Simon Martin, batería.

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Por supuesto bajé ese día al local con Jeannette, y la semana siguiente, y la otra y la otra

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Por supuesto bajé ese día al local con Jeannette, y la semana siguiente, y la otra y la otra. Estuve bajando a ese local durante mucho tiempo, pero aquellas primeras semanas en las que lo hice no tenía ni idea de cuánto se prolongaría. Durante el primer mes Jeannette y yo quedábamos a la salida de las clases e íbamos juntas. Bajábamos Victorville Road, casi siempre desierta, agarradas del brazo y dándonos friegas sobre los abrigos para sobrellevar el frío. Después del ensayo volvíamos a subir juntas aquella calle, hasta el aparcamiento de motos, y me llevaba a casa en la suya. Yo me ponía su antiguo casco, uno de esos modelos que dejaban al descubierto la mandíbula y que aún olía a nuevo, y lo completaba tapándome la boca y la nariz con una bufanda polar. Ella llevaba uno entero, negro, en el que escondía también su cabello dorado. Ese detalle unido a la chaqueta de cuero que vestía hacían que no se supiera, a primera vista, si quien conducía aquella potente Honda era un chico o una chica. Siempre pensé que aquello era una estrategia de protección más. 

Durante aquella época nos convertimos en amigas. Yo iba bastante a su casa los fines de semana, incluso me quedé a dormir allí algunos días. La cama de Jeannette era la más grande que había visto en mi vida y cabíamos las dos de manera holgada. Además toda la casa tenía calefacción radial y unos ventanales que ocupaban paredes enteras, por lo que estando en su cuarto tenía la sensación de estar medio desnuda en el desierto y era maravilloso.

Mi familia no dijo demasiado sobre mis ausencias o mis nuevos horarios de llegada algunas noches. Mi padre casi siempre estaba fuera, de viaje con el camión, y mi madre se limitaba a regañarme de vez en cuando, levantando el tono de voz lo justo y sin mirarme. Como si lo hiciera porque se suponía que debía hacerlo, como si en realidad le importara poco, como si aquello fuera un trámite fastidioso más que otra cosa. Y mi hermana mayor Emmelie, la tercera miembro de nuestra familia de cuatro,  siempre había preferido ignorarme.  Bueno, siempre menos cuando hacía algo que llamara la atención, para bien o para mal. Si cometía una travesura, Emmelie se enteraría y correría a contárselo a nuestros padres. Por supuesto, luego se quedaría sentada en primera fila, disfrutando del espectáculo de gritos que ofrecían mi madre y su zapatilla o mi padre y sus collejas. Si por el contrario hacía algo que pusiera en peligro su reputación como la hija predilecta de nuestros padres, se me lanzaba a la yugular con toda la crueldad que hiciera falta, para hacerme sentir mal por lo que había hecho. Así que Emmelie siguió ignorándome en general y yo empecé a hacer lo mismo con ella, en particular. 

Así que los jueves, y algún que otro lunes, cuando abría la puerta de casa pasadas las doce de la noche, solo encontraba el silencio. Y por la mañana ninguna de las mujeres de mi casa, y menos mi padre, hacían mención alguna a mis actividades nocturnas. Entonces me dolió que no me comprendieran, que no se interesaran por lo que hacía con el grupo. Pero a medida que fui aceptando que ninguno de ellos creía que yo pudiera hacer algo de provecho en el futuro, fui liberándome de aquella sensación de tristeza y cambiándola por otra de absoluta libertad. Si ellos no esperaban nada de mí, tampoco me exigirían nada y, en consecuencia, podría hacer lo que quisiera. Como formar parte de un grupo de rock o estudiar algo que no tenía futuro. 

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