Jeannette Olsen, voz.

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La escuela de arte Josh Steward de Barts abrió oficialmente sus puertas el tres de septiembre de 1999 a las nueve y treinta y dos minutos de la mañana

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La escuela de arte Josh Steward de Barts abrió oficialmente sus puertas el tres de septiembre de 1999 a las nueve y treinta y dos minutos de la mañana. El conserje, secretario, director y jefe de estudios, Josh Steward, giró con decisión el pomo de la enorme puerta acristalada después de una semana intensa en la que los pintores no se dignaron a aparecer y una tormenta de arena atascó el aire acondicionado. Vestía una camisa de un azul pálido desteñido, pantalones de lino y sandalias. Y no se había afeitado bien el mentón. Lo sé porque yo estaba allí. En realidad llevaba esperando media hora allí de pie, con la solicitud en una mano y los veinte dólares de la matrícula en la otra. Expectante, nerviosa, deseando dar el primer paso para cumplir mis sueños.

Siempre había querido ser fotógrafa. Incluso aunque en mi casa nunca hubiera una cámara de fotos o algo parecido. Soñaba con sacarme el pasaporte, colgarme una Canon al cuello e irme a recorrer el mundo para documentarlo todo. Los mercados de Pekín, los desfiles de Moscú, los bosques de Irlanda, las playas de España...

La gente veía las fotografías en National Geographic y deseaba ir de vacaciones a aquellos lugares. Yo examinaba las fotografías y me estrujaba la cabeza pensando en cómo diablos las habrían hecho. Así que cuando al loco de Josh Steward, uno de los artistas más valorados de los setenta, le dio por abrir una escuela de arte en el desierto, supe que era mi oportunidad. Tenía que aprovecharla antes de que se diera cuenta de que allí no iba a hacer negocio. Y me convertí en uno de los estudiantes de la primera promoción con el número de carné 00001.

Hacía poco que me había mudado con mi familia desde Compton a Barts y no tenía amigos en el pueblo, así que una de mis esperanzas era conocer gente interesante en la escuela. Entre los estudios de pintura, dibujo artístico, escultura, ebanistería, costura, fotografía y cerámica bien debía haber alguien digno de conocer. Y aunque la primera semana en ese aspecto fue toda una decepción, pues cuatro de mis cinco compañeros de clase eran dos parejas de jubilados aficionados a los safaris fotográficos y el quinto un delincuente juvenil que intentaba ganar excusas para aumentar la condicional, el lunes de la siguiente semana fue todo lo contrario. Porque ese día conocí a Jeannette. Y con ella mi mundo empezó a cambiar.

Jeanette Olsen era todo lo contrario a mí y eso fue lo primero que me gustó de ella. No es que me odiara a mí misma, ni nada parecido, pero tampoco me consideraba la persona más fascinante del mundo. A mis veinte años trabajaba en un almacén por las mañanas (mi padre no había comprendido mi pasión por la fotografía y se negó a pagar lo que él consideraba «una absoluta inutilidad y una pérdida de tiempo». Así que encontré un trabajo poco cualificado y mal remunerado con el que podía a duras penas pagarme los estudios, el material de clase y dar algo en casa), y llevaba ropa de segunda mano. Además estaba demasiado delgada y mi aspecto se completaba con una melena muy corta, porque lo de peinarme nunca fue lo mío, y un rostro limpio en el que lo único que llamaba la atención, probablemente, eran mis ojos grandes y grises.

Sin embargo Jeanette era la personificación de la juventud, la salud y la belleza. Como recortada de una revista. Melena rubia ligeramente ondulada, larguísimas piernas doradas, siempre depiladas, y una talla treinta y seis a la que la ropa de temporada le quedaba como un guante. Era un espejismo caminando por los pasillos de aquella escuela perdida en medio de la nada. Una flor silvestre en medio de un campo arrasado por el sol. Pero no parecía darse cuenta de ello. Se movía como si estuviera en su elemento, como si aquel fuera su sitio y desde luego acabó siéndolo. Jeanette Olsen fue la reina de la escuela de arte.

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