Mick Ernst, guitarra eléctrica.

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El profesor Sánchez, mi coordinador de proyecto, era un cuarentón amable que prefería dejarnos espacio para la práctica que ocupar largas clases explicando la técnica

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El profesor Sánchez, mi coordinador de proyecto, era un cuarentón amable que prefería dejarnos espacio para la práctica que ocupar largas clases explicando la técnica. Solía decirnos que dominar los reglajes básicos de nuestra cámara y las técnicas de revelado era más que suficiente en ese aspecto. Que lo demás era trabajar el ojo, hacer muchas fotografías, planificarlas e, incluso, encontrar maneras de expresar nuestros sentimientos en ellas. Así que los viernes por la tarde la clase era de pura experimentación fotográfica. Y aquel viernes, después del momento íntimo con Simon, me apetecía explorar mis propios sentimientos. 

Pedí permiso al profesor para salir a la calle, quería ir a Victorville road. Él no solo me lo dio, sino que me aconsejó que me llevara un trípode del armario de material. Una capa de nubes, densa y gris, cubría el cielo de todo Barts. La luz ambiente era tan tenue que, a pesar de ser las cinco de la tarde, las farolas brillaban como potentes estrellas. Aquella calle algo sucia, por la que apenas paseaba gente, estaba cambiando mi vida. 

Rosqué la cámara en el trípode, hice algunos reglajes y tiré las primeras fotografías. Me moví, buscando nuevos ángulos. Cogí el trípode y avancé unos pasos. Mis pasos me llevaban a la puerta del local de ensayo. Sonreí y también le hice fotografías a aquella chapa envejecida. La acaricié, sonriendo para mí y la pintura saltó. De pronto, sentí una vibración rítmica en la palma de la mano. Observé la calle, por si podría deberse al paso de algún vehículo, pero a parte de los que caminaban con prisas, cerrándose los abrigos con fuerza sobre el pecho, no había nadie más. Apoyé el oído en la puerta y lo corroboré: alguien estaba allí a bajo. Pensé con rapidez: Jeannette no podía ser, la había visto en clase antes de salir; Simon trabajaba hasta las seis y solía hacerlo fuera del pueblo, pero no estaba segura de qué horario tenían Joe y Mick, que trabajaban juntos en la residencia para la tercera edad de Barts. Deducí que quizás fueran ellos. Dudé en si bajar o no. De haber tenido la certeza de que era Simon, lo habría hecho, pero aunque me llevaba bien con Joe y Mick no tenía tanta confianza. Aún así la curiosidad pudo conmigo e intenté girar el pomo. Giró, y con el trípode y la cámara a cuestas, descendí los escalones hasta la madriguera.

A  medida que bajaba las vibraciones se convirtieron en ruido y el ruido en melodía. La de una guitarra eléctrica. Antes de bajar el último escalón y asomarme ya sabía que era Mick quien estaba allí. Tuve una última oportunidad para irme sin ser descubierta, pero no la aproveché. Dejé el trípode en las escaleras y me escurrí entre los amplificadores con la cámara al cuello. Aquellas fueron las primeras fotos que le saqué: apoyado en la pared, rodeado de botellas y folios rayados con letras para canciones que aún no existían, rascando con una púa de plástico las cuerdas metálicas de su guitarra. Tan joven, tan lleno de vida y, sin embargo, con aquella mirada derrotada y herida. Como si le costara mantener los ojos abiertos pero se negara a luchar o a dejar ver a los demás que estaba cansado. 

Al final de una nota dejada al aire uno de los clics de mi cámara llamó su atención. Se enderezó en seguida y dio un paso hacia mí. Parecía dispuesto a partirme la cara. Pero en cuanto aparté la cámara y me reconoció cambió de actitud. 

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