguna vez lo acogieron cuando era un niño. Nunca perdió el contacto con ellos, muchas veces procuraba llamarlos en días feriados o visitarlos siempre que podía. Los consideraba como abuelos.

Pasado un tiempo, la hora de irse había llegado y partió al bar del pueblo donde el viejo dueño del establecimiento le prestó su camión para transportarse más fácilmente a la ciudad.

En el camino iba peleándose con el nudo de la corbata que estaba muy apretado a su gusto, no fue hasta que el desespero lo venció y terminó por quitársela y lanzarla al asiento del copiloto, ya encontraría como ponérsela.

Un Amor Que No Quiere Ser¡Lee esta historia GRATIS!