Prólogo

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Solía soñar con el amor, ese de los cuentos de hadas, cuando era un niño, ver a mis padres y desear un amor como ese, un amor que pudiera soportar las peores tormentas, pero las cosas cambiaron cuando crecí.

Fue durante mi adolescencia que descubrí que el amor, el mismo sentimiento con el que soñaba, se basaba en el sufrimiento. Cualquier enlace con cualquier persona, cualquier atadura con alguien significaría una maldición en potencia.

Cada noche sirve como un recordatorio, una señal para que no lo olvide. Y aunque lo intento, mi corazón aún insiste. No importa cuántas veces sueñe o cuántas veces recuerde y me diga que no debo abrirme a nadie. Una parte de mí aún quiere, necesita sentir algo por alguien. Por cualquiera.

Las primeras veces que pasaba, fue difícil. Revivir la misma escena una y otra vez me consumía, me drenaba. Era complicado mantener una sonrisa, mantener las buenas notas, era incluso difícil dibujar si así lo quería.

Como si no fuese suficiente saber que tu padre tenía cáncer, que no tenía las probabilidades a su favor y que muy probablemente no estaría allí para mi último año de estudios, mi mente reproducía una porción de mi vida durante las noches casi con total seguridad.

Una pelotita. Así fue que todo empezó. Sintió algo en su vientre, una pelota que no debería estar allí y que dolía un poco. El dolor era soportable, no le destrozaba los nervios como lo haría tiempo después, mucho después, pero le molestaba. Luego de que llegaran los primeros resultados, repitió los exámenes en otro hospital, y luego en otro. Todos decían lo mismo.

Las terapias no fueron tan mal al principio. Papá se sentía cansado, tenía más canas, pero todos los doctores decían que era más fuerte que la mayoría de los casos, que su cuerpo podría soportarlo y que no tendría ningún efecto del que nos tuviésemos que preocupar. Al menos teníamos esperanza.

Papá siempre había tenido una dieta saludable. Nunca le gustaron los aditivos químicos, las grasas o los dulces, y comía solo carne de alta calidad en los mejores lugares, tomando también el máximo cuidado cuando la cocinaba. Lo mismo aplicaba con frutas y vegetales. Era normal verlo despierto a primera hora de la mañana, pintando un poco o simplemente viendo las noticias, y era siempre el último en acostarse.

Contrario a lo que los demás esperaban, siempre había estado lleno de energía. Su cuerpo necesitaba solo cinco o seis horas de sueño, mientras que más tiempo le causaba dolores de cabeza. Se conocía perfectamente desde que tuvo mi edad. Siempre y cuando no comiese nada frito, comida rápida o similares, él estaría bien.

Cuando el diagnóstico vino y no se podía negar que algo estaba mal, nos volvimos una de las familias más saludables de Newrocks. Nunca me quejé, solo cuando las recetas eran demasiado extrañas para mí, pero aceptaba cualquier cosa que mamá y papá prepararan la mayor parte del tiempo.

Todo era cocinado al vapor, a la parrilla, sin mucha sal, con comida orgánica, jugos que nosotros mismos preparábamos en casa y salíamos a caminar cuando había oportunidad. No me consideraba fanático de lo último, aunque este se volvería un hábito, una vía de escape.

Sin embargo, a medida que pasaban los meses, su cuerpo colapsaba de una u otra manera. Primero el hígado comenzó a fallas, luego el sistema digestivo, seguido por las piernas, que empezaron a retener líquido. La delgadez extrema vino después, luego de la caída del cabello y la piel amarillenta.

Su piel comenzó a agrietarse y a tener pústulas del tamaño de un pulgar. Las heridas, una vez abiertas, eran al rojo vivo, como si papá se hubiese quemado. Muchas veces se le infectaron por la falta de glóbulos blancos. A medida que empeoraba, mamá se hundía con él. Mientras más el gritara, más lloraba ella.

La idea de compartir un corazón, de ser uno solo con alguien más, se había corrompido. Ya no era el sueño de un niño, ya no era un cuento de hadas, sino una pesadilla. Me dolía verlos tan conectados, tan juntos que lo que padecía uno, el otro lo sentía. Me horrorizaba.

La escena que mi mente se negaba a olvidar era esa cuando lo ayudé a ir al hospital. Él no podía caminar siquiera y tenía que apoyar todo su peso en mamá y en mí. Sus piernas, antes fuertes y resistentes, eran cuatro veces su tamaño inicial, su piel era roja por completo y tenía puntos verdes en donde pronto saldrían más pústulas.

No había zapatos que pudiera usar, así que le habíamos cubierto los pies con medias holgadas, atándolas con un mínimo de firmeza para que no le apretaran, aunque su cara se retorcía del dolor con cada paso que daba haca el carro. Tuvimos que repetir todo cuando llegamos al hospital hasta que un enfermero nos trajo una silla de ruedas.

Papá no había dejado esa habitación desde entonces. Me negaba a dejar de visitarlo todos los días aunque sentía que me ahogaba con el aire artificial de ese cuarto y por verlo cubierto de tubos, jeringas, una mascarilla para respirar, los ojos apagados, con miedo, y adolorido. Siempre adolorido.

Aunque su voz había cambiado, aún tenía algo del hombre que había conocido durante toda mi vida, ese que siempre reía y bailaba y bromeaba cuando cualquiera estuviera triste. Ahora, todo lo que quedaba era una voz que apenas podía escuchar. Fuera de ello, era otra persona, una cáscara que se parecía al padre que recordaba y veía en las fotos.

Desperté cuando vi sus ojos. El enfermero, alto, musculoso, con calmos ojos marrones, se lo estaba llevando. Tenía miedo, pero intentó parecer fuerte, parecer valiente, por mí, por mamá. Me desperté cuando le di la espalda.

De estar en la recepción del hospital, pasé a la soledad de mi cuarto. Las paredes estaban cubiertas de dibujos y el blancuzco piso, casi beige, se había vuelto una colección de ropa tirada. La luz se desvaneció tan pronto abrí los ojos, dejándome solo con el tenue resplandor de la luna.

El reloj marcaba las cinco de la mañana. No había colores en el cielo, pero me levanté de todas formas. No tenía otra cosa que hacer.

***

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