Capítulo Cinco

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Domingo por la mañana

El teléfono. Sonó el teléfono y corrí a cogerlo medio dormida.

-¿Quién es?-pregunté bostezando.

-¿Quién voy a ser? Vamos dormilona hay que levantarse, hay mucho que hacer.

Pero que pregunta... No podía ser otro que Carlos. Miré qué hora era. ¡Las 8:30! Estaba de vacaciones ¿por qué me tendría que levantar si me lo dice alguien? Me metí a la cama otra vez y decidí que me levantaría a las 8:45. Mejor a las 9:00.

Esta vez tocaron la puerta. Miré otra vez qué hora era. ¡Las 8:32! Me levanté y abrí la puerta. Carlos, de nuevo.

-Solo han pasado dos minutos. ¡¿Estás mal de la cabeza!? Déjame tiempo.

-Sabía que te ibas a ir a la cama y he decidido venir para impedírtelo. Si quieres ver algo tendrás que levantarte pronto.

-Oye ¿tú ves esto?-señalé el papel que suele haber en las puertas de hotel-Aquí pone No Molestar, entonces ¡no molestes!

-Alguien se ha levantado con el pie izquierdo... Tienes quince minutos para prepararte; a las 8:45 quiero verte en la cafetería de abajo. Recuerda el calzado.

-Sí señor. Pareces mi madre.

-Ya solo te quedan diez minutos. Si quieres seguir hablando conmigo adelante pero estás perdiendo el tiempo.

-Adiós.

Cerré la puerta y me duché rápidamente. Me puse unos pantalones cortos, una camiseta de tirantes y unas zapatillas.

Bajé justo a tiempo, y allí estaba Carlos. Sacó su cámara y me hizo la primera foto del día.

Desayunamos en la cafetería. Empezó a darme una charla sobre lo importante que era desayunar, como si fuera un listillo. Le eché un bollo y le dije que se callara. Empezamos a echarnos todo tipo de bollos a la cara, como unos niños hasta que el dueño nos miró con mala cara y nos fuimos corriendo.

Nos subimos a la moto e hicimos el mismo recorrido que ayer. ¡Me iba a llevar al puerto, olor a pescado!

Por suerte, solo aparcamos allí. Subimos al monte Urgull. Se veía una parte de la ciudad y, como no, me saqué una foto con aquel paisaje.

Cuando llegamos arriba, nos sentamos en un banco y de repente, un pastor alemán saltó hacia nosotros. ¡Qué miedo! ¡Era enorme! Los animales se habían puesto de acuerdo para atacarme. Carlos lo acariciaba como si fuera suyo.

-¿Tanto te gustan los perros?-pregunté.

-Claro, sobre todo si son míos-me respondió con una sonrisa en la cara.

-¿Este pastor alemán gigante es tuyo?

-Sí.

-Por eso ha venido corriendo... Y¿cómo se llama?

-Carly, es hembra.

-¡Qué original!-dije con tono irónico-Carlos tiene una perra llamada Carly. Pero si tú estabas conmigo ¿cómo ha llegado hasta aquí?

-Lo ha traído mi amigo Xabi, es mi compañero de piso. Es aquel chico. Te lo presentaría pero es demasiado tímido. Cambiando de tema, te queda genial la ropa de montañera.

-Gracias-yo también quería decirle algo bonito-y a ti te queda bien...

-No se te ocurre nada...

-¡Me has interrumpido! Te iba a decir que te queda bien tu pastor alemán.

-¿Mi pastor alemán? ¿Cómo puede quedar bien un perro?

-Pues el tener un perro te puede hacer...responsable ¿no?

Paseamos con Carly hasta llegar a la cima. Había mucha gente y no veía nada.

Entonces, Carlos me dijo que me subiera a un banco y, en aquel instante me cogió y me puso sentada sobre sus hombros.

¡Qué chico tan encantador! Me dio su cámara tan preciada y saqué una fabulosa foto. Aproveché para sacarle una foto a él, aunque luego se enfadara.

A la hora de comer, Carlos sacó unos bocatas de su mochila y nos sentamos en unos bancos donde se veía el mar. Hizo uno de tortilla de patata y otro de jamón y queso (mi favorito).

-Toma el de tortilla de patata.

-Gracias-respondí un poco mustia.

-Eres demasiado educada. Dime que quieres el otro, sé que es tu favorito. ¡Lo he hecho para ponerte a prueba!

-¡Eres malo!-le dije dándole un empujón.

-Tienes más fuerza de la que me esperaba. Pero, en serio, si no quieres todo el bocata dímelo porque hay alguien que tiene hambre.

-¡Tú come tu bocata, comilón!

-Me refería a Carly.

No paramos de reírnos durante un buen rato.

Hacía mucho tiempo que no me lo pasaba tan bien con alguien.

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