10- Lucas

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LUCAS



Los últimos días de otoño transcurrieron con la fugacidad de un sueño. El cielo de Vivalri se encapotó de nubes azul oscuro y los árboles desnudaron sus ramas para dar la bienvenida a una temporada de nevazones constantes. Los edificios parecían difuminarse contra la nieve, envolviendo la ciudad en un blanco apagado.

Tras nuestra asignación como grupo de trabajo en el taller de teatro, las semanas de Mayo habían sido de lo más extrañas. Solís seguía siendo un molestoso que no podía mantenerse quieto ni atento durante las clases. Especialmente cuando se ponía a dar golpecitos suaves en la mesa con sus lápices, como si imitara a un baterista, mientras oía música o hacía garabatos obscenos en sus cuadernos.

Pero lo cierto es que ya no se metía conmigo. En realidad, ahora se limitaba a ignorarme y centrar toda su atención en Brenda durante las clases de teatro. Resultaba demasiado patético ver sus intentos por coquetear con ella. Para mi regocijo, Riveros respondía a todo con chistes o frases ingeniosas que lo dejaban siempre con expresión perpleja.

—¿Te gusta ser amarillo? –le preguntó ella en cierta ocasión.

—Pues... depende del día.

Lo vi mirarme fugazmente y componer una expresión algo molesta, como un niño que quisiera refunfuñar. Alcé una ceja. ¿Qué le pasaba ahora?

Días después, Solís le dijo a Brenda que le gustaban mucho sus labios y le hacían pensar en un corazón. Lo miré conteniendo una frase sarcástica antes de volver a centrar mi atención en el libro que leía.

—¿Con quién fue tu primer beso? –contraatacó Brenda, haciéndome sonreír. Adoraba a esta chica—. ¿Niña o niño? ¿Con lengua o sin lengua? Mi primer beso fue asqueroso. Creí que iba a escupir dentro de mi garganta. Uff.

Solís murmuró algo ininteligible. Fue la primera vez que lo vi avergonzado por algo y mis carcajadas brotaron tan fuertes que la profesora Bodoque tuvo que llamarme la atención.

—Apuesto que nunca has besado a nadie –me dijo el amarillo estúpido, picado.

—Sí lo he hecho.

No era propio de mí mentir y no sé por qué lo hice, pero él solía sacar lo peor que albergaba dentro. Nunca había besado a nadie, pero Solís no tenía por qué saberlo.

—No te creo. No con esa cara que tienes.

—¿Qué pasa con mi cara?

—Nadie besaría a un bloque de hielo.

—Al menos soy refrescante y la boca no me huele a culo. La tuya debe apestar a azufre.

—A ver, dilo de nuevo.

Se acercó a mí tensando los hombros y yo retrocedí justo cuando Brenda se colocaba entre ambos con las manos alzadas. Pese a ser más bajita que nosotros, tenía una forma de moverse cargada de resolución. Emanaba fuerza y luz por sí misma, igual que una estrella.

—¿Pueden dejar de pelearse? Siempre se están peleando. Es un asco.

—Él empezó –se quejó Solís.

—¡Yo no empecé! Tú fuiste el que dijo que...

—Frutitas inmaduras.

Miramos a Brenda casi al unísono.

—¿Frutitas?

—Deberían canonizarme por tenerles tanta paciencia. ¡Frutitas!

Desde entonces, ella solía decirnos así. Era irritante y adorable a la vez, pero ninguno de los dos se quejó del nuevo apodo. Sin embargo, de alguna forma, sus palabras consiguieron escarmentarnos y tratamos, en la medida de lo posible, controlar nuestras lenguas y hacer como si no el otro no existiera. Al menos delante de ella.

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