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Cuando escuché aquellas palabras no supe qué pensar, se suponía que estábamos jugando a las mentiras, pero yo al menos no estaba mintiendo

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Cuando escuché aquellas palabras no supe qué pensar, se suponía que estábamos jugando a las mentiras, pero yo al menos no estaba mintiendo. Era mi corazón el que había hablado y creo que el de ella también. No sabía en qué momento había comenzado a crecer mi cariño por ella, pero de lo que si estaba seguro era de que no la iba a dejar ir tan fácilmente.

—Tati...

Nuestras miradas se quedaron fijas y tomé el valor de acariciar su mano, ella no me rechazó. Por alguna razón el recogido que tenía en el cabello se le soltó y algunos mechones de cabello se le vinieron hacia adelante, me moví del asiento para quedar más cerca de ella y los llevé detrás de su oreja. Mi mano se detuvo en su mejilla, estaba fría y la acaricié con sutileza. Me detuve muy cerca de su boca, sus labios pintados de rojos se abrieron ligeramente y los míos los anhelaron con locura. Acerqué mi rostro más al de ella e iba a besarla, sino fuera porque alguien nos interrumpió.

—Oigan, chicos. —No sabía de dónde diablos había salido Helen, pero mi cuñada estaba en cuclillas detrás del sofá y al parecer había tomado de más porque apestaba a alcohol y no dejaba de reírse sin ningún sentido. Algunas veces yo pensaba que esa clase de escenas en donde los protagonistas de la historia estaban a punto de besarse y los interrumpían, solo pasaba en las telenovelas, pero no señores, en la vida real también sucede—. ¿Quieren venir a la playa? —agregó a bajo volumen.

—¿A la playa? ¿A esta hora? —cuestioné extrañado por aquella invitación, debían ser aproximadamente la una de la madrugada, así que aquello era una locura, pero imaginé que todo se debía a que había tomado de más—. Creo que deberías ir a dormir, Helen —añadí entre risas.

—¿Vienen o no? —Cuando escuché la voz de mi hermano caí en cuenta de que aquello iba en serio, así que dirigí la vista hacia Tati que al parecer estaba igual de sorprendida que yo, y no supe qué decir—. Decidan de una vez, chicos, no querrán que Adam o Hilary se despierten y quieran ir también.

—¡Desmond! —gruñó mi cuñada—. No te creas que porque tomé de más, permitiré que hables mal de mi hermanita menor.

—No estoy hablando mal de ella, bomboncito de chocolate —se defendió mi hermano—, solo estoy diciendo que preferiría que fuésemos nosotros cuatro nada más, pero si tú quieres voy y la despierto y también aprovecho y despierto a Adam.

—¿Adam? —inquirió, dubitativa—. El que se estaba bebiendo el agua de los jarrones.

—Sí, ese mismo —afirmó mi hermano.

—¿Tu qué piensas, Tati? —le formulé a la rubia, aprovechando de que mi hermano y su futura esposa revisaban cuántos floreros se habían quedado sin agua, definitivamente Adam tenía un grave problema con el alcohol—. No hay problema si no quieres ir, lo comprenderé.

—Pues yo tengo mucho tiempo que no voy a la playa. —Se puso de pie y me ofreció su mano, ir a la playa con Tati, eso jamás me había pasado por la mente, pero se escuchaba fenomenal—. Así que vamos.

Bajo el cielo de LondresDonde viven las historias. Descúbrelo ahora