Prólogo

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UN PEQUEÑO ADELANTO PARA QUE NO SIENTAN QUE ESTÁN PERDIDAS EN MI VIDA... LA SIGO ESCRIBIENDO, PERO QUIERO ADELANTARLA MÁS PARA PODER SUBIR DIARIAMENTE. LAS AMOOO LES MANDO UN BESO ENORME. 

6 de marzo de 1899

Se decía que las personas que vivían en castillos, no podrían sufrir por nada. Literalmente, lo tenían todo en sus vidas, dinero, posición, respeto, derechos, voz. ¿Qué clase de problemas podrían tener los nobles?

—¡Adam! ¡Dime que no es cierto! ¡Dímelo!

—Tranquilízate Katherine, por favor.

Adam sostenía a su mujer como podía, sentía que, de un momento a otro, ella se desmayaría o peor, le daría un ataque.

—No ella, no mi hija, ella no pudo hacernos esto...

—Mi amor, te prometo que lo solucionaré.

—¡¿Cómo?! —lloró la madre— ¿Cómo la traerás de regreso?

—Lo mataré si es necesario.

En ese momento, la puerta se abrió de par en par, llamando la atención de la pareja que caía en lamentos.

—No Adam, no lo hagas, ni siquiera te atrevas a retarlo.

—¿Qué dices? ¡No me vengas con estupideces Thomas!

—No lo son, lo conozco. Es un tipo con el que no hay que jugar, lo siento Adam, sé lo que es capaz de hacer.

—¿Qué quieres decir? —le dijo Katherine, limpiándose las lágrimas—, nosotros también lo conocemos.

Thomas miró a su amigo, no quería explicar en qué forma conocía a Calder, era mejor seguir ocultando ese tipo de cosas. Gracias al cielo que Adam entendió y abrazó a su esposa para calmarla.

—Entonces, ¿Qué quieres que haga? —le dijo el duque al hombre siniestro—. No pensarás que dejaré todo como está.

—Tiene que haber un trasfondo.

—¡El trasfondo es arruinar a la familia!

—No lo creo, ¿Por qué Blake cedería?

Ambos padres se miraron.

—En eso tienes razón —asintió Adam.

—Hay algo extraño y conociendo a Calder, no puede ser bueno.

—¡Entonces, hay que ir a hablar con él!

—Sí, probablemente tampoco sea buena idea.

—Tampoco esperes que nos quedemos aquí sin hacer nada —dijo Adam con molestia.

—Sé que no puedo pedir eso, pero lo haré, dejen que yo resuelva esto.

—No.

—Adam, te lo pido como uno de tus mejores amigos.

—¡Se trata de mi hija!

—Lo sé. Pero es lo único que se me ocurre para que nadie salga herido.

El último Bermont¡Lee esta historia GRATIS!