Sentado en el café

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Lo vi sentado. En el café de siempre, en la mesa de siempre, junto a la ventana.

Lo vi sentado revolviendo el café y jugando con los sobres de azúcar. Como siempre.

Inspiré hondo y entré. Antes de sentarme le pasé la mano por la espalda, cortito el gesto, como si fuera un saludo y para que no lo confunda con un consuelo.

Me senté en la mesa, justo frente a él.

—¿Qué hacés? —dije al aire.

Apenas levantó la vista. Yo quise adivinar un «hola» escondido en su gruñido.

Le hice señas al de la barra para que me trajera un café. Y esperé.

El silencio solo se cortó cuando mi pedido apareció en la mesa.

—¡Que cagada! —le oí suspirar.

—Y sí... una gran cagada, una patada en los huevos —acepté el hecho. Y lo reforcé de forma grosera. El macho de la especie suele refugiarse en lo grosero, trivializando los hechos mientras esconde el sufrimiento.

—¿Fuiste al cementerio? —disparó de golpe.

—No, no —balbuceé— es que... —intenté completar una excusa haciendo una mueca de disgusto.

—No era un reproche, boludo —dijo mientras sacudía la mano entre nosotros como disipando un humo inexistente.

—No, ya sé, sabés que no sé qué decir en estos casos. No soy... qué sé yo. ¿fueron los muchachos? —pregunté por seguir con la conversación.

—Si. Casi todos. No les pude dar mucha bola, estuve más con mi vieja ¿viste?

—Si, claro, normal.

Me tomé el café en tres sorbos ininterrumpidos. Había poco para decir.

—Se me murió el viejo —dijo con voz entrecortada y apenas audible— se murió nomas —completó aclarando la garganta con un carraspeo.

Estaba manifestando un hecho. No dije nada, podría haber contestado alguna tontería intentando quitar presión al asunto.

Busqué afanosamente en mi memoria algún recuerdo que le gustara, algo que hubiéramos hecho juntos, algo que pudiera esgrimir para romper este clima que nos agobiaba.

Encontré más de mil anécdotas. Desde que éramos compañeros en el colegio. Los juegos juntos en el barrio, las veces que nos agarramos a piñas con los del grupo de atrás de la vía.

Y recordando llegué al momento en que la facultad nos separó y nos mandó a cada uno a su vida para que la recorriera como estaba escrito o como quisiera escribirla. Anécdotas. Historias. Y todas eran historias largas.

Y yo necesitaba algo cortito y al pie. Algo que lo haga reír.

Tal vez haciendo caso al mandato de género, podría haber dicho algo trivial o vulgar para intentar provocarle una sonrisa. Pero no lo hice. No dije nada. No supe qué.

Levantó la cabeza y me miró... y de pronto dejó de ser el macho de la especie para ser solamente un amigo que sufría.

Levantó la cabeza y me miró. Un amigo clavó sus ojos en los míos y supe que no esperaba contestación.

Pocas veces estuve seguro de algo en la vida. Pero esta vez supe con la mayor seguridad que nunca tuve sobre nada, que las palabras estorbaban y que él solo esperaba eso.

Encontrarse con mis ojos y mi silencio.

Te lo hago cuentoDonde viven las historias. Descúbrelo ahora