El ascensor

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Nunca, digas nunca

Nunca, digas nunca

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Me desvisto con lentitud, hasta quedar desnuda frente al espejo, admirando las curvas que suelo llevar ocultas bajo mi vestimenta. Un baño de espuma tibia espera por mí; me sumerjo en el agua, y la imagen de mi sexy, idiota y mujeriego vecino se posa en mi cabeza, sin dejar de recordar aquella noche.

Iba atrasada a mi trabajo nocturno, en la taquilla de un cine para adultos; rauda me acerqué al ascensor a pulsar el botón, pero, para mí mala suerte este no avanzaba, por lo que decidí bajar por las escaleras, sin embargo, al primer movimiento me quedé quieta, percatándome de que los números del elevador se movían. Luego de unos segundos las puertas se abrieron, y frente a mis ojos apareció él, mi vecino, que acostumbra a llegar cada noche con una chica distinta. Las caricias descaradas me hicieron fantasear, deseosa de ser la protagonista, pero la realidad llegó de golpe, al ver la sonrisa maliciosa que salía de sus perfectos labios, después de que la rubia susurrara en su oído.
Él tomó su mano, y salió del ascensor, y por primera vez no fui invisible.

—¡Hazte a un lado cuatro ojos! —el contacto de su brazo con el mío no fue lo que deseaba, y una rabia interna se coló en mi interior.

Me incline a recoger mis gafas que habían caído al frio piso del pasillo, rogando a que no se hayan roto, pues sin ellas mi visión era nula.

—¡Eres un grosero! —escupí enojada con la situación que estaba viviendo, sin embargo, estar frente a él no era fácil, y los nervios se apoderaron de mí, haciéndome temblar más de lo normal. Tragué saliva y continué con mis palabras, sin darme cuenta de que esta a punto de humillarme más de lo que era posible—. Tal vez si estuvieras solo, serías más caballero.

—¿Solo? ¡Jamás! Déjame adivinar... ¡te gusto! —las ultimas palabras me hicieron tambalear, y una sonora risotada de burla fue el propulsor de que una idea macabra se cruzara por mi cabeza.

—Yo... —fue lo único que salió de mi boca, antes de ser interrumpida por él.

—Métete esto en la cabeza, nunca estaría con una chica como tu..., ¡Solo mírate! —su mirada despectiva hizo que quisiera cavar un hoyo y enterrarme en él, no obstante, me quede observando como tomaba a la chica del culo, a lo que ella reacciono dando un salto, para enrollar sus largas piernas alrededor de su cintura y entrar raudos al departamento. Imágenes cachondas se formaron en mi cabeza, y un deseo se posicionó en mi entre pierna, haciéndome apretarlas para no desfallecer.

Acomodé mis gafas, verificando que estaba bastante atrasada para llegar a mi trabajo; me subí al ascensor y repetí en mi cabeza sus palabras "Nunca estaría con una chica como tú".

Dejo de recordar y salgo de la tina para empezar a arreglarme para esta noche. Esparzo crema en todo mi cuerpo, me perfumo y camino hacia la cama; allí me espera una peluca rubia, medías de malla, una falda corta y un corsé. Me visto pensando en lo que viviré está noche; una vez lista, tomo mi bolso y salgo a mi destino, no sin antes guardar mis gafas.
Llego al bar, miro hacia todas direcciones, hasta que lo veo sentado en la barra, observando cuál será su presa de esta noche; lo que él no sabe, es que esta vez, no será un cazador.

Camino sensual hacia la barra, me siento a su lado, y pido a viva voz un Ging Tonic para captar su atención. Una vez que la tengo, me cruzo de piernas dejando ver mis ligas, sin quitar mi vista de la de él.

Empieza a comportarse de la manera más esperada, y se acerca para susurrarme al oído, a lo que sonrío coqueta; tomo mi bolso y me voy con él. Llegamos al edificio donde ambos vivimos, nos subimos al ascensor, mientras el pulsa el piso para ir a su departamento, pero mis planes y deseos son otros, lo que me hace detener el trayecto; lo cojo de la camisa y lo acerco lo suficiente para rosar mis labios a los suyos, y luego alejarme, para quedarme viéndolo y sonreír con sensualidad. Es tanto el deseo que tiene por mí, que no se reprime y se acerca, invitando a mi lengua a enrollarse con la suya. Imaginé este momento, pero vivirlo es totalmente distinto, por lo que empiezo a desabotonar su camisa con urgencia, hasta poder tocar su marcado abdomen. Él toma mi corsé y lo saca para dejarme con los senos al aire, me da media vuelta, besa mi cuello y pellizca mis pezones con una mano, y la otra baja hasta llegar a mi centro; mi respiración se vuelve pesada al sentir ese contacto tan íntimo, y mi hinchado clítoris lo agradece a gritos. Me dejo acariciar y aprovecho de ver nuestro reflejo en el espejo, y puedo jurar que es la imagen más caliente que he visto en mi vida.

Lo necesito con urgencia, y él lo sabe, por lo que desabotona su pantalón y lo baja junto con el bóxer; me da una nalgada, y me inclina con brusquedad para alejase y observarme con más claridad, lo que me da una brillante idea. Me saco las bragas y quedo expuesta ante él, invitándolo a penetrarme. Poco a poco me llena y empieza con sus salvajes envestidas, haciéndome subir a la gloria. El sonido de cada estocada y los gemidos que rebotan en las paredes, son sin duda la mejor de las sinfonías; mis manos se aferran al espejo para no desfallecer, pues no me da tregua y me penetra una y otra vez, hasta que mi cuerpo me pide a gritos que me libere, y un sinfín de convulsiones se apoderan de mí. Con la respiración agitada, se sale de mi interior, me toma por el hombro, obligándome a arrodillarme ante él, intentando meter su erecto pene dentro de mi boca. Mojo mis labios y empiezo a pasar mi lengua por el falo, hasta llegar a sus testículos, y sé que le encanta, pues su respiración está cada vez más agitada.

—Dios, eres una diosa..., sigue beba, no pares... —sus palabras apenas pronunciadas me hacen sentir que soy más que una simple cuatro ojos, y sonrío satisfecha por lo que está sucediendo en este lugar—..., estoy a punto, no pares, solo unos minutos más y me haces estallar...

Palabras mágicas que me hacen detener.

Me levanto de mi incomoda posición, cojo mi ropa y me visto, mientras me mira sin entender nada. Pulso el botón parar que el ascensor reanude su trayecto, una vez que hemos llegado al piso donde están nuestros departamentos, me retiro la peluca, cojo mi bolso, saco las gafas y me las coloco. Él me mira sorprendido, sin poder creer lo que está sucediendo.

—Nunca digas nunca —susurro en su oído. Y salgo del ascensor contoneando mis caderas.

FIN

Continuará...
Relatos Cortos Para Adultos.
Última actualización: Oct 15, 2018
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