—No estarás hablando de mi futura esposa, ¿verdad? —cuestionó mi hermano, cruzándose de brazos.

—Yo si decía que se me hacía conocida. —Se rascó la barbilla—. Entonces, pido una pelinegra que usa lentes, está disponible, ¿verdad?

—Mira, Adam, mejor cállate, ¿sí? —solté, molesto—. Des, ¿qué vamos a hacer?

—No sé qué vas a hacer tú —repuso—, pero yo voy a entrar, no voy a permitir que mi esposa vea a esos hombres desnudos.

—Yo también voy —dije, siguiendo sus pasos, y detrás de mí lo hizo Adam.

Estuvimos a punto de tocar, pero para nuestra suerte, la puerta estaba abierta. En efecto, las chicas estaban de pie y reunidas en un círculo, como lo dijo Adam.

—¡Oh, que delicia! —ronroneó mi cuñada, mi hermano se hizo paso entre las mujeres.

—¡Que significa esto! —interrumpió Des, encontrando a su esposa devorando un trozo de torta de chocolate.

—¡Pastelito! —exclamó Helen.

—¡¿Qué demonios están haciendo aquí?! —Hilary estaba furiosa, junto a ella estaba Tati quien nos observó con el entrecejo fruncido—. Es una despedida de soltera, ¡no pueden estar aquí!

—Des, ¿qué te pasó en el ojo? —Helen sonaba preocupada.

—Es una larga historia —suspiró mi hermano, dándole un vistazo a los supuestos strippers que no eran más que un chef y un bartender—. Discúlpame, mi amor, es solo que yo... Mejor me voy, no quiero arruinar tu despedida de soltera.

—Sí, lárgate —espetó Hilary—. ¡Y llévate contigo a estos dos payasos!

—Para ti soy lo que quieras, mi amor —declaró Adam, lanzándole un beso—. ¿Te parece si salimos mañana?

—¡Ni muerta, salgo contigo! —exclamó.

—Chicos, no se vayan —habló la pelirroja, su hermana rodó los ojos—. Ya que están aquí, quédense.

—No es necesario, Helen —suspiró Des.

—Claro que es necesario, además, mira cómo estás —lo increpó su novia—. Ven y me cuentas qué fue lo que pasó.

—Son patéticos. —Hilary negó con la cabeza y dirigiéndose a Tati, agregó—: De verdad que no sé cómo es que te gusta.

El rostro de la rubia se tornó pálido, y una vez Hilary nos dejó solos, me dedicó una sonrisa.

—¿Y qué tal la están pasando? —formulé.

—Hasta el momento muy bien —contestó—. ¿Y qué hacen ustedes por aquí? No habrán pensado que esos chicos eran strippers, ¿verdad?

—Por supuesto que no, jamás pensaría mal de ustedes —me defendí, así que ella terminó riendo—. Aunque debo admitir que cuando Des vio entrar a esos chicos, se puso algo celoso.

—¿Y tú?

—¿Yo qué?

—¿Estabas celoso?

—¿Yo? —cuestioné, nervioso—. ¿Por qué lo dices?

—No, por nada. —Se encogió de hombros—. Solo curiosidad.

—Thomas, ¿de dónde sacaste a este imbécil? —interrumpió Hilary, señalando a Adam—. Ya me tiene cansada. ¡Dile que me deje en paz!

—Adam —dije, seriamente—. Tienes todo mi permiso para molestarla.

—¡Agh! —gruñó Hilary, intentando deshacerse de mi amigo—. Estas me las pagas, Tom —añadió, así que me fue imposible no terminar riendo.

Cuando volví mi vista a Tati, ella también reía, así que me le quede viendo como el típico adolescente enamorado.

—¿Qué? —inquirió, intimidada.

—No, nada —respondí, avergonzado—. ¿Quieres algo de beber?

—Sí —sonrió, tomando asiento en el sofá, así que fui por un coctel de frutas que estaban preparando—. ¿Y qué tal estuvo la despedida de soltero de tu hermano? —formuló cuando se lo entregué.

—Bueno —suspiré—, todo estaba muy bien hasta que apareció ese masajista.

—¿Masajista? —Asentí y comencé a relatarle todo lo que había acontecido—. ¿Y qué se siente arruinar dos despedidas de solteros el mimo día? —preguntó, riendo.

—Pero que graciosita está hoy, mi lady —comenté—. Bueno, no solo graciosa, sino más hermosa que nunca. —Ella se sonrojó, pero no me desvió la mirada como solía hacerlo siempre que se sentía avergonzada—. Aunque creo que esta despedida de soltera no está arruinada, Helen y mi hermano están juntos... y yo...

—¿Tú?

—Yo estoy feliz —respondí, ella sonrió—. Ven, vamos a ver qué prepara el chef —la insté, ofreciéndole mi mano y ella aceptó.

La noche siguió transcurriendo entre anécdotas y risas, y mientras más conocía a Tati, más sentía que la quería. No tenía ni la más mínima idea de cómo iba a afrontar la inevitable separación, pero quería disfrutar al máximo cada momento junto a ella. Cuando la mayoría de los invitados se marchó, solo quedamos ella y yo en la sala.

—Es extraño, pero no tengo nada de sueño —comentó ella—. ¿Jugamos a las cartas? —formuló, tomando un mazo de cartas que había sobre una mesita.

—Tengo una mejor idea —afirmé—. Recuerdo que Meddie y yo inventamos el juego de las mentiras.

—¿Y en qué consistía? —cuestionó, curiosa.

—En decir la verdad, Tati —respondí con sarcasmo.

—¡Ay, Tom, estoy hablando en serio!

—En decir mentiras, Tati —declaré—. Bueno, decíamos lo contrario de lo que queríamos expresar, por ejemplo, si digo tienes el cabello feo, quiero decir que realmente tienes el cabello bonito. Lo importante es no enojarnos con los demás porque sabemos que lo que está diciendo es una mentira.

—Tienes la nariz más recta que he visto en mi vida —soltó entre risas.

—Eso fue cruel, Tati, pues déjame decirte que no he conocido a una chica tan fea como tú —Ella hizo un puchero con la boca.

—Ni yo he visto a un hombre tan guapo como tú.

—Tienes los pechos más pequeños que he visto en mi vida —recité.

—Y tú una horrorosa sonrisa —sonreí.

—Tienes mal aliento. —Los ojos de Tati se abrieron desmesuradamente y yo estallé en una carcajada—. Si te enojas pierdes.

—Bien. —Tomó una respiración profunda—. Hablas como amanerado.

—No me voy a enojar, no me voy a enojar —me repetí, mientras ella reía—. La otra vez cuando me abrazaste, tenías mal olor en las axilas, Tati, deberías bañarte más seguido. —Incrédula, abrió la boca, pero luego la cerró.

—Creo que debajo de esos pantalones hay un pene pequeño —expresó, burlona—, casi tan pequeño como mi dedo pulgar.

—La vez que dormí contigo, ¿recuerdas, cuando te emborrachaste? —Ella asintió—. Te lanzaste unos cuantos pedos dormida.

—¡Tom! —Me lanzó un cojín, mientras yo reía—. Te huelen muy mal los pies, usa talco, o no lograrás salir con ninguna chica.

—Tati —intenté detener la risa y la miré a los ojos. ¿Por qué no le hice caso a Helen cuando me dijo que me alejara de ella?—. Yo... yo te amo.

—Yo... —balbuceó, sin dejar de mirarme—. También te amo, Tom.

Bajo el cielo de LondresDonde viven las historias. Descúbrelo ahora