Capitulo único.

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El cantar de los pájaros hacia eco, y al compás las ramas de los árboles se movían sin parar. El sol brillaba y las risas se escuchaban. Era un hermoso día.

La cadena rechinante de una bicicleta se sumó a la música y seguida de esta se escuchó un pequeño ruido en el suelo; el periódico había sido tirado como todas las mañanas.

El señor Dugés de noventa años abrió la puerta con la intención de tomar el periódico y sentarse afuera a leer, entonces pasó aquel pequeño de ojos color miel igual que su cabello, risa contagiosa y sonrisa inextinguible, saltando y tarareando una canción.

- ¡Déjeme ayudarlo señor Dugés! -exclamó suavemente al ver al anciano tratar de agacharse.

Tomó el periódico y se lo tendió en las manos.

-Muchas gracias, Alegría -agradeció con una pequeña sonrisa.

-De nada -contestó tiernamente y siguió su camino.

Alegría venia de una familia en la cual los que nacían con el poder de curar vivían doscientos años y la mitad de estos los vivían siendo unos niños.

Ayudaba a las personas que se sentían mal, recurriendo a su poder tocando el brazo derecho del sujeto al mismo tiempo que unos destellos dorados hacían presencia en su mano y dejaban esparcido un lindo brillo sobre la piel del receptor.

Alegría ayudaba a volver un poco a la vida el alma desgastada, cosiendo con su poder las heridas y renovando la tela.

Y cada vez que salvaba a un alma de la oscuridad, sonreía contento pues la alegría de los demás era la suya.

Pero era tan extraño todo, porque como al ayudar se sentía mejor, al mismo tiempo perdía una parte de el y aquel fragmento perdido golpeaba de una manera muy fuerte al volver a la soledad de su pequeño hogar. Sin embargo, el pequeño veía mas fácil olvidarse que el era el protagonista de su propia historia y fingir consigo mismo que todo estaba completamente bien, que el estaba bien. Por que el era Alegría ¿Como podría acaso permitirse estar mal?

Saltó las piedras que formaban un estrecho camino hasta la puerta de su casa y se obligó a sonreír aunque nadie lo viera, no obstante sus comisuras bajaron igual de rápido que subieron . Abrió la puerta con aquella peculiar llave y se adentró a su casa.

Se saco su pequeño sombrero a la vez que estiraba sus piernitas largas y pálidas para alcanzar el perchero y dejarlo ahí.

Puso agua en la caldera para hacerse un cálido y sereno te, y mientras esperaba se sentó en aquel sillón color gris un tanto descuidado frente a la ventana.

Por su cabeza pasaron miles de pensamientos, tantos en tan pocos minutos que podría hasta ser irreal, sofocante para cualquiera.

Le abría su corazón a todas las personas pero este era de piedra cuando se trataba de su propio reflejo.

Era brisa y tranquilidad para los demás, cuando en realidad, en la soledad de su hogar y su habitación oscura era miles de tormentas y gritos ahogados, sollozos haciendo eco desde lo mas profundo, pidiendo ser liberados.

Y tenia miedo, aunque no lo aceptara tenia miedo del gran hueco que se extendía cada vez mas en su corazón.

Tal vez si tuviera a su familia, tal vez si alguien le diera un abrazo todo estaría mejor.

Pero como todas las tardes, como todos los días, hizo caso omiso a los pedazos de su corazón que caían lentamente como pétalos de una flor, y sin mas se preparo el te.

Si al menos alguien pudiera darse cuenta de como se estaba marchitando de a poco ¿Pero quien podría hacerlo con aquella sonrisa radiante y perfecta todo el tiempo?

Nadie podría saber nunca todas las tormentas que existían detrás de eso.

Tomó delicadamente la taza que contenía el te y justo cuando iba a dar un sorbo, un sonido brusco que corto inmediatamente con la tranquilidad del silencio se hizo presente.

Era alguien llamando a la puerta.

Alegría respondió sin mas, no sin antes ponerse derecho y dibujar aquella sonrisa en su rostro, como si fuera una máscara de la que luego podía deshacerse al estar solo.

Como de esperarse era una persona que necesitaba de su ayuda, el se coloco su abrigo y sombrero, y finalizo con un leve portazo, saliendo casi corriendo de su casa.

Acompaño a la señora a su casa, a pocas calles de su hogar.

Esta le contó de camino que su hijo pequeño se sentía triste por la perdida de su abuelo y no había nadie que pudiera hacer que se despegue de la cama, como si las cómodas y cálidas sabanas lo protegieran.

Al estar frente al pequeño este tardo en sacar su cabeza entre las sabanas y mostrar su rostro, le dio unas palabras de aliento, le hablo con calma como el solo sabe hacerlo, y el pequeño cedió luego de varios minutos.

Le hablo de paisajes, de flores, de la lluvia, de la nieve que se acercaba en poco menos de un mes, que esta brillaría, caería lentamente en hermosos copos y pintaría arte en cualquier cosa en la que aterrizara.

Le hizo olvidar un rato con aquellos relatos detallados el dolor que sentía en el pecho, la angustia que hacia pedazos su corazón, le hizo olvidar por un rato la gran perdida que había tenido.

Finalmente posó su mano en su brazo derecho como era debido, cerró los ojos y reparo lentamente su alma.

Separó levemente sus párpados y se encontró con el pequeño observando maravillado los brillos que ahora estaban presentes en su brazo, sonrió ante eso.

Recibió agradecimientos de parte del niño y de la familia, y luego de irse se dio cuenta de cuanto le costaba cada vez mas trazar una sonrisa en su rostro.

Y así pasaron los días, la misma rutina de siempre y una que otra taza de te interrumpida, a la espera de enfriarse como era costumbre.

Pasaban los días y la piel de Alegría iba perdiendo color, como si todo lo que sentía cayera en esta, en sus labios pálidos y en sus ojos con ya casi nada de brillo, si es que alguna vez lo tuvieron.

Un día, cuando regreso a su casa luego de ayudar a alguien, observo la taza de te ya casi helada, observo la textura apagada de las paredes, observo que al volver no tenía a nadie y nunca lo iba a tener.

Entonces se dejo caer en el suelo, y lloro.

La máscara que lo cubría se había roto ante el, la flor en su pecho ya no tenía pétalos para dejar caer, y los sollozos desesperados por salir rompieron su pecho, rasguñaron su garganta.

No sabia que al guardarse todo el dolor este no se desvanecía, ni se iba volando junto a la brisa, este se escondía en aquel hueco de su corazón, se aferraba a las paredes de su pecho y se esparcía por su alma como tinta negra, pintándola de este color.

No sabia que esconder los sentimientos te quebraba por dentro y que el sol no podía brillar por siempre porque también existía la noche, la lluvia, las tormentas.

Al otro día una mujer golpeo a su puerta y al ver que no respondía optó por abrirla, encontrándose a Alegría en el suelo, tan pálido que asustaba, hasta había rastros de lágrimas secas en sus mejillas y escondidas entre sus pestañas.

Lo llevo a su habitación preocupada y lo dejó sobre la cama para luego ir en busca de ayuda, y aun con un poco de vida, Alegría vio por primera vez caer un copo de nieve por la ventana como tanto lo había deseado, sonrió por lo irreal y hermoso que era, justo antes de su último respiro.

FIN.

Alegría. ✔Donde viven las historias. Descúbrelo ahora