7- Félix

6.1K 689 370



No lo digo porque sea mi hermana y compartamos genes, pero Irene era una mujer guapa. 

Sin embargo, siempre se las arreglaba para aparentar más edad. Karen, que estaba en la treintena, era mucho más juvenil; la frescura de la primavera le salía por cada poro, pese a ser una mujer azul. Irene, en cambio, exhibía el lado menos alegre de un amarillo: el inevitable proceso de marchitación del otoño.

Tenía veinte ocho años y ya había arrugas en el borde de sus ojos. Eran ojos cansados, ojos que habían derramado demasiadas lágrimas. Y yo me sentía impotente por ello.

Un día, mientras preparábamos la comida, le dije que trabajaba demasiado. Su mirada fue dura, pero yo ya era inmune a esas miradas. Lo que no te mata, te hace más terco. Y más hijo de puta también.

—¿Y quién va a pagar la hipoteca, las cuentas, tu ropa?

—Puedo trabajar.

—No, Félix. No quiero que trabajes. Solo tienes quince y necesito que te concentres en pasar de curso.

—Pasar de curso –repetí, entornando los ojos—. Muchas gracias por tus altas expectativas en mí, hermanita linda.

Logré conseguir que sonriera. Siempre que le arrancaba una sonrisa a Irene, yo me sentía bien conmigo mismo. Como sumar puntos en un juego. Si soltaba una carcajada, la victoria equivalía al puntaje máximo. Ese día estaba teniendo una buena racha.

 —"Expectativas", ¿eh? Veo que te ha mejorado el vocabulario.

—Hoy amaneciste con ganas de molestarme. 

 —Me la pones muy fácil. 

—Irene, de verdad quiero trabajar.

—Félix...

—¡Solo sería los fines de semana! Por medio tiempo. Y el trabajo es facilísimo: clasificar las películas y ponerle buena cara a los clientes. Hasta me dejarán hacer los deberes ahí.

—¿Tú, buena cara? A ver, no, espera, espera... —Me miró arrugando el ceño y sosteniendo el cuchillo de forma peligrosa en mi dirección—, ¿o sea que ya estuviste buscando trabajo por tu cuenta sin consultármelo? ¿Y qué es eso de clasificar películas?

Me alejé un poco, enterrando las manos en mis bolsillos mientras me apoyaba contra la pequeña ventana de la cocina. Había vuelto a nevar afuera; la nieve maquillaba poco a poco los techos de los demás edificios y casas que se apiñaban en nuestro barrio.

El departamento que habíamos heredado de nuestros padres era pequeño, pero confortable. Lamentablemente, tras su inesperada partida, dejaron un nada despreciable rastro de deudas que mi hermana aún se empeñaba en pagar. Por suerte, logró convencer al banco de que no nos embargaran la casa. Amábamos nuestro hogar.

 Allí, entre esas paredes, habitaba la memoria de un pasado feliz.

—El dueño del cineclub me lo ofreció —admití.

—¿Ese sujeto extraño de las cejas rapadas?

—Es un tipo genial –lo defendí.

—No me da buena espina.

—Porque siempre te dejas llevar por las apariencias. Si yo no fuera tu hermano y te toparas conmigo en la calle, seguro que te apartarías sujetando con fuerza tu cartera.

—No te pongas manipulador. Y mi respuesta es no.

Traté de no explotar. Mis arranques de rabia nunca funcionaban con ella, pero siempre me costaba contener la lengua y los impulsos. Karen insistía en que debía moderar mi "lenguaje corporal". Respiré hondo.

BICOLOR¡Lee esta historia GRATIS!