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—Iván volvió dos días después con unas ojeras profundas y un olor a alcohol que tumbaba, se abrazó a mis piernas pidiendo perdón.

El sonido de un golpe seco contra la puerta me hizo saltar de mi lugar, paré la película que estaba viendo y tomé con cautela mi revolver, abrí lentamente escudándome bien detrás de la madera y descubrí a un hombre con la cabeza baja, con la camisa arrugada, con los pantalones manchados y el cabello opaco y enmarañado.

Me miró con esos ojos azul profundo ojerosos y medio vacíos, no sabía qué había pasado durante esas 48 horas, pero un tinte de alivio se había instalado en sus pupilas cuando me vio y se abalanzó sobre mis piernas, aferrándose a ellas.

—Perdón, perdón, perdón, perdón —¿En qué momento se le había quebrado la voz?

—Iván... —Quise quitarlo y mirarlo a la cara, evitar que siguiera llorando con la cara enterrada en mi falda, que dejara de aferrarse a mí como una tabla de salvación, quería decirle que no tenía razón para llorar, que yo no me iba a ir.

No fue posible.

Lo dejé llorar con mis manos acariciando su pelo y sólo cuando dejó de repetir una vez tras otra perdón, fue que logré hacer que se parara para acompañarlo al baño, ya bajo el agua el color le regresó a la cara y me miró con una sonrisa rota.

No tenía palabras, no sabía qué decir y él tampoco, se sentó con la cabeza apoyada contra los azulejos, en mis oídos flotaban sus disculpas y mi cabeza y corazón se diputaban la decisión final.

Había elegido quedarme porque lo amaba, pero mi razón quería irse, me decía que ninguna relación podía funcionar con una persona como él, pero a estas alturas yo estaba tan manchada como él. Nos quedamos durante largos minutos así, el sentado en la ducha y yo sobre la tapa del inodoro sin movimiento más que el subir y el bajar que producían nuestras respiraciones.

Al final fui yo quien se movió primero.

Dejé caer prenda por prenda con parsimonia antes de introducirme bajo el agua y sentarme frente a él, con mis piernas entrelazadas a las suyas. El cabello se me pegaba a la cara, a la espalda, ese rubio oscurecido por la humedad que se adhería a mi piel.

Extendí mi mano y lo obligué a mirarme.

Este silencio no me dolía.

Él era todo lo que yo tenía, había hecho de él mi vida, mi aire, mi mundo y eso no tenía retorno alguno, no había forma en la que pudiera arrancármelo de la piel, porque ya era parte de mí.

Me acerqué para besarlo, haciéndome lugar, pasando mis dedos por sus brazos, por su cuello, por sus mejillas, el agua de la ducha nos disfrazaba las lágrimas, pero no podíamos engañar el resabio salado que había quedado en ese beso.

—Lo perdonaste.

—...sí.

—Porque lo amabas.

—Porque lo amo, pero nada es perfecto, estábamos llenos de defectos, llenos de cicatrices, llenos de errores.

Esa noche de invierno las ventanas estaban llenas de escarcha y yo estaba envuelta en una manta de lana, con las piernas subidas sobre el sillón cuando escuché tranquila el sonido del auto estacionándose. Pero no esperaba lo que pasaría al segundo siguiente.

Cuando la puerta se abrió Iván no entró solo, delante de él llevaba a una chica demasiado golpeada, demasiado demacrada, con el cabello enmarañado y de ojos llorosos, amordazada y con las manos atadas. Detrás venían tres hombres más y el corazón se me aceleró del miedo cuando vi tantas miradas enfocadas en mí.

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