—Mamá, apártate de ahí, por favor. Déjame limpiar esto –suspiró mi madre con suavidad mientras se agachaba para recoger los pedazos rotos del vaso. Pero mi abuela no se movía. La miré con tristeza.

—Abu... —comencé, levantándome. Pero su grito me detuvo:

—¿Por qué tiras las cosas de mi hija?

Al decirlo, miró a mi madre y la apuntó con un dedo tembloroso.

—Fuiste tú quien dejó caer el vaso, mamá.

—¿Mamá? –repitió.

—Sí, mamá. Tú eres mi mamá y yo soy tu hija.

—No, no... —Mi abuela sacudió la cabeza, pasándose una mano frágil por su rostro arrugado. Sus ojos eran el espejo mismo de la angustia reflejada; sus cabellos blancos, ensortijados, le daban a su expresión un aspecto de ligera enajenación—, mi hija es mucho más jovencita... le gusta hacerse trenzas. ¿Marta?

Mi madre apretó los labios y los puños. Empezaba a perder la paciencia.

—No, mamá. Yo soy Ingrid. Marta no está con nosotros.

—¿No está?

La situación no era inusual en mi casa. Pero seguía siendo dolorosa de ver.

—Por favor, no le digas... —comencé, pero mi madre alzó la mano, pidiéndome que no interfiriera; sus ojos eran dardos. Ojos cansados. Estaba harta.

—Ayer me volviste a preguntar lo mismo.

—¿Dónde está Marta? –preguntó mi abuela.

—¡Muerta, mamá! ¡Marta se murió cuando tenía diez años! Ahora, por favor, déjame limpiar y... y solo vete, ¿está bien?

Una rabia caliente comenzó a burbujear dentro de mí al ver la expresión devastada de mi abuela, que se llevó ambas manos a su boca, sacudiendo la cabeza. Me puse delante de ella, pisando algunos de los trozos de vidrio.

—¡No le digas esas cosas! –grité—. ¡No la trates así!

Los ojos de mi madre eran atribulados, pero aún rabiosos. Podía entender su cansancio y su frustración, pero mi abuela no tenía la culpa.

—¡Siempre pregunta por Marta! ¡Me tiene cansada!

—¡No puede evitarlo! Solo debes... debes ser más paciente con ella, mamá.

Los sollozos de mi abuela eran como astillas en mi corazón. La abracé, acariciando su cabello, mientras la alejaba de la cocina y nos dirigíamos a su habitación. Siguió llorando como una niña pequeña cuando hice que se sentara en la cama, junto a mí. No dejé de rodearla con el brazo, diciéndole que no pasaba nada, que nada era culpa suya. Pasaron varios minutos hasta que se calmó y su rostro se volvió insondable, casi inexpresivo.

Tragué saliva.

—¿Sabes, abuela? Cuando lloras tanto, se te corre el maquillaje y te pareces a un cantante de rock que me gusta mucho.

Ella me miró parpadeando. Intentaba recordarme. Sostuve sus manos y le sonreí.

—Hola –dije—. ¿Cómo estás, Ñeñe?

Mi abuela se llamaba Victoria y durante su juventud fue una famosa pintora. Pero Leo y yo la llamábamos Ñeñe. Según papá, fue la primera palabra que aprendimos a decir y ella era quien nos cuidaba en ese momento, algo que la emocionó hasta las lágrimas. Desde entonces, nosotros le decíamos así.

—Leito –dijo con cariño. No la corregí; si ella quería pensar que yo era Leo, así sería. Pasó sus dedos apergaminados por mi rostro—. Te cortaste el pelo. Ahora estás igualito a Lucas.

Me reí. Aunque ella no podía saberlo, siempre me hacía reír. Incluso ahora que su memoria se difundía en el olvido. El alzhaimer es una enfermedad devastadora; como ver a una flor marchitarse poco a poco en la nieve. Y no hay nada que puedas hacer para remediarlo. Nada, salvo amar a esa persona hasta el último momento.

—Es que así me veo más guapo, ¿verdad, Ñeñe?

Ella asintió, con una bruma inquietante en sus ojos azul claro. Froté el dorso de su mano. Estuvimos así unos momentos, hasta que ella me miró extrañada y dijo:

—Te pareces a mi nieto.

—¿En serio? –murmuré, fingiendo sorpresa.

—¿Cómo te llamas, hijo?

—Me llamo Lucas.

—Qué lindo nombre –Ella me sonrió con dulzura, palmeando mis manos—

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—Qué lindo nombre –Ella me sonrió con dulzura, palmeando mis manos—. Yo me llamo Rosa Blanca.

Ese era el pseudónimo con el que firmaba sus pinturas. Se lo dije y a ella se le iluminó la cara. Entonces comenzó a hablarme de sus viajes por el mundo, de las obras que había expuesto en una prestigiosa galería alemana, de los amantes que tuvo. Me quedé boquiabierto cuando, súbitamente lúcida, empezó a recordar a una mujer amarilla a quien ella llamó "Lucy". Habló de ella con tanto amor que sentí un cosquilleo de alegría inesperada dentro de mí.

Luego, su rostro volvió a ser inexpresivo y sereno.

—¿Dónde estamos, Leo? –preguntó, repentinamente asustada. Sostuve sus hombros y la hice mirarme a los ojos.

—Estamos en casa, Ñeñe. Esta es tu habitación.

Ella comenzó a observar sus pinturas, sorprendida. Las habíamos colocado en las paredes que estaban frente a la cama para estimular sus recuerdos.

—Qué cuadros tan extraños –dijo, riendo. Su cara se iluminó con una sonrisa—. Pero me gustan. Dile al artista que lo felicito mucho y que siga pintando.

Asentí, palmeando sus manos con afecto. Ya no tenía lágrimas para derramar. No ese día.

—Se lo diré, Ñeñe.

Poco después, ella se quedó dormida contra mí, respirando con expresión pacífica. La acomodé bajo una gruesa manta y besé su frente áspera. Al otro lado de la ventana, habían comenzado a caer los primeros copos de nieve.

—Te quiero mucho, abuela –susurré con la voz quebrada.

Ella y yo éramos los globos desinflados de la casa. Manchas molestas en un mundo que avanzaba demasiado rápido.

Y nadie quería lidiar con nosotros. 

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