Resaca

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La furgoneta seguía en la puerta trasera del jardín, así que Simon y yo deducimos que al menos Mick seguía en la casa

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La furgoneta seguía en la puerta trasera del jardín, así que Simon y yo deducimos que al menos Mick seguía en la casa. Entramos en el salón por la puerta del jardín, intentando no despertar a los invitados que se habían quedado dormidos en la alfombra y los sofás. Pero ninguno de los Black Star estaba allí. Seguimos investigando y entramos en la cocina, allí estaban Mick y la amiga de Jeannette, compartiendo un cigarrillo y bebiendo café. Estaban despeinados y con la ropa hecha un desastre y por cómo se miraban y hablaban era evidente que habían pasado la noche juntos. Simon y yo nos detuvimos en la puerta, indecisos sobre si interrumpirles o no.

—Buenos días, pareja —dijo Simon.

Mick se giró hacia nosotros y nos miró de arriba a abajo. La sonrisa se le congeló unos segundos, después dio una calada al cigarrillo y nos brindó otra más amplia y falsa. 

—Buenos días, señor Martin. Menuda noche, ¿no le parece?

—Tiene usted razón, señor Ernst. 

Simon cogió mi mano y besó el dorso. Fue una declaración de intenciones y Mick lo captó a la primera. 

—Espero que no tengamos que arrepentirnos de las cosas que hemos hecho —dijo Mick, apagando el cigarrillo y acercándose a su acompañante—. ¿Qué dices tú, Pam?

—Que ya somos mayorcitos, ¿no crees? —contestó ella sobre sus labios para después besarle como si quisiera llevarse su alma. 

Al separarse Mick de ella Pam estaba totalmente extasiada. Tenía el culo pegado a un taburete, pero parecía que estaba flotando. Él dejó las tazas en el fregadero y abrió el grifo. 

—Sí —dijo él —supongo que cada cual es mayorcito para saber lo que hace. ¿No es así, señor Martin?

Mick estaba de espaldas a nosotros y no pudo ver el rostro tenso de Simon. Era el momento de dejar las cosas claras. 

—Así es, señor Ernst. 

Simon me abrazó por la espalda, en un gesto con el que me pareció que quería protegerme y enviar a Mick un claro mensaje: no te metas en esto. Mick se giró y nos regaló una de sus sonrisas tirantes.

—Perfecto entonces —concluyó mientras se secaba las manos con un trapo—. Nada más que añadir. Bueno, sí, una cosa. ¿Me ayudáis a buscar a Joe? Creo que ya es hora de marcharse de la fiesta. 

Pam se puso en pie y abrazó a Mick. Simon y yo les dejamos para que se despidieran a solas y, cogidos de la mano, seguimos recorriendo la casa. Dejamos atrás el comedor y nos adentramos en la zona de las habitaciones. La de Jeannette era la última. Cuando estábamos a punto de pasar por delante de la segunda puerta, esta se abrió y salió a toda prisa la experta en bajos que se había ganado las simpatías de Joe la noche anterior. Se paró en el pasillo para arreglarse la ropa y nuestro amigo apareció fumando un cigarrillo para apoyarse en el quicio de la puerta.

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