Capítulo 4

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Blake durmió sola esa noche, cosa que agradeció, no supo de su marido y en realidad, no quería saberlo, su tío Thomas había sido siempre tan dulce y bueno con ella, que de pronto le dijera todo eso, la había herido en lo más bajo. Sabía que todo Londres le temía a Thomas Hamilton, pero ella nunca lo había visto actuar de manera agresiva, ni intimidante, mucho menos hablar mal.

Se levantó de la cama con pesadez, sintiéndose sola y decepcionada de sí misma, era una carga enorme lo que venía, sabía que de un momento a otro llegaría el momento de hablar con su propio padre. No toleraría que él la mirara mal, sabía que lo haría, pero jamás le había pasado en su vida que se mostrara decepcionado de ella, ahora lo estaría.

—Mi lady —dijeron desde fuera de la puerta—, el duque pide que baje a desayunar.

—Ah... ¿le puede decir que me encuentro indispuesta?

—No —respondió la voz del mismo Calder quién pasaba por ahí en ese momento—, baja a desayunar.

—Estoy indispuesta —repitió.

—El sentirse decepcionado de uno mismo no es una enfermedad, es solo un sentimiento, baja a desayunar. Y no le digan mi lady y a mi duque. Tenemos nombres.

—Pero señor...

—Nada Laura, dígame Calder y a ella, Blake.

Blake escuchó como los fuertes pasos del hombre se alejaban de la puerta y bajaban rápidamente las escaleras. No podía creer que no la comprendiera un momento como ese. Pero así sería su vida junto a Calder, no podía pedir sensibilidad a un hombre que, a todas leguas, no tenía sentimientos por nada ni por nadie. Era frío, duro y maniático.

Ella bajó las escaleras después de colocarse un vestido pertinente, descubriendo que en realidad era uno que su madre habría dejado en alguna etapa de su vida. Le sorprendía lo delgada que era su madre, a pesar de tener ya cuatro hijos, ella se encontraba esbelta y saludable como cuando tenía dieciocho, recordaba haber escuchado a su padre decir que era por todo el ejercicio que hacía constantemente.

Bajó sintiéndose extraña entre los pliegues del vestido de su madre y se introdujo al comedor con tristeza, sin tomar en cuenta al hombre que se encontraba en la cabecera, mirándola fijamente.

—Quita esa cara —pidió—, no todos tienen que saber que la señora de esta casa es desdichada.

—No puedo sentirme bien solo porque me lo ordena —respondió—, seguramente se me irá pasando.

—Tienes que corregir esas actitudes, al fin de cuentas, la que quiso casarse conmigo, fuiste tú.

—¿Qué actitudes?

—El no dormir con tu marido, no querer bajar a desayunar, esa cara de tristeza. Eres una mujer recién casada y, en lo que a mi concierne, la más feliz del mundo, comienza a hacerlo notar.

—Como ordene su majestad —tomó asiento a su lado derecho.

—Y déjate de sarcasmos, jamás me han gustado.

—No te gustan demasiadas cosas.

—Será mejor que las vayas aprendiendo, no soy de los que perdona con rapidez, es más, no recuerdo haber perdonado a nadie en mi vida.

—¿Se ha perdonado a sí mismo alguna vez?

—No he tenido razón de hacerlo.

—He ahí el por qué no perdona a los demás, si no comienza disculpándose a sí mismo y a los demás, el perdón nunca llegará. Y para que lo sepa, el perdón no sana solo a la otra persona, sino que se sana el alma de uno mismo, porque se olvida el rencor —soltó una risita— ¿Qué digo? Si lo único que usted tiene es rencor. Sin eso, usted ya no tendría nada que hacer en esta vida.

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