Pero eso tampoco parecía contentarla. Así que una tarde, aprovechando que la profesora Bodoque no había asistido, nos agarró del brazo y susurró:

—Escapémonos.

—¿Y si viene otro profesor? –pregunté, preocupado. Pero Solís se levantó y la siguió. Entonces se detuvo unos momentos y volteó para mirarme con ojos impenetrables. Sin embargo, no había desprecio en ellos.

Sus ojos tenían el color del fuego.

Parecían decir: "¿dejarás de quejarte o no?". Se asemejaron a los de Leo por unos instantes. Y quizá debido a eso, acabé siguiéndolos silenciosamente por el oscuro auditorio hasta deslizarnos por la puerta de emergencias que estaba detrás del escenario.

Acabamos los tres en el patio pequeño junto a los camerinos de gimnasia, donde el pasto crecía ingobernable y había un enorme árbol cuyas hojas rojas aún resistían el peso de la nieve. Brenda arrastró un toldo roto y lo extendió para que nos sentáramos. Yo no dejaba de mirar por sobre el hombro, nervioso, por si aparecía la inspectora.

Brenda puso música noventera con su celular y sacó un cigarro de su mochila para fumar tan campante. La miré preocupado. Mi expresión parecía divertirlos y yo no podía sentirme más fuera de lugar.

—¿Siempre vives con miedo de todo? –me preguntó Solís mientras dejaba que su rata saliera de su bolsillo y corretera entre nosotros.

—Es que si nos pillan...

—Si nos pillan, nos darán una reprimenda o una anotación. No es para tanto.

—Somos niños aún, podemos hacer estas cosas –dijo Brenda mientras soltaba humo de su boca. Alcé una ceja. Desde la aplicación de música, sonaba una canción de Lenny Kravitz—. Debemos disfrutar la vida, frutita azul.

—Los niños no fuman.

—Soy una niña que fuma, tú eres un niño que lee y Solís es un niño que trae una rata de forma ilegal al colegio.

Permanecimos en silencio y yo aproveché de seguir leyendo mientras Solís jugaba con Ziggy; la rata hacía ruiditos que hacían reír a Brenda. Cuando ella consumió su cigarro, sacó un frasco de su bolsillo y comenzó a pintarse las uñas de negro. Al acabar, nos preguntó si queríamos que nos pintara las uñas también. Sacudí la cabeza, pero Solís aceptó.

Lo miré perplejo.

—Creo que se ven bien –me dijo, sonriente.

—Eres un chico.

—Hay rockeros que usan más maquillaje que tres chicas juntas.

—Vamos, Lucas –me rogó Brenda—. Déjame que te las pinte. El negro combina con todo.

Me reí.

—No, gracias.

"Si papá me ve llegar con las uñas pintadas, me mata", pensé con un nudo de inquietud en la garganta. Era ese tipo de cosas que hacía Leo solo para provocarlo. Con él estaban más que acostumbrados a esa clase de extravagancias. Pero yo no era Leo.

Cuando terminó con las uñas de Solís, Brenda se asomó por encima de mi hombro. Me tensé. Nunca había sido muy receptivo al contacto físico. Mi familia comentaba a veces que yo era muy cariñoso y dado a los abrazos cuando era niño. Me costaba comprender en qué momento eso había cambiado.

Los recuerdos de mi infancia siempre habían sido difusos.

—¿Qué es eso que tanto lees? Siempre te veo con un libro diferente.

Le enseñé a Brenda la portada del "Catedral", de Raymond Carver. Solís me preguntó si era bueno.

—A mí me gusta –murmuré, sintiéndome inexplicablemente tímido.

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