Joe Johnson, bajo.

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El sábado a mediodía, cuando salí del almacén, el viento había decidido dar una tregua y una extraña calma silenciaba las calles de Barts

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El sábado a mediodía, cuando salí del almacén, el viento había decidido dar una tregua y una extraña calma silenciaba las calles de Barts. A la una y media había acabado mi jornada laboral y subía por la calle principal, Jefferson Street, agotada y deseando darme una ducha y una siesta. No le había dicho nada a mi madre sobre la fiesta de Jeannette, pero creía que no le importaría que fuera. Casi nunca me preguntaba a dónde iba cuando salía a la calle.  

Giré por la calle Perkins, justo a la altura del edificio en el que Joe tenía pensado alquilar un apartamento y me fijé en las ventanas. Esperaba despejar mi curiosidad viéndole tras el cristal de alguna de ellas y fue él quien me vio antes.

—¡Carol! 

Estaba sentado en el alféizar de una de las ventanas del segundo piso, con las piernas colgando y un cigarro en la mano. Me saludaba imitando la ilusión de un niño de diez años. Le devolví el saludo entre carcajadas.

—¡Joe, te vas a matar!

Me acerqué al edificio y le miré desde abajo. Joe hizo un gesto, como si le hubiera dicho algo exagerado y me sonrió de nuevo. Llevaba lo que parecía un pantalón corto de color claro y una camiseta de tirantes raída, nada que ver con las estilosas camisas negras y los pantalones oscuros que solía llevar en la madriguera. Así vestido pude certificar que estaba tan delgado como creía, pero también que sus hombros anchos y ligeramente curvados hacia delante y sus clavículas perfectas no le desmerecían en absoluto. 

—Me he mudado hoy. Sube, serás mi primera invitada. 

Subí. En las zonas comunes del bloque todo era de hormigón, con acabados bastos y pocos resquicios para la luz. Pero los apartamentos, que no debían tener más de veinte metros cuadrados, eran otra cosa: tenían el encanto de la pared de ladrillo de la vieja fábrica y un chorro enorme de sol entrando por el alto ventanal. En el de Joe, de planta cuadrada, sus pertenencias se apilaban en el centro del espacio y consistían en el bajo en su estuche rígido, un pequeño amplificador que asomaba de una bolsa de basura oscura, tres cajas de papel craft de tamaño mediano, una nevera portátil y una maleta negra bastante hecha polvo. El resto estaba aún vacío.

—Bienvenida a mi morada —dijo en tono solemne cuando me vio parada en la puerta—. Entre libremente, por su propia voluntad, y deje parte de la felicidad que trae.

Acabó la frase con una complicada reverencia y vino a buscarme. Entonces me di cuenta de que estaba en ropa interior, descalzo, y un latigazo de frío me recorrió con tan solo mirarle. Llevándome de la mano me fue mostrando orgulloso el pequeño hornillo eléctrico y la nevera que componían la cocina, la pila del fregadero y el baño más pequeño que había visto en mi vida. En conjunto aquel único espacio no era mucho, pero Joe parecía tan entusiasmado que no quise aguarle la fiesta poniendo peros.

—Pondré un sofá cama, más o menos por aquí —indicó un espacio cerca de la ventana—. Y la mesa cerca de la cocina, por allí. ¿Qué te parece?

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