4-Lucas

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LUCAS


Siempre me habían gustado los libros, pero la clase de gramática y literatura provocaban en mí un profundo hastío. Ni siquiera atraían mi interés las lecturas reglamentarias. El colegio era una absoluta pérdida de tiempo, al menos en mi caso. 

Se supone que solo vivimos una vez. Una sola vida y adiós. Así que cada segundo cuenta, incluso para alguien apático como yo. Pasarnos el día sentados en un aula de forma forzosa, esperando que todo termine pronto, es algo criminal. ¿No deberíamos poder elegir lo que queremos aprender? ¿Cuál es el objetivo de memorizar tanta información si de todas formas nos vamos a morir?

Y de paso, ¿no debería haber podido elegir con quien compartir mi espacio de trabajo?

—Oye...

—¿Qué? –pregunté, un poco tenso. Félix Solís apuntó el pan a medio comer que estaba bajo mi escritorio.

—¿Vas a comerte eso?

Negué con la cabeza y, sin siquiera pedirme permiso, alargó la mano para agarrarlo y empezar a desmigarlo. La rata amarilla asomó su cabeza por la chaqueta azul que Solís llevaba puesta, olisqueando. Hice una mueca de incomodidad, pero no dije nada. El animal roía con entusiasmo. Y aunque hubiera querido quejarme, probablemente me habría ganado una pequeña paliza.

La amenaza que Solís me hizo días atrás fue bastante clara:

—Le hablas de esto a un profesor y te rajo. Te juro que te rajo.

Asentí de forma automática, odiándome por ser tan cobarde, tan sumiso ante las adversidades. Leo jamás se habría dejado intimidar así. Y tener plena consciencia de mi inutilidad no hacía sino abrumarme aún más. En cierta ocasión, leí sobre la vida de las estrellas. El artículo, firmado por un reputado científico, aseguraba que nosotros estamos hechos de la misma materia; polvo cósmico, energía cíclica. Tenía sentido, pensé. Solo que yo era una estrella que había nacido muerta.

"Tú no eras así antes". Las palabras de Leo aún resonaban en mi cabeza.

—Vida y muerte de una estrella –leyó Solís, con la mejilla apoyada de forma indolente sobre su mano, mirando mi cuaderno. Tapé la página de inmediato, azorado. Luego mascullé:

—¿Por qué no te metes en tus propias cosas?

—Ahora resulta que no puedo mirar a donde yo quiero.

—Lo dice el que se queja de un suspiro.

—Es que ese suspiro fue muy patético.

—Más patético es estar husmeando lo que hacen los demás.

—Sí, claro –ironizó—. Como si no me diera cuenta que te encanta mirar a Ziggy.

—¿Ziggy? ¿Cómo Ziggy Stardust?

Solís parpadeó, dejando de fruncir el ceño.

—¿Te gusta David Bowie?

—Sí –murmuré, carraspeando—. Pero no sé qué querías decir.

—Ziggy es mi rata –dijo con orgullo. Como si reaccionara a la mención de su nombre, el roedor amarillo asomó nuevamente su cabeza, agitando sus bigotes de forma graciosa. Sonreí un poco. Luego dejé de hacerlo y cerré mi cuaderno, sintiéndome muy descolocado todavía. Entonces el muy hijo de puta me preguntó:

—¿Qué estabas escribiendo?

—Nada.

—¿Eres poeta?

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