47. ¿Dónde estás? (primera parte)

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Alex


Sintiéndome culpable de haber rechazado a Trinidad de esa manera, pero sin quedarme más alternativa, abandoné la habitación.

Sin mirar atrás ni detenerme a esperar el ascensor, bajé corriendo las escaleras, intentando abrirme paso entre la gente que estaba detenida en el camino, conversando, fumando, besuqueándose, estorbando. Desesperado miraba hacia todos lados, pero no había rastro de Solae ni de Anton. Comencé a llamar su nombre, pero debido a la música estridente era un esfuerzo inútil; tampoco la oscuridad ni las luces estroboscópicas y cegadoras me permitían avanzar con fluidez. No los veía. ¡Maldición! No estaban por ninguna parte.

«Idiota, idiota, idiota» me repetía. ¿Cómo la dejé ir? ¿Cómo deje pasar la oportunidad de decirle lo que sentía? Si Anton le llegaba a borrar nuevamente la memoria... si llegaba a perderla de nuevo (y todo indicaba que así sería) no me lo perdonaría jamás.

Avanzaba a ciegas entre la gente, atento a cualquier chica de cabellera color miel o a cualquier idiota alto de cabello rubio, pese a que la mala iluminación complicaba bastante la tarea. Solo esperaba que no estuvieran encerrados en una habitación similar a la que había estado con Trinidad. Que por favor Anton no le hiciera nada en contra de su voluntad.

«Este sábado la perderás para siempre» sus palabras se reproducían como una terrible premonición en mi cabeza.

Cogí mi celular y le mandé un mensaje a Solae. Era infructuoso y probablemente arriesgado, pero necesitaba retenerla de cualquier manera posible. "¿Dónde estás?" le pregunté, sin detenerme mientras escribía, pero no me extrañó que no me respondiera. Después de todo, ¿Quién está pendiente de su móvil durante una fiesta? me pregunté luego de entrar al salón de baile.

Intentar avanzar entre la gente que bailaba desplazándose en forma aleatoria, sin respetar ningún límite espacial, hacía aún más difícil mi propósito. Incluso me vi empujado y luego acosado por dos compañeras de curso que se encontraban bastante ebrias y que de seguro ni siquiera sabían quién era yo.

Este era, sin duda, el peor lugar para localizar a alguien, pero a los pocos segundos caí en cuenta que de todas formas era muy poco probable que Anton y Solae estuvieran ahí bailando. Me giré para devolverme, cuando de pronto divisé a una pareja que se besaba acarameladamente contra una pared y que me resultó particularmente familiar. No estaba seguro, pero en un movimiento repentino de uno de ellos dos, logré reconocerlos.

No podía creerlo, ¡Eran José Tomás y Amelia!

Mi sorpresa y alegría por ellos, pero a la vez mi desesperación por encontrar a Solae, debatían en mi consciencia si sería correcto interrumpirlos por ayuda. No quería arruinarles su momento. El mismo que yo ya había arruinado para mí con Solae.

Nuevamente me maldije por ser tan imbécil, pero decidí que no sería justo cargarla contra ellos. Ya a punto de retirarme, vi que Joto, que era el que estaba acorralado contra la pared, se dio cuenta de mi presencia y comenzó a llamarme entusiasmado con la mano. Amelia se giró sorprendida y agachó la cabeza ruborizándose con tal intensidad, que incluso en la oscuridad, pude notarlo.

—¡¡Alex!! —me saludó Joto, en estado de sobreexcitación. Ame me sonrió con un dejo de timidez que no lograba opacar la felicidad que transmitía su cara—. Nos sorprendiste antes de poder contarte. —se rieron e intenté sonreír lo mejor que pude.

—Felicitaciones, chicos... —les dije abrazándolos con bastante más fuerza de lo que pretendía y escondiendo mi cara entre ellos, en lo que creí sería un gesto rápido y poco comprometedor, pero sin poder evitarlo, mi voz se quebró. Ame se dio cuenta.

—¿Alex, estás bien? —me preguntó preocupada. Retrocedió ligeramente sin soltarme, para examinar mi rostro. Joto también lo notó e intenté disimular mi angustia.

—Chicos, luego me tienen que contar todo, pero ahora tengo que disculparme... necesito... —me detuve para coger aire. Me costaba hablar. Luego de contenerlo un instante, suspiré—. Necesito encontrar a Solae. ¿No la han visto, verdad?

—No. Creo que no... —respondió Amelia, mirando a José Tomás—. Pasó algo ¿verdad? —preguntó poniéndose seria. Mi semblante delataba mi desesperación.

—Es algo difícil de explicar, pero es urgente que la encuentre cuanto antes. Si no lo hago a tiempo, es probable que Anton...

—Tranquilo Alex, no es necesario que nos expliques. Nosotros te ayudaremos a encontrarla. —me aseguró Joto apoyando su mano en mi hombro, mientras miraba a Amelia en busca de su aprobación, pero ella ya parecía estar de acuerdo.

—Para eso estamos los amigos— añadió ella, y confirmé la linda pareja que hacían y lo buenos que eran siempre conmigo. No pude evitar sentir un poco de celos de su relación. Los envidiaba, pero a la vez los quería tanto en esos momentos, que podría haberme puesto a llorar ahí mismo.

Luego de revisar por separado y a grandes rasgos el salón de baile donde nos encontrábamos, salimos juntos hacia el salón principal. Amelia buscó a Solae en los baños de mujeres y con José Tomás la buscamos en los sillones, en la cabina de fotos, en los grupos y en las instalaciones, donde la gente participaba de otros juegos, aún más intensos que la botella. Pero el lugar era enorme y encontrar a Solae parecía tan difícil como hallar un cristal de azúcar en un saco de sal.

Por último salimos al patio, donde la música era bastante menos invasiva y la iluminación propiciaba un ambiente más íntimo, que múltiples parejas aprovechaban para sus pláticas románticas, caricias atrevidas y besuqueos apasionados. Incluso había quienes en ropa interior, se comían a besos dentro la piscina. Al menos me sentí aliviado de no encontrarlos ahí dentro.

—¡Oh, mier...! —exclamó Joto en voz baja hacia Amelia, pero igual logré escucharlo.

Joto intentó desviar mi atención, pero ya era demasiado tarde. Los habíamos encontrado, y ahora comprendía por qué Joto no quería que mirara.

Al fondo, en un rincón y bajo un frondoso árbol iluminado por tenues luces blancas que envolvían su follaje como estrellas, se encontraban Anton y Solae, sentados sobre una banca, besándose.

No podía creer cuánto dolía, cuánto deseaba no haberlos encontrado, darme la vuelta y rendirme. Después de todo, ¿Qué podía hacer yo contra alguien que parecía tener el poder de controlar el universo a su favor? Y a estas alturas, las posibilidades de que Solae me recordara o de que Anton me dejara acercarme a ella a decirle lo que sentía eran nulas.

—Parece que llegamos en un mal momento...

Noté como Joto y Amelia me miraban preocupados y expectantes a mi próxima reacción.

Sabía que podía contar con ellos, y que si decidía escapar, ellos me apoyarían. Pero empuñé mis manos, respiré profundo y di un paso hacia adelante.

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