Capítulo 20.2- Tentaciones

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Georgiana no sabía cómo lo harí­a, pero debí­a demostrar a Thomas de lo que era capaz y lo que había aprendido. Hasta ese momento siempre habí­a dejado a él la iniciativa en el lecho puesto que le habían enseñado que una dama debí­a mostrar reparo y cierto recelo al deleite carnal. Por una parte tení­a un poco de miedo, por si su esposo pensaba que ella era impura o si consideraba que su comportamiento era impúdico. Pero por otro lado, no era ninguna novedad que Thomas era un hombre con la mentalidad bastante abierta así­ que por ese motivo, se atreverí­a a dar ese paso.

Con todos estos pensamientos, y con la mano temblorosa, empezó a desabrochar esa camisa blanca que todavía cubría el torso de su esposo, uno a uno aquellos dichosos botones que tanto le estaban costando y dificultando el trabajo de la primera lección que había aprendido y que iba a poner en práctica. El aliento del caballero, cada vez más acelerado, sobre sus manos no la ayudaba.

"Señora, no debe dejar que sea él quien se desvista siempre; a los hombres también les gusta ser desnudados de vez en cuando"

El primer botón. Hecho. El segundo. Hecho.

- ¿Te ayudo? - preguntó él a media voz a una Gigi que no osaba mirarlo, la cual tenía sus ojos clavados en el trabajo. Mejor eso que mirarlo, porque si lo hacía perderí­a todo el valor que había conseguido reunir para iniciar.

Así que con esa dificultad para ni si quiera enfocar su mirada, mucho menos lo respondió. Hasta que Thomas acercó sus manos y las depositó sobre las temblorosas de su esposa. Dándole esa seguridad que le faltaba. Lo miró entonces. Sus orbes verdes temblaban, chispeaban nerviosos y se clavaron en los grises.

-Déjame hacerlo- suplicó en un susurro que se le antojó al caballero lo más seductor que habí­a escuchado jamás y, obedeciendo, apartó sus manos y la dejó hacer. Sin dejar de observarla, sin dejar de disfrutarla. Porque no le hacía falta más para poder complacerse. Verla, intentando satisfacerlo, lo llenaba de orgullo y satisfacción masculina. Aunque se preguntaba de dónde habría sacado esas ideas, ¿ o serí­a que su Gigi tenía escondida esa faceta?

Al fin lo consiguió y no supo que la excitaba más, si haber sido capaz de despojar a ese hombre de su camisa o verlo desnudo, frente a ella. Todavía le temblaban los dedos, y con ese temblor repasó el fino vello oscuro de su esposo, con delicadeza y muy lentamente.

Tan lentamente que se le hací­a un tortura al médico, una tortura en la que podría estar horas y horas hasta sucumbir a ella voluntariamente.

Gigi no sabí­a que tomar la iniciativa en esos casos fuera tan alentador, y le estaba gustando.

Miró con horror a los pantalones, esa parte le costarí­a más y a Thomas no le pasó desapercibida esa mirada de miedo así que rápidamente se dispuso a sacárselos pero ella lo detuvo. Lo de tuvo con un beso. Y un pequeño empujón.

"Señora, béselo, no deje de besarlo", segunda lección en marcha.

Muy lenta y delicadamente, casi dolorosamente, descendió la palma de su mano pálida por ese torso tenso por la excitación y se paró en la altura de esos pantalones. Con cierta torpeza, por no decir que mucha, finalmente consiguió despojarlo de esa pieza de ropa que tanto le habí­a horrorizado quitar al inicio. Y haberlo conseguido, otra vez, le resultaba muy satisfactorio. Tanto, que empezaba a sentir a ese hombre suyo. El extraño poder de llevar las riendas la hací­a sentir extrañamente poderosa en algún sentido.

Thomas quería dejarla hacer y verdaderamente se estaba esforzando mucho para ello mas no podí­a retener su í­mpetu, sus ansias. Y acostumbrado a mandar, la levantó en volandas besándola fervientemente hasta dejarla sobre la cama. Muy gustosamente ella accedió a esa entrega por unos instantes, perdiéndose en un beso intenso y trabajado. Un beso de esos que no tenían explicación, ferviente y pasional. Sin embargo, ella pareció enfadarse en un momento dado, no deseaba que él la guiara esa vez. Sino que deseaba guiar, así­ que enfurecida - muy encantadoramente- se levantó y se despojó del cinturón de su vestido para atar las manos de su marido quien la miró entre la confusión y la satisfacción.

-Esta noche, déjame a mí-imperó ella tratando de parecer molesta sin éxito puesto que la situación le estaba agradando tanto que incluso le era imposible poder disimularlo.

Una vez atadas esas largas y habilidosas manos de su esposo para que no la interrumpieran más durante su cometido, se concentró en la labor de seguir las lecciones.

"Tóquelo, tóquelo por todos lados, Señora"

Deslizó sus manos por todos los rincones de Thomas el cual no sabí­a si satisfacerse o sentirse impotente por no poder tocarla. Aunque al final optó por la primera opción y dejarse llevar. 

"Desnúdese usted misma delante de él"

Lo dejó por un momento- con gran pesar para él - y con la cabeza gacha y removiendo su melena rojiza, se deslizó el traje hasta dejarlo caer en sus pies. Quedándose en corsé y enaguas.

Con cierta habilidad, se deshizo del corsé y dejó a la vista su maravillosa exuberancia.

"Muévase sobre él, mueva las caderas hacia delante y hacia atrás"

Era el momento de la verdad, el momento de hacerlo. 

Sin mirarlo, no lo quería mirar, pero si lo hubiera hecho hubiera encontrado la mirada más candente, oscurecida y complacida que jamás hubiera podido ver. 

-Relájate- musitó él captando su atención. Ella lo obedeció y ambos llegaron al culmine juntos.


El camino hasta París fue sin complicaciones aunque Thomas todavía no acababa de acostumbrarse con tener que estar solo en el carruaje. Por un momento pensó que tras esa noche Gigi no podría resistirse de viajar junto a él, pero no. Haciendo gala de su maravillosa testarudez, quiso ir con Emma y Geremy.

- ¡Mujeres!- se lamentó en la soledad de su cubículo mirando hacia el exterior, hastiado.



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Manto del firmamento ( IV Saga de los Devonshire)©¡Lee esta historia GRATIS!