5- Félix

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FÉLIX


Tenía cinco años la primera vez que comprendí que la sociedad pretendía ser como un rompecabezas. Un rompecabezas muy grande y muy cuadrado, donde todos somos una pequeña pieza con una sola función: encajar.

Yo era una pieza amarilla.

Y Lisa era una pieza azul.

—¿Cómo te llamas? –fue lo primero que me preguntó. Tardé unos momentos en balbucear una respuesta, en voz muy baja. 

Pero ella sonrió diciendo que mi nombre le hacía pensar en un zorro

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Pero ella sonrió diciendo que mi nombre le hacía pensar en un zorro.

—Yo me llamo Lisa. ¿Lo hacemos juntos?

Señaló el rompecabezas que me había tocado armar. Todos los niños debían compartir uno. Asentí, mirándola sorprendido, y ella se colocó al otro lado para empezar a hacerlo por las esquinas. Muy lista, recuerdo que pensé. ¿Por qué no se me ocurrió antes? El salón del jardín de niños era aún un sitio nuevo para mí y me costaba, por entonces, interactuar con los demás. Ok, vale: yo había sido uno de esos insoportables mocosos lacrimosos que echan siempre de menos su casa.

Pero gracias a Lisa, dejé de lloriquear en las esquinas.

Nunca la olvidaré. Era una niña dulce, de rostro gordito y pelo ondulado. Le gustaba arrugar la nariz por todo: cuando algo le costaba, cuando algo le hacía gracia, cuando algo de le daba asco. Me gustaba fijarme en esas cosas. A mis cinco años, yo era muy observador. Gracias eso conservo recuerdos bastante nítidos de aquella etapa de mi vida.

Curiosamente, mi memoria se volvió mucho más fotográfica tras la muerte de mis padres. Antes de ellos de todo era borroso, como si algo dentro de mi cabeza, de alguna forma, se hubiera ido también. Yo me transformé en una suerte de recién nacido.

Y la pobre Irene tuvo que lidiar con los fantasmas.

—¡Te lo presto!

Un día, Lisa colocó entre mis manos su muñeco favorito: un dragón azul llamado Pecoso. Ella sabía que me encantaba, gesto que agradecí con una sonrisa y un beso en la mejilla. Irene siempre me daba besos cuando yo hacía algo bien. También les daba besos a sus novios. Lisa había hecho algo bien y me gustaba como novia, así que el beso era una reacción lógica, pensé.

A ella pareció gustarle mucho, pues se rio y se le azuló tanto la cara que casi se le puso negra.

—¿Entonces desde ahora seremos novios? –me preguntó.

Asentí efusivamente y ella me abrazó. Lamentablemente, nuestro "romance" duró solo un día. La profesora, que pasó a nuestro lado justo cuando Lisa me decía que Pecoso sería nuestro hijo, se detuvo a escucharnos unos minutos, exhibiendo en sus gestos cada vez más incomodidad. Esbozó una sonrisa forzada, se agachó entre nosotros y nos explicó que solo podíamos jugar a ser amigos, pero no a ser esposos.

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