8- Lucas

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Las palabras de Solís seguían revolviéndome la mente cuando ocupé asiento en la primera fila de alumnos, dentro del auditorio. El entusiasmo inalterable de la profesora Bodoque contrastaba brutalmente con la absoluta falta de motivación y ganas que desprendían los demás. No podía culparlos: nadie estaba allí por amor al teatro.

Nadie, salvo dos chicas amarillas que no dejaban de cuchichear como ardillas y cuyos nombres no recordaba. Detrás de mí, también podía escuchar el ligero tecleo que hacían los dedos de Brenda Riveros en su celular, abstraída por completo de la clase. Me caía bien desde que me defendió, pero me daba demasiada vergüenza hablarle y agradecérselo.

Hice una pequeña mueca al recordar que Félix estaba junto a ella; casi podía sentir sus ojos de halcón egocéntrico en mi nuca, paladeando mi desazón, relamiéndose como un león satisfecho tras su cacería.

Realmente no soportaba a la gente como él. Gente que se acostumbra a juzgarte, a mirarte por encima del hombro, a pisotear tus sentimientos solo con la excusa de ser "sinceros" y "abiertos". Nunca se paran a pensar en cómo sus acciones y palabras pueden afectar a una persona. O tal vez sí lo hacen, pero no les importa. Eso es aún peor.

Si Solís fuera un desastre natural, sin duda sería un incendio: uno que arrastra todo a su paso para seguir ardiendo, para reafirmar su presencia y su punto de vista, aún si con ello acababa destruyéndolo todo. Lo importante es brillar. Decir "aquí estoy yo y me da igual quien seas tú, voy a quemarte para alimentar mi ego".

Suspiré. Por culpa de él, siempre dejaba escapar pensamientos poéticos.

—Hoy vamos a hacer algo mucho más divertido que analizar la comedia de Shakespeare –dijo la maestra, alzando un guión anillado y plastificado en azul—. Tengo aquí un guión de la telenovela colombiana Betty la Fea, ¿alguien la vio?

Hubo alzamientos de manos y exclamaciones de varias chicas: "¡Sii, me encanta!", "¡Yo la veía!", "La daban cuando era chica". Cerré los ojos, esperando que todos se pusieran a comentar dicha teleserie mientras yo aprovechaba de echar una semi-siesta. Pero la profesora parecía empeñada en dar inicio cuanto antes a la actividad de aquel día:

—Voy a pasar una fotocopia del guion puesto por puesto. La primera nota de esta asignatura consistirá en interpretar hoy, en grupos de tres, una escena de este capítulo. Recuerden lo que hablamos la clase anterior: suelten sus ideas, métanse en el personaje.

—¿Y de qué trata? –preguntó Alonso Carrell, un compañero de espalda ancha, guapo y simpático. Solía gustar a muchos chicos y chicas. Hasta yo me había sentido un poco nervioso con él cuando nos tocó hacer juntos un trabajo de ciencias. Pero despaché esa atracción con rapidez: él era un rojo y yo un azul. Ninguna posibilidad.

Algunos sospechaban que era un bicolor, pero él había afirmado, con una insistencia sospechosa, que era cien por ciento *colorámico y solo le gustaba la gente roja.

Pero semanas atrás, yo le había visto coqueteando, detrás de los camerinos, con una muchacha azul a la que siempre veíamos llegar en un auto lujoso cada mañana. Era evidente que provenía de una familia adinerada. ¿Mantendrían su relación en secreto para no levantar rumores que pudieran perjudicarla?

—Betty la Fea cuenta la historia de una joven azul muy inteligente a la que nunca le dan trabajo por su apariencia física, por lo que no le queda más remedio que trabajar como secretaria para Marcela Valencia, una mujer azul, como ella, pero muy superficial, que siempre trata a los demás con petulancia.

Alguien bromeó:

—Y al final se enamoran las dos.

—¡No hagas spoilers! –se burló Brenda, provocando varias risas.

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