Noche porteña

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Las risas se mezclan con palabras. Se escapan de las bocas grotescas pinchando el humo de cigarrillo instalado bajo el cielorraso. El último tango de la noche parece más triste en aquel tugurio de la calle Esmeralda. En los rincones oscuros, como tejiendo telarañas, se esconden las parejas que no pueden esperar. La magia de una atmósfera propicia para la diversión y el olvido se escapa con cada persona que se va del lugar. Quedan pocos cuerpos desparramados en las mesas, abrazos a putas y a botellas. El bandoneón termina su trabajo y espera inúltimente un aplauso desde el auditorio decadente.

En la calle la oscuridad de la madrugada, en esa sala la sombra de personas vacías y el silencio nuevo de la orquesta que completa la trilogía fatal. Es imposible contar los cigarrillos fumados durante la noche. Las colillas están por todas partes, en orgías cenicientas sobre las mesas, aplastadas en el piso sucio, en la boca de algún borracho, como pedazos de vida que se quiere dejar atrás.

En una mesa perdida en ese simulacro de infierno, un hombre desaliñado, con restos de decencia diurna, tiene la mirada fija en un punto cualquiera. Rechaza varias veces la oferta de las putas. Una botella de whisky casi vacía aplasta una carta escrita con letra de mujer, firmada con perfume y despedida y mojada con lágrimas de hombre unas horas después en ese antro sin caras conocidas.

Con una sonrisa alcohólica, el hombre cierra y abre los ojos con la esperanza de despertar en otra realidad. Se siente minúsculo entre millones de situaciones iguales que ubican su dolor en el estante del lugar común. Se ríe solo en su tristeza, estrenando el eco que dejó vivo el silencio en un tiempo medido con recuerdos, lento como una espera ansiosa. Restos de una noche sin estrellas con nubes de aire viciado. Una cama vacía que espera en alguna habitación. Infinitos detalles que convertirán su vida en un tortura. Calles intransitables, tangos hirientes, tranvías sin destino. Año 40, Buenos Aires. Calle Corrientes y obelisco. Tango, ausencia, noche y dolor. Nada nuevo en el misterioso transcurrir de la eternidad.

El amanecer y el dueño del local arrastran al hombre hasta la puerta de salida. Lo empujan como a una bolsa de basura mientras sonríe y levanta las cejas para ver nítidamente lo que su borrachera multiplica por dos. El golpe de la puerta al cerrarse lo devuelve a una ciudad nostálgica. El hombre mira su ropa sucia, levanta la cabeza y el ruido de un tranvía le retumba en la conciencia ebria. Movimientos torpes se suceden sin éxito. No logra levantarse del piso húmedo y un barrendero que empieza su trabajo se acerca en su ayuda.

-Ey! Amigo. ¿Está bien? ¿Se le perdió algo?

Con esa lucidez atroz de angustias que solo borra la muerte, el hombre hace un esfuerzo para articular las palabras y responde:

-El alma perdí...

El pacto / Río abajoDonde viven las historias. Descúbrelo ahora