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Nueve años más tarde.

Aproximándose ya altas horas de la madrugada, la fuerte tormenta arreciaba cada vez más y más fuerte. Varios rayos plateados cruzaban el cielo esporádicamente formando enormes encrucijadas e iluminaban las habitaciones a través de las grandes cristaleras que estaban ubicadas en las paredes de piedra maciza. La pequeña Elwën intentaba dormir a pesar del fuerte estruendo de la tempestad. La temporada de lluvia llegaba poco a poco a su fin, debido a que el aire cálido de la costa ascendía hasta las frías montañas del Valle y proporcionaba una buena brisa marina, que incitaba a los cultivos de los jornaleros de Eäril a crecer a grandes zancadas. Siempre que esta etapa del año pasaba, aplicaban un refrán: A buena lluvia, cultivos productivos. 

      —¡Mamá, Mamá! ¡Despierta! —le gritó en voz baja Elwën a su madre, que permanecía en un estado de adormecimiento parcial debido al intenso aguacero nocturno, el cual no le había dejado dormir mucho. Mientras que la niña abría la puerta que separaba su habitación de la de sus padres, oía desde el exterior los graves ronquidos de su padre Theldril, que estaba sumido en un profundo letargo, producido por el agotamiento de la mañana.

      —¿Qué sucede, cariño? —abriendo los ojos con lentitud, vio una diminuta figura oscura apretando entre sus brazos un suave cojín de plumas, mientras que ocultaba la cabeza detrás de él, por tal de no ver los relámpagos que se producían en el exterior del palacio—. ¿No puedes dormir? —ésta negó con la cabeza, al mismo tiempo que sus rizos cobrizos brincaban alegremente en su estrecha columna vertebral.

          Riwen, colocándose tranquilamente la bata de satén plateado por encima de los hombros, cogió a su apreciada hija de la mano para llevarla a su dormitorio. Cuando la niña se acurrucó entre las suaves sábanas que ella misma tejió cuando se enteró de que su descendiente iba a ser una niña, le fue arrullando con delicadeza las mejillas y a la vez que susurraba una canción para lograr adormecerla con el vaivén de las letras que componían la nana que aprendió y heredó de su madre.

      —Mamá... — dijo ella con los ojos cerrados, alejándose a cada segundo de la realidad hacia el mundo de los sueños, donde la diosa Sephira la aguardaba para aplacar y sosegar sus pesadillas nocturnas.

      —Dime.

      —¿Crees que algún día seré tan buena reina como tú? —la pequeña tenía las sábanas a la altura de los ojos, para ocultar que sus mejillas estaban rojas por el rubor de la vergüenza de haberle preguntado eso. Ella incluso llegaría más alto, aunque no lo sabía aún, que la mujer que le dio lo más bonito que se puede tener: la vida.

      —Lo serás, incluso mejor que yo. Y ahora, tienes que descansar.

      —¿Me cantas la canción de la abuela? Por favor —suplicaba poniendo una cara triste y también lloriqueando para que cediera en su empeño de negarse. Aquella cancioncilla de cuna que su abuela le cantaba por las noches, pasó a ser su favorita. Era la historia de un príncipe de un reino lejano que, viajaba por cada ciudad, pueblo y aldea en busca de su futura mujer. Finalmente, la encontró, pero un inconveniente con el que no contaba, tomó protagonismo. A los cuatro días de casarse, la doncella con la que contrajo matrimonio, falleció envuelta en un halo de misterio.

                        Bajo las montañas de Éoaryl

                        un fornido elfo de alta cuna,

                        corría salvaje con su noble corcel,

                dejando su melena morena al fresco viento de la mañana.

Bajo las montañas de un sauce gris #Wattys2016¡Lee esta historia GRATIS!