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Un golpe en el hombro despertó a Corín, que lo hizo confusa debido a lo frecuentado del sueño, pues últimamente se repetía más de lo habitual.

Eso le había animado a buscar el significado de esas imágenes, incluso investigó en libros una explicación, encontrar el lugar donde se hospedaba aquel extraño castillo, que desde la lejanía, tenía el aspecto de un candelabro. Pero a pesar de sus indagaciones, no había encontrado nada.

Era un sueño, se decía, pero las extrañas plantas, esas brumas oscuras y lo que sentía cuando pisaba esas tierras... no terminaban por convencerla y su imaginación le jugaba malas pasadas, ya que no le parecía que fuera una pesadilla común y corriente.

Corín se removió inquieta en el asiento del pasajero, y miró cuanto le rodeaba. Ella y su tía viajaban hacia su nuevo hogar, una pequeña urbanización alejada de la ciudad, oculta en la naturaleza, lugar donde habían asignado a su tía debido al trabajo.

—¡Mira Corín, que preciosidad! —exclamó Miranda, con la vista al frente.

Corín dedicó una sonrisa a su tía y observó. Los bosques se extendían hasta donde alcanzaba la vista y a través de la arboleda podía ver especies de animales hasta el momento únicamente vistas en libros. Divertida bajó la ventanilla unos centímetros, disfrutando de la brisa de la naturaleza, provocando que sus cabellos rubios se agitasen.

Permaneció asomada un instante, hasta que la claridad de sus ojos grises comenzó a ensombrecerse debido a las lágrimas, y volvió a su asiento. Su risa inundó el interior del coche y su tía le acompañó.

Corín era una chica de doce años, alta y delgada; normal podría decirse, aunque ella siempre había pensado que no era así. Quizá fuera por esas extrañas fantasías pobladas de plantas que no existían y criaturas jamás imaginadas.

—¡Este lugar será genial! —añadió dirigiéndose a su tía, quien le dedicó una sonrisa—. ¿Cómo dices que se llama?

—¡Aldea de los Almendros!

—Extraña manera de llamar a una urbanización.

—Lo sé, pero te gustará. Es una pequeña urbanización rodeada de Almendros, de ahí que haya sido bautizada con un nombre tan peculiar —explicó sin apartar la vista de la carretera—. Ahora estamos en verano, pero con la primavera florecerán y estoy segura de que disfrutarás de sus flores. Son rosas, pequeñas, muy bonitas, y hacen que el paraje sea más alegre.

—¡Hay más urbanizaciones! —exclamó sorprendida al pasar por delante de otra y después una más.

—Estamos llegando. Al norte de nuestra nueva casa hay otra urbanización que recibe el nombre de Aldea de los Sauces. A diferencia de a la que nos dirigimos nosotras, está rodeada de sauces debido a la cercanía de un lago. Y por último Aldea de los Robles. Es la más alejada de todas.

Corín volvió a reír y ansiosa fijó la mirada al norte, donde tras una curva ya veía la zona en la que vivirían por no sabía cuánto tiempo, aunque deseaba que fuera para siempre. Estaba más que cansada de viajar continuamente, cambiar de un lado para otro e intentar hacer amigos en cada ciudad, para cuando por fin entablar amistar, acabar mudándose a otro lugar. Es cierto que hoy en día las redes sociales y los correos hacían más fácil la comunicación, pero Corín había comprobado que al principio si mantenía el contacto y poco a poco las conversaciones duraban menos, había menos correos, hasta que todo terminaba. Esperaba que eso cambiase y al fin se instalasen definitivamente en una ciudad.

Sus pensamientos se vieron interrumpidos cuando su tía giró bruscamente, después otra vez y algo impactó con el coche.

—¿Estás bien? —preguntó Miranda.

Historias de Eilidh. El misterio del brazaleteWhere stories live. Discover now