4

144 16 2

Había hecho un jardín espléndido tanto en la parte delantera como trasera de la casa, había llenado todo de flores, los jazmines se abrían en verano desde hacía dos años y la santa rita se entrelazaba contra la reja del frente.

Ese era mi mundo.

Mi mundo pequeño, compuesto de ese jardín, esa casa y esa persona que dormía a mi lado.

Me había acostumbrado a vivir de esa forma, con ese mundo limitado, viendo películas de VHS, hablando de vez en cuando con los escasos vecinos que se multiplicaban en diciembre, enero y febrero, en esa época de calor en la que las casas quintas se llenan de bullicio, del sonido del agua de las piletas, del grito de los chicos, de los autos circulando por las calles de tierra, entonces mi mundo se ampliaba un poco y sólo un poco.

—¿No te daba curiosidad?

—¿El qué?

—¿Salir, explorar, la ciudad tal vez?

—No, yo sentía que lo tenía todo, que no me faltaba nada, y era verdad, material jamás me faltó nada, si necesitaba ropa, la tenía, si quería comer algo lo tenía, así era todo, así vivía.

Tenía las manos cubiertas de tierra y el enterito de jean claro manchado, era una escena de lo más cliché, porque correspondía a un prototipo muy marcado, quizás me faltaban las trenzas y una margarita en el pelo.

Estaba plantando nuevas flores, me gustaba la idea de tenerlas todo el año y no sólo en primavera y a Iván le gustaban, varias veces había logrado que se sentara conmigo en el césped en esos días en los que el calor no agobiaba y el cielo se mostraba despejado. Ya no me acordaba de que alguna vez había tenido una vida fuera de eso que había armado, de eso que él me había entregado.

—Nunca supe a ciencia cierta si él verdaderamente me impuso algo o si yo sola me lo había impuesto ¿Me entendés?

—Te lo impuso, porque si no fuera por él quizá hubieras hecho tu vida de otra forma, te alejó de todo.

—...puede ser. —Había desviado la mirada a un costado e hizo un silencio que se prolongó durante largos segundos.

Había días como ese en el que estaba sola, y esa soledad se extendía por días, pero nunca semanas, había formado hipótesis en mi cabeza sobre lo que podría estar haciendo él mientras yo me la pasaba en casa, hipótesis alocadas, hipótesis normales, pero, al fin y al cabo, un día había acertado, porque uní puntos y me descubrí totalmente escéptica.

Me descubrí insensible a la realidad, que cada bocado que llevaba a mi boca era producto del sufrimiento de otros, de otras, de muchos, de muchas. Estaba aferrada a Iván, tanto que soltarme me parecía un delirio.

Miré el cielo de esa mañana, de un celeste pálido y con ese aire húmedo proveniente del río, el sonido conocido del motor del auto me sacó de mis observaciones, apenas eran las 10:30 a.m. cuando cruzó el umbral y a mí el pecho se me hizo una revolución.

—Mi mundo se reducía a él, quizá entiendas o no, la sensación alucinante de que el mundo te sonría.

—Pero tu mundo no era exactamente un pan de dios.

—...no. —Rió— Ninguno de los dos lo era.

—Pero vos no tenías culpa de nada.

—Quizá en principio no, efectivamente nunca hice nada, pero la inactividad es otra forma de hacer mal, miré a un costado, elegí vendarme los ojos y hacer como que no sabía nada...porque yo era feliz de esa forma, no importa si conocía o no otras formas de vivir o de sentir, era yo la que no quería salirme de ese mundo perfecto que había imaginado.

Anónimas¡Lee esta historia GRATIS!