Capítulo doce: a la mitad

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La crudeza de las corrientes árticas empeora el invierno en Granada. Como un pasaje poético, enunciado por Virgilio, la ciudad se vuelve una escena cruenta de la «Judeca». No logro recordar la fecha exacta, pero si recuerdo bien lo que ocurrió ese día, cuando hablé por primera vez con Céline.

A la puesta del alba, René arregló los preparativos para la bienvenida de los nuevos miembros del club. Ella debió notar algo en mí, quizá haya sido la euforia por haber librado y ganado una batalla contra D' Alban; lo que haya sido, le pareció que necesitaba tiempo, porque no permitió que metiera mis manos en los negocios.

Diría que —en ese momento— sentía una extraña carga. Una frívola desesperanza se dibujaba con lentitud en mi conciencia. Pienso que no era para menos, porque si resultaba ser Juliette, ¿a quién dirigiría mi odio? Si, por el contrario, no resultaba, ¿a quién dirigiría mi amor?

La sonrisa coqueta de René, como siempre, logró brindarme un poco de paz. Con un anhelo bien medido, ella pronunció: «¡hombres!, pueden librarse de una guerra, pero no de un par de piernas. Tómate el día, Bradley; lo necesitas».

Y, después, no dejó que opinara sobre cualquier detalle. Ella coordinó a todo el equipo. Incluso, fue tanta su insistencia que únicamente me dejó hablar con Joanne para saber qué enfrentábamos con los McGonagall.

Los primeros resultados de su investigación fueron un poco mejor que los nuestros. Sin embargo, la información que me reveló abrió más preguntas.

—Legalmente —acotó Joanne— no está casada con nadie. Es un fantasma, no he podido encontrar muchas cosas de ella. No hay acta de nacimiento, no hay estudios, ni trabajo, ni siquiera tiene un perro.

—Tampoco yo, ¿qué intentas decirme con eso?

—Nada, no entiendo cómo alguien puede pasar tanto tiempo desapercibido. ¿Cuántos años tendrá?, ¿39?

—No lo sé, no luce tan grande, ¿o sí?

—Que no te engañe, Bradley, su rostro y sus manos no coinciden. Investigaré los registros médicos.

—¿Por qué?

—¿Crees que alguien puede lucir tan bien sin ayuda del bisturí?

La afirmación que me dio Joanne era casi irrebatible. Sin duda nos ponía en otro enfoque. Pero tenía suficiente con lo que había pasado, así que no me preocupé. Por el contrario, decidí pasar un momento recordando mi vida en Marsella.

Fui a mi habitación a contemplar el último cuadro de Juliette. Cuando estábamos juntos me decía que esa era su segunda mejor pintura.

—¿Cuál es la primera? —le preguntaba.

—En donde estamos los dos casándonos —respondía.

Esa tonta rutina la hacíamos muy seguido, siempre supe que ella amaba esa pintura que jamás terminó. Pasábamos los viernes hablando sobre arte; en realidad fingía, porque, aunque no entendía nada, estaba totalmente enamorado de ella. Amaba su pasión por la vida, por las formas, los colores, los trazos y su increíble visión del mundo.

Creció en orfanatos, robaron su trabajo, tuvo que esforzarse el doble por conseguirse un nombre, una educación y un respeto; y aun así afirmaba —con seguridad— que amaba su vida.

Por desgracia, todo el talento de Juliette se perdió. Lo único que pude recuperar fue ese cuadro, los demás fueron vendidos o regalados o quemados. Este es su último recuerdo.

Todos los días lo miro al despertar y al dormir; durante mucho tiempo esperaba —de alguna forma inexplicable— que ese cuadro me hablara, me dijera que aún había esperanza. En mis pensamientos más oníricos, hasta quería oír que aún estaba con vida. Por desgracia, la respuesta que siempre esperé llegó en forma de una pesadilla terrible.

Sauvage (+18) (Pronto En Físico)¡Lee esta historia GRATIS!