Capítulo 10.

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LA MUJER MÁS LINDA DEL MUNDO

Fanfic por Yukino

Viktor x Yuuri

Capítulo 10.



«Es el tipo de lugar equivocado, para estar engañándote...» (*)




Abrió los ojos lentamente, viendo cómo el alba se filtraba por su ventana. Estaba al borde de la cama, dándole la espalda a todo. De un pequeño sobresalto recordó lo que había pasado horas antes y extendió su brazo para tantear tras de sí, sin girar el resto del cuerpo. Pero no sintió nada. La inquieta mano buscó todo lo que pudo y se encontró únicamente con la eterna soledad con la que siempre compartía el lecho. Regresó su mano a su pecho y se encogió un poco, entristecido. Al parecer Chris tenía toda la razón, esa relación era apenas una muy mala película porno, donde al final cada actor se iba a su casa intentando ignorar lo sucedido.

Se abrazó a las sábanas casi que con lágrimas, y entonces lo escuchó. Un suspiro largo, algo ruidoso. Viró de inmediato y él, él estaba ahí. Del otro lado de su enorme cama, pero ahí, dormido boca arriba con una de sus manos en el pecho y la otra casi colgando del colchón. Viktor se sentó y lo miró largo rato, con agradecimiento más que otra cosa. Ese cabello negro alborotado ahora, caía con gracia sobre la funda de su almohada que seguro ya no cambiaría nunca. Y el sol empezó a golpearle el rostro al amante de ojos sesgados, haciéndolo ver aún más hermoso. Su pecho perfecto, sus piernas largas y torneadas, su rostro de tranquilidad. La alegría estaba durmiendo en su cama por fin. La esquiva alegría que había sepultado con 'él' ese día, renacía y estaba ahí, en forma de Yuuri Katsuki.

— ¿Yuuri? —Dijo con toda la delicadeza que pudo, mientras lo tomaba por un hombro —es hora de despertar. —Y sonrió diciendo aquello. Yuuri empezó a despertarse por partes. Primero movió una pierna, luego un brazo, después se encogió un poco y finalmente sonrió, todo sin abrir los ojos. Por fin le deseó los buenos días y abrió su ojo derecho.

—Dios, creo que otra vez se nos hizo tarde —dijo en un bostezo el chico adolorido. —Me vestiré y me iré—. Intentó sentarse en la cama pero sintió cómo si se le rompiera un hueso de la cadera. Ahogó un grito en su garganta, pero no pudo evitar llevar su mano a su espalda. Viktor se alteró un poco y se acercó para ayudarlo a acostar de nuevo. Yuuri le pidió que por favor le alcanzara unos analgésicos que tenía en su bolsillo con un poco de agua, y el obediente amante corrió desnudo hasta la cocina para traer el pedido, sin poder ocultar su preocupación. Lo último que quería era dañar a Yuuri de alguna forma, y no había pensado en el hecho que tener relaciones dos noches seguidas, podría ser agotador. Al parecer el profesor de Historia no tenía tanta acción como él creía y eso lo hizo sentir aliviado en parte.

Y recordó entonces de golpe que le tenía algo guardado a Yuuri. Le llevó el agua y los analgésicos y lo dejó solo un momento mientras buscaba en una de las cajas del comedor. No parecía darse cuenta que aún estaba desnudo y eso le hizo gracia al amante. Regresó con un rostro de satisfacción y se sentó en la cama junto a su chico de cabello negro.

—Hace poco revisando mis cajas, encontré esto, la verdad fue de pura casualidad, y quise dártelo —. Extendió la palma de su mano y había lo que parecía un prendedor muy pequeño y con bordes dorados ondulados algo oxidados. Yuuri lo tomó, se puso los lentes y por más que lo observó no supo de qué se trataba. —Verás... este broche lo llevaba el Zar Nicolás II en su banda, esa horrible noche cuando fue apresado. En medio de la confusión y el pánico se le debió caer y lo recogió al parecer algún tatarabuelo mío. Ha estado en la familia desde siempre, pero sin recibir el honor necesario; lo encontré y pensé que a alguien que aprecia tanto la Historia le gustaría... —El salto que dio Yuuri para abrazarlo le impidió seguir hablando. Lo tomó tan de sorpresa que no pudo sostenerlo con la fuerza suficiente así que cayó sobre la cama y sobre él, Yuuri. Estaba emocionado a más no poder y comenzó a nombrar sucesos históricos del Zar, que Viktor ignoraba por completo. Pero igual fingía que le entendía, porque ese rostro feliz estaba iluminando todo.

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