Capítulo 2

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(Heather)

Entro en casa mientras agrego a Nicole (creo que se llamaba así) a mi lista de contactos. Según abro la puerta ya puedo escuchar las voces de mi madre preguntándome por qué he tardado tanto en llegar y bla bla bla, decido no responderle y la ignoro mientras dejo la bolsa de la compra en la encimera y aprovecho para mirar qué ha preparado para comer; mi cara refleja al instante el disgusto que me provoca la comida. La cocina es algo más mío que de mi madre, por eso prefiero cuando se va a trabajar y estoy sola en casa durante días; no la culpo, yo nací cuando ella aún era demasiado joven y tuvo que sacarme adelante sola, por lo que no ha tenido mucho tiempo que dedicar a la cocina y todas las demás cosas de casa, mientras que yo me entretenía viendo cómo mi abuela cocinaba y en cuanto me dejaron empezar a tocar los fogones era yo la que se encargaba de hacer la comida; de la misma forma fue cómo aprendí a coser, mi abuela y su pequeña Yorkshire estaban siempre conmigo las temporadas que mi madre trabajaba, y como mi abuela se pasaba la tarde acaparando la televisión con absurdos programas de cotilleo, yo me dedicaba a hacerle vestidos a la pobre perra. Pongo la mesa y espero a que mi madre termine de servir lo que ella cree que es un guiso de carne. Comer carne no es una decisión personal; pero mientras mi madre se encarga de la cocina no puedo seguir mi dieta vegetariana.

—¿Qué tal hoy?—me pregunta más calmada cuando nos sentamos en la pequeña mesa de la cocina.

—Bien, he conocido a las vecinas—respondo mientras aparto los pedazos de carne más visibles del plato.

Mientras comemos mi madre me cuenta que ha visto unos cuantos trabajos por aquí cerca. El trabajo de mi madre me resulta muy interesante: investigar los restos de bichos muertos hace vetetúasabercuándo, pero como es un trabajo que la obliga a ir de un sitio a otro, nunca hemos estado mucho tiempo en el mismo lugar y tampoco he pasado demasiado tiempo con ella; lo que explica la falta de relación madre-hija entre nosotras. La mayor parte de mi vida la he pasado sola, encerrada en libros, anime y música, escapándome por la ventana de mi habitación y explorando cualquiera de los rincones que tuviera el lugar en el que estuviéramos en ese momento o dibujando cualquier cosa que se me pasara por la cabeza. A pesar de que esté acostumbrada y me guste la soledad, tengo bastante facilidad para relacionarme con los demás, pero no la misma para cerrar la boca cuando dicen algo que no me gusta, lo que me ha llevado a bastantes problemas con las personas; pero poco me importa la mierda que piensen los demás, y no por quedar bien con esos imbéciles voy a callarme.

Al acabar de comer, recojo la cocina y lo limpio todo mientras mi madre friega los platos. Subo a mi habitación y me cambio de ropa, paso por el baño para lavarme los dientes y retocarme el maquillaje y antes de salir de casa pillo los auriculares, Famous Last Words de My Chemical Romance empieza a sonar en cuanto pulso el play y mientras cierro la puerta pongo el volumen al máximo. Comienzo a caminar sin rumbo por alguna calle que no me suena y me pierdo por este pequeño pueblo; después de caerme demasiadas veces como para contarlas, haberme metido un par de veces por callejones sin salida, haber hecho unas cuantas fotos y haber borrado más de la mitad, mi estómago me empieza a pedir comida, lo que me lleva a dejar los callejones olvidados del pueblo y meterme en la posiblemente única calle principal que tenga. Paso de largo unas cuantas cafeterías que son demasiado iguales a todas las cafeterías del mundo y cuando empiezo a desesperarme por la poca creatividad de este pueblo, subo por una estrecha calle a la izquierda y me llega un fuerte olor a café; poco antes de llegar al final de la calle hay una puerta demasiado pequeña para pensar que pueda ser la entrada de una cafetería, pero mi olfato no falla (no con respecto a la comida) y al entrar me encuentro con una cafetería no muy diferente a las comunes, pero me roba el corazón su forma de esconderse del mundo, casi como si seleccionara a los clientes. Busco la mesa más apartada de la puerta, pero que tenga el ángulo ideal para poder observar quien entra y sale por la puerta: me gusta tener las entradas y salidas bajo mi visión, es como una forma de saber quién está cerca... No sé, cosas raras que me gustan. Me siento en la mesa que mejor se adapta a lo que busco y, antes de mirar la carta de cafés que tienen junto al servilletero, saco mi móvil y hago una foto del lugar. Pocos minutos después de que haya decidido probar un Red Capuccino un chico se para a mi lado con una libreta en las manos, subo la mirada y veo justo en la V del escote de su camiseta negra el símbolo de las reliquias de la muerte colgando de su cuello; creo tener la impresión de que sus labios están ligeramente pintados, al igual que la raya inferior de sus oscuros ojos. Me encantan los hombres con los ojos pintados, es como... Uff. Detengo mi mirada en la suya:

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