2- Lucas

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LUCAS

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LUCAS


Félix Solís era un chico desagradable.

Que lo diga yo es un tanto irónico, pues no me caracterizaba por mi personalidad, precisamente. Para ser justos, no había nada que me definiera. Yo era como una mancha a la que prestas atención solo por casualidad, cuando no hay otro punto en el cuál centrar tu atención; una mancha azul, de un azul poco llamativo. Hasta los profesores olvidaban a veces que yo estaba allí.

Me gustaba. O eso me decía a mí mismo. Me lo repetí tantas veces, que acabé por creérmelo. Suele suceder a veces que las mentiras que dibujamos a nuestro alrededor terminan por transformarse en verdades.

Yo era ese tipo de persona que se sentía cómodo en esos espacios de seguridad inalterables, donde todo transcurre sin sobresaltos. Como una sólida montaña cubierta de nieve. Podría decirse, más bien, que era un cobarde que odiaba los cambios y al que le daba algo de pánico ser el centro de atención. Esa sería una descripción más acertada.

—Félix, desde ahora te sientas allá.

—¿Allá donde?

La profesora parecía hastiada.

—Ya sabes bien dónde. No hay otra silla libre.

—A lo mejor es que necesito comprarme lentes.

Su voz desagradable consiguió que despegara mi atención de "El país de los crisálidos", libro que leía encima del de matemáticas. Algunos compañeros soltaban risas por lo bajo. Al darme cuenta de lo que estaba sucediendo, me sentí algo sofocado. Observé de reojo la mesa vacía junto a mí y comprendí. 

Cuando Félix se sentó a mi lado, soltando con brusquedad su mochila junto a la silla, dejé escapar un lento e imperceptible suspiro. O eso creía yo.

—¿Por qué suspiras?

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—¿Por qué suspiras?

Su mirada era aguda, incómoda; el amarillo de sus ojos demasiado intenso para resultar bonito. Parecían los de un halcón acostumbrado a volar por encima de todos los demás. Sin embargo, no me dejé intimidar.

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