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Desde afuera podíamos escuchar lo bien que la estaban pasando las chicas, tenían música electrónica a todo volumen y en ocasiones, cantaban con karaoke, nada parecía fuera de lugar; sin embrago, mi hermano insistió en que nos quedáramos un rato más

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Desde afuera podíamos escuchar lo bien que la estaban pasando las chicas, tenían música electrónica a todo volumen y en ocasiones, cantaban con karaoke, nada parecía fuera de lugar; sin embrago, mi hermano insistió en que nos quedáramos un rato más.

—¿Vieron ese trasero? —cuestionó Adam, mientras las chicas seguían llegando a la fiesta, al parecer Hilary se había encargado de invitar a media ciudad a la despedida de soltera de su hermana—. Quiero tocarlo y ustedes no me dejan, por favor, chicos, déjenme ir a esa fiesta, ¿sí? —insistió.

—No irás a ningún lado —lo increpé por enésima vez, obteniendo un mohín como intento de manipulación, pero no accedí, lo último que quería era que las chicas se percataran que estábamos allí—. Desmond, recuérdame no volver a invitarlo a una fiesta.

—Tom. —Mi hermano que no había prestado atención a mi comentario, tenía la vista fija en dos chicos que hacían su aparición—. Dime que lo que estoy viendo no es cierto.

—Lo sabía, ¡son unos malditos stripper! —espeté, sintiendo que el estómago se me revolvía de la rabia—. ¿Cómo pueden hacernos esto? —Desmond entornó lo ojos—. Me refiero, ¿cómo pueden hacerte esto?

—Estoy segura que todo esto fue idea de Hilary, ¡pero me va a escuchar! —logró decir mi hermano—. Al parecer se te cumplirá tu sueño de entrar, Adam.

—¿En serio, jefecito? —sonrió mi compañero.

—Espera, hay que darles tiempo —intervine, antes de que mi hermano hiciera una locura—. Entremos justo en el momento en que les estén bailando, así no lo podrán negar.

—Tienes razón —accedió Desmond. No esperamos ni cinco minutos, cuando escuchamos una serie de gritos de euforia—. ¡Voy a entrar!

—Sí, vamos —articulé.

—¡No, chicos! —Adam nos detuvo—. Dejen que me asome por aquella ventana primero —señaló—. Y yo les aviso lo que vea, ¿sí?

—Me parece bien, pero no te tardes —afirmó mi hermano, Adam se cayó un par de veces en el jardín, sin embargo, logró su cometido—. ¿Qué pasó? ¿Qué viste? —cuestionó, cuando mi compañero estaba de vuelta.

—Había muchas mujeres —respondió.

—¿No me digas? —inquirí, burlón—. Dime algo que no sepa, ¿qué están haciendo?

—Están reunidas en círculo y hay una chica rubia de cabello largo y ojos azules —suspiró—, que tiene unas pechugas que provoca...

—¡¿Qué dijiste?! —escupí, tomándolo por la camisa, estaba completamente seguro que describía a Tati—. Ni se te ocurra acercarte a ella.

—¡Basta! —ordenó mi hermano, haciendo que lo soltara.

—Bien, te dejo a la rubia —se defendió Adam—, pero pido la pelirroja de caderas anchas y enormes piernas.

Bajo el cielo de LondresDonde viven las historias. Descúbrelo ahora