Pedido

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Desapareciendo a una rapidez vertiginosa, los cuerpos corruptos buscaban desesperados un refugio que los salvara de la guadaña de su verdugo. Quien sin dificultad avanzaba, hacia los jardines blancos, dejando una estela de alquitrán y agónicos gemidos a su paso.

Por otra parte, en el salón de un imponente edificio rodeado de nubes, los dioses observaban atónitos los impecables cortes efectuados desde una de las esferas del tiempo. Siendo testigos de la precisión y crueldad de aquel caballero oscuro, todos veían como sin piedad alguna cercenaba de maneras inusitadas a todos los tristes resquicios de maldad que osaran acercarse a su presencia.

Sin dudar un segundo, atacaba a diestra y siniestra. Con su negro cabello meciéndose a cada paso y su traje, que sin pudor dejaba expuesta la gruesa espalda y hombros marcados de su usuario, acentuando deliciosamente su fina cintura y fuertes piernas. Las cuales podían verse a través de dos grandes aberturas a los costados del pantalón, sujetas por finas cuerdas. La prenda, al ser suelta para una mayor movilidad, podría fácilmente haber mostrado más de la cuenta, pero para desgracia de los espectadores, blancas vendas recelosas cubrían desde los muslos hasta la cadera de aquel individuo. Cuyo rostro se mantenía oculto tras una máscara.

Todos se encontraban tan abstraídos en la secuencia de escenas frente suyo, que no habían reparado en la absoluta preocupación que destilaban unos bellos ojos chartreuse, negados a alejarse de la esfera del presente en manos de Tiempo. Ni tampoco en el claro nerviosismo presente en el dios de las eras cada vez que un nuevo ataque era enviado a la tierra, donde millones de plagas se encontraban reptando entre las sombras. Ni mucho menos, se percataron de la ausencia de la responsable de la medicina en aquella sala. Simplemente todos estaban demasiado impresionados por el único espectáculo frente a sus ojos, sin poder dejar de preguntarse quien era aquel imponente guerrero que destruía, sin mucha dificultad, a más de mil plagas en cada ataque. Todos, excepto por las dos deidades supremas, Tiempo y Vida, quienes conocían a ese ser demasiado bien.

Apartando por un instante su mirada, el benefactor apretó sus puños con frustración. Hundiéndose en los recuerdos de lo ocurrido hace menos de dos horas atrás, su conciencia no dejaba de reprocharle su ignorancia ¿Qué tan poco sabia en realidad de su contraparte?



La tensión en el ambiente era palpable, mientras Vida y Medico lo veían con intensidad y poco disimulado rencor. Sin embargo, al dios juez tal hecho no podía importarle menos.

Encantándose los cinco reunidos en uno de los salones de la torre más alta de Ithis, los responsables de la creación, así como los dos dioses responsables de la vida y la salud, esperaban escuchar la razón de los actos cometidos por el dios guía.

Sin apartar su mirada de los dos grandes creadores frente a él, llevando una rodilla a tierra, el acusado inclinó la parte superior de su cuerpo en una reverencia, para posteriormente tomar la palabra.

―Mis señores, lamento mi imprudente comportamiento. Sé que es imperdonable, pero la situación en la que me encuentro no me permitió pensar con claridad. ―Bajando su rostro al pedir disculpas, desde su posición esperaba que ambas deidades supremas le permitieran volver a levantar su cuerpo.

―¿Entiendes lo que has hecho? ―preguntó Ithis con calma y una frialdad escalofriantes―. Has levantado tu mano contra tus compañeros.

―Lo sé y aceptare cualquier castigo que se me imponga, sin queja alguna ―respondió bajando aún más su cabeza, casi como si la ofreciera para ser ejecutado―. Sin embargo...

―¿Sin embargo? ―consultó el creador sin perder la ese tono frio.

―Quiero pedir la oportunidad de utilizar otro de mis caprichos.

Una Juguetona MuerteDonde viven las historias. Descúbrelo ahora