Prólogo - Antes del Desafío

4 1 0

Soy una jaula, en busca de un pájaro.

Kafka

Horas Muertas

1

Si había algo cierto en ese restaurante, era que la muerte y el jazz vibraban en la misma frecuencia.

Escaleras de notas del saxofón del gran Charlie Rouse flotaban, suspendidas en intervalos de un semitono, por encima de las mesas redondas de madera rústica, exquisitamente decoradas, con cubertería plateada y manteles blancos, hasta que livianas se perdían por el horizonte del mueble bar. De vez en cuando, el contrabajo de John Ore le quitaba protagonismo a Rouse, sorprendiendo con uno de sus pizzicatos, agudos pero sutiles.

Lámparas de tres campanas se aferraban con fuerza al papel de damasco pintado, porque temían que los compases de la batería de Frankie Dunlop fueran a arrancarlas de las paredes del comedor. Impetuosos, marcaban el ritmo los caóticos acordes de Thelonious Monk, el brujo de Carolina del Norte, cuyos dedos invisibles parecían acariciar el piano de cola, que inmóvil en un rincón de la primera planta, contemplaba indiferente a su único espectador.

Era un hombre negro que llevaba un uniforme azul marino y un chaleco antibalas. Dos profundas ojeras se dibujaban por debajo de su frente sudorosa. Su rostro ofrecía un aspecto errático, confuso, mezcla de éxtasis y sufrimiento.

Se llamaba Clement Scarboro; jefe de seguridad, casado, un hijo, tres hipotecas, una úlcera de estómago. Saboreaba un carpaccio acompañado de la especialidad de la casa: vodka con zumo de naranja. Y el carpaccio debía estar delicioso, pues se inclinaba encima del plato, ensombreciendo su contenido, como una bestia furiosa abatiéndose sobre su presa.

Comía a tal velocidad, que a menudo se atragantaba y le venía la tos. Entonces, suspiraba hondo, miraba de reojo su brazo izquierdo, oscilando a la deriva, colgando detrás de la mesa, y reanudaba su festín.

Los últimos vestigios sonoros de Sweet and Lovely se desvanecieron en el aire.

—Resulta curioso lo bien que encaja el jazz con la comida italiana —reflexionó en voz alta.

Por supuesto, no hubo respuesta. Clement estaba solo en el restaurante. Pero entonces, ¿de dónde procedía esa melodía dulzona que tanto lo fascinaba? Una capa de polvo sellaba las teclas del piano de cola. Además, el hilo musical estaba apagado. Sea lo que fuera la causa de ese pequeño prodigio, no parecía inquietarle en absoluto.

—Debe ser el contraste, ya sabes. El espíritu de Nueva Orleans enfrentado al clasicismo de la vieja Europa.

Clement insistía en compartir sus pensamientos con una audiencia inexistente.

—Este lugar, oh, adoro este lugar. Te abre la mente, amigo. Agudiza los sentidos. Nunca me había sentido tan lleno de energía...tan en sintonía con la naturaleza —dijo, echando un fugaz vistazo a su alrededor.

Clement terminó el carpaccio y se limpió los labios con la servilleta usando la mano derecha. Evitaba valerse de la mano izquierda, pues pensaba que cada extremidad servía a un propósito, y ella ya había llevado a cabo el suyo. ¡Vive Dios que lo había hecho!

Ahora, la banda fantasmal de Monk tocaba alegremente Body and Soul.

Clement se incorporó. Una vez de pie, se dirigió hacia el pozo de piedra arenisca, el cual se elevaba impasible, a unas pocas mesas de distancia. Entonces, se agachó y le susurró a su oscura garganta:

—Entre tú y yo, ¿tuviste la misma sensación? ¿Una musiquilla en la cabeza? ¿Antes de hacer lo que hiciste?

De nuevo, se levantó, respiró hondo y dejó que el jazz invadiese cada fibra de su organismo. Una descarga eléctrica de placer recorrió su espina dorsal. Y Clement bailó, oh sí, ya lo creo. Bailó como en una salvaje coreografía de Jack Cole. Giro de talones, zapateado, círculo. Derecha, izquierda, derecha, derecha, izquierda. Sus tacones resonaban con alegres ecos, mientras se deslizaban sobre el suelo embaldosado y la moqueta verdosa, en esa improvisada variante del Shim Sham.

—Sr. Scarboro, Sr. Scarboro, por favor, responda —dijo una voz preocupada, a través de un walkie talkie abandonado en el cojín de una silla estilo Luís XV, junto a la mesa que había ocupado nuestro aprendiz de bailarín, hacía escasos minutos.

—Decidle al direttore di sala que el carpaccio era fantástico —respondió Clement alegre, sin dejar de mover el esqueleto. Localizarlo sería difícil. Se había asegurado de desactivar las cámaras de vigilancia del restaurante.

No dejó de bailar; ni siquiera cuando el torniquete se aflojó, y un chorro incontrolable de sangre brotó de su muñeca cercenada, manchando de rojo el estuco veneciano de la habitación, y desparramando por la mesa los restos repugnantes de una mano medio devorada. Cartílagos masticados, músculos deshilachados, trozos de uña roídos; así eran los ingredientes de una odiosa receta destinada a triunfar en el infierno.

No dejó de bailar; a pesar de que la orquesta de jazz había dado paso a un murmullo gorjeante de gritos horribles, disparos de revolver, carcajadas incoherentes y el zumbido de algo infame. Un zumbido cavernoso, preternatural, que ningún insecto de este mundo sería capaz de reproducir.

No dejó de bailar; por más que una garra etérea rodeó su cintura con una fuerza maníaca, animal, y lo arrastró flotando hacia el exterior, hundiendo su cuerpo en la afilada punta de una verja metálica. Aceptó tan horrenda ejecución con vehemente orgullo, en lugar de resistirse. Como una mariposa que aleteaba al ser atravesada por un alfiler, su cuerpo mutilado se contrajo en una sucesión de violentos espasmos, y surgía de sus costillas un crujido pastoso, líquido, pavoroso.

—La muerte anda descalza, viste rojo carmesí, y su sonrisa...su sonrisa es contagiosa —fue su epitafio.

Seis Almas Seis Destinos (Avance)Read this story for FREE!