6- Lucas

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Amaba a mis padres, de verdad que los amaba. Pero un día descubrí que no los entendía. Ni ellos a mí. Hablas el mismo idioma, vives en la misma casa y recuerdas, con nostalgia, haber sido arropado por ellos, haber recibido cariños y palabras tiernas al darte contra el piso la infancia.

Y entonces todo eso se diluye.

La familia es como un archipiélago de islas de diferente tamaño. Sin embargo, en algún irremediable momento, esas islas empiezan a alejarse. Se pierden océano adentro.

O acabas transformado un globo volando sin rumbo, trastabillando en el cielo.

Mi madre, una mujer reservada y trabajólica, era jefa en una firma de contadores auditores de gran prestigio. Vivía con la nariz metida en sus números, en sus papeles y calculadoras. A veces intentaba ponerse al día con nosotros, con sus hijos, con su esposo y su madre, pero era como si siempre corriera dos pasos por detrás. A veces, yo podía sentir su frustración en oleadas; su culpa por no ser lo que esperábamos de ella, su constante sentimiento de culpa.

Mi padre, arquitecto de profesión, odiaba su trabajo, pero jamás lo decía. Para remediar ese vacío, dedicaba sus horas libres a pescar y salir con sus amigos. Era más cariñoso y paciente que mi madre, pero demasiado impredecible. Yo había salido a él en ese sentido; nunca podíamos confiar en su palabra. Las promesas de nuestro padre eran como dados lanzados al aire.

Leo y él solían pelearse con frecuencia, a gritos en el patio trasero. Al menos una vez por semana. Si no lo iniciaba uno, lo hacía el otro.

—¿Por qué te comportas como un bicolor? –escuché gritar a papá la semana anterior.

—Deja de meterte en mi vida. Yo no te digo nada cuando te pasas con las cervezas, ¿no?

—Me meto porque vives bajo mi techo, bajo mis reglas. ¡Quítate eso, Leo!

Mi hermano se hizo hacia atrás, torció una sonrisa petulante y pasó por su lado sin hacerle caso, ignorándole, como siempre hacía. Era muy consciente de que eso lo enfurecía. Y sabía también que tanto mamá como papá eran de carácter pusilánime; podían gritar mucho, pero nunca nos habían levantado una mano, nunca habían conseguido moldearnos. En el fondo, eran incapaces de lidiar con aquello que les resultaba diferente.

Creo que les dábamos miedo.

No les gustaba que Leo usara ropa negra ajustada y pearcings en las orejas. Esa era, en palabras de mi padre, una costumbre de bicromáticos, de bicolores; gente que sentía atracción por colores opuestos. En mi familia, todos eran bicromofóbicos. Mis tíos, mis primas..., absolutamente todos.

Pero yo no sabía qué pensar.

Me faltaba la pasión de Leo, me faltaban las convicciones de mi padre y la disciplina laboral de mi madre. Yo era, junto a mi abuela, como el globo de un cumpleaños que ya había pasado de moda. Un globo que se desechó tras las primeras horas de diversión.

Esos globos que ruegas que te compren cuando visitas una feria. El globo es genial al principio; admirarás su brillante color, jugarás con él un rato. Pero dejará de ser interesante cuando aparezca otro juguete mejor al cual prestar atención. Luego el globo se quedará solo, flotando en la esquina de tu habitación, haciéndose más pequeño y arrugado con cada día que pasa.

Pronto, ese globo no será más que la cáscara de plástico de lo que un día fue, sin la magia y la energía que lo había mantenido a flote.

"Tú no eras así antes, Lucas"

Ese globo soy yo.

~~~~

Levanté los ojos de mis cuadernos de biología cuando escuché el sonido estrepitoso de un vaso de vidrio al caer al suelo. Los trozos quedaron desperdigados en medio de mamá y mi abuela; la primera respiró hondo, conteniendo palabras inadecuadas; la segunda se quedó con la mirada perpleja y perturbada, como alguien a quien despiertas de golpe durante un sueño profundo.

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