1-Félix

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OTOÑO, 2013


FÉLIX

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FÉLIX


Cuando era niño y miraba a mis compañeros azules, sentía una ligera envidia. Era el color de casi todas las cosas que me gustaban, al fin y al cabo: el cielo, el mar en verano, las deliciosas gomitas de delfines. Me parecía un color hermoso.

Hasta que cumplí quince años y conocí a Lucas Morel. 

Pero a los trece, yo estaba obsesionado con el azul, y cuando le dije a mi hermana Irene que quería empezar a usar ropa de ese color, me miró con la nariz arrugada, pero no demasiado sorprendida. Se había acostumbrado a tener que cuidar de "ese niño excéntrico". Era una buena hermana, pero no nos entendíamos.

—El azul y el amarillo no combinan, Félix.

—No me importa que no combinen.

Desear haber nacido de otro color algo raro entre los míos, los amarillos. Se supone que somos excepcionalmente confiados, orgullosos, siempre positivos y enérgicos. Es lo que la sociedad espera de nosotros. Con los años, eso empezó a parecerme una monumental tontería. 

Te etiquetan según tu color, el lugar donde naces, el sexo que te asigna la naturaleza. Esos prejuicios me incomodaban, pero nunca lo decía en voz alta. A los trece años aún no sabes bien cómo darle forma a tus pensamientos en conflicto. Así que cada pequeña transgresión contaba.

—Mira, ¿sabes qué? Haz lo que quieras, pero yo no te la voy a comprar. Si quieres empezar a ponerte ropa azul y que te miren raro en la calle, es problema tuyo. 

Mi hermana no era una típica amarilla, pero asumía todo con una pasiva resignación. La muerte de nuestros padres había envejecido su carácter chispeante. Todos en la familia decían que había sido una chica extrovertida y risueña, pero yo nunca conocí esa versión de ella. Lo cierto es que sus sonrisas eran imprecisas, como si no recordara como hacerlo. Como si le diera vergüenza sonreír.

Tenía cuatro años cuando ellos murieron, así que apenas los recordaba. La pérdida no me afectó como le afectó a ella, que aún lloraba al mirar su fotografías. 

Intentaba no molestarla con mis problemas y desvaríos. Quería ser un buen hermano. Quería ayudarla a ser feliz, pero Irene colocó un muro contra el mundo y allí se quedó, absolutamente inalcanzable, dedicada a la lamentable labor de apagarse.

Y yo crecí a la sombra de ese muro.

Así que a los trece años, decidí rebelarme de la única forma que podía: siendo lo contrario a lo que se esperaba de mí. Un amarillo malhumorado que usaba ropa azul.

—¿Por qué siempre estás enojado, Félix? –me preguntó la psicóloga de la escuela. Era una mujer roja de cabello corto y sonrisa falsa. Odiaba las sonrisas falsas.

—¿Qué le importa a usted?

Ella apretó los labios. Bien. Al menos ya no estaba sonriéndome.

—Entiendo que cuando un niño pierde a sus padres...

Fue como si me pinchara con agujas calientes.

—¿Por qué siempre dicen lo mismo? —siseé—. ¡Cállate! ¡A mí me da lo mismo si mis padres se murieron, vieja estúpida!

Cuando mi hermana fue a buscarme, deshaciéndose en disculpas, sentí los tentáculos de la culpabilidad agitándose en mi estómago mientras la miraba tras la mampara de vidrio que separaba la oficina del inspector del pasillo. Eso me molestó. Me molestaba que en el fondo, seguía siendo un amarillo susceptible a las emociones de los demás. Nunca podría ser apático y frío como un azul.

Mientras caminábamos de vuelta a casa por las calles de Vivalri, mi hermana se detuvo, me agarró de los hombros y me sacudió, sorprendiéndome. Tenía el rostro desencajado por la rabia. Era inusual verla así. Irene podía ser muy seria y, a veces, inmune al sarcasmo y los chistes en doble sentido, pero rara vez exhibía arranques de agresividad. 

Me asustó.

—¿Es cierto eso que le dijiste a esa mujer? ¡Contéstame!

Intenté que me soltara, pero su agarre era firme. Los dedos se hundían con fuerza en mis hombros. Dolía.

—¡S-suéltame! 

—¡Responde, Félix! Le dijiste que te da lo mismo que nuestros padres se murieran. ¿Es eso cierto? ¡Contesta!

—¡No sé!

—¿Cómo que no sabes?

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—¿Cómo que no sabes?

—Que no sé, Irene. ¡No sé! Igual no me acuerdo de ellos. Así que quizá sí me da lo mismo, da igual lo que yo sienta. 

—¿Qué?

—No los conocí como tú, así que... ¿por qué debería sentir...?

Para mi desgracia, las palabras que salían de mi boca no parecían concordar con mis emociones, pues comenzaron a llenárseme los ojos de lágrimas. Y entonces, mortificado, rompí en fuertes sollozos. ¿Por qué tenía que ponerme a llorar justo ahora? Toda una vida sin añorar la presencia de mis padres para acabar descubriendo allí, en medio de la calle, que en realidad sí me hacían falta.

Mi hermana me observó en silencio, mordiéndose el interior del labio. Dejé que me abrazara hundiendo el rostro en su suéter amarillo mostaza. Irene siempre usaba el mismo perfume; algo entre cítrico y dulce. Tenía un efecto calmante sobre mis emociones. No me gustaba reconocerlo, pero desde niño, yo buscaba sus abrazos. 

—Nos están viendo, Irene. Vámonos a casa –murmuré, sorbiendo por la nariz.

En ese momento, una joven roja y un joven azul pasaron a nuestro lado. Iban tomados de las manos y se reían con complicidad. Ella usaba una blusa azul; él, pantalones rojos y tatuajes en el cuello. El anciano azul que barría la calle frente a su negocio, un poco más allá, los miraba con disgusto, sacudiendo la cabeza. 

Mi hermana también se quedó observándolos, pero su rostro tenía una expresión diferente. Reflexiva y... casi amable. Yo estaba perplejo. ¿No debería haberse sentido tan asqueada como el otro tipo? Un rojo y un azul no combinaban, después de todo. Ella ya lo había dicho antes.

—Félix.

—¿Q-qué?

—Te compraré ropa azul si eso es lo que quieres.

—Hum... ¿a qué viene eso?

Ella me sonrió. Era una sonrisa tenue, pero verdadera. Luego rodeó mis hombros con su brazo y, sin decir nada, caminamos hacia casa hablando de cosas banales, como lo que comeríamos para la cena. El viento otoñal barría con hipnótica placidez las hojas amarillas desperdigadas por la calle.

Fue la primera vez que sentí que realmente éramos hermanos.

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Habrá dibujos ocasionales en esta historia, pero aún los estoy haciendo :) Cuando los termine los subiré en los capítulos.

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