La madriguera (Prólogo)

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De todas las sensaciones que me han estremecido alguna vez en la vida, la más increíble, la que jamás olvidaré y de la que todavía tengo el eco de su sacudida en la piel, es la que me golpeó con toda la potencia desbocada de una batería, un bajo y...

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De todas las sensaciones que me han estremecido alguna vez en la vida, la más increíble, la que jamás olvidaré y de la que todavía tengo el eco de su sacudida en la piel, es la que me golpeó con toda la potencia desbocada de una batería, un bajo y una guitarra eléctrica, la primera vez que entré en el local de ensayo de los Black Stars.

Un relámpago de electricidad intensa y salvaje entró por mi coronilla y salió por mi estómago, dejando tras de sí un agujero que aún no se ha cerrado, que duele y pica, y que sé que solo podría llenar estando con ellos.

Recuerdo perfectamente la primera vez que me acerqué a la puerta metálica tras la que se abría la estrecha escalera de obra que bajaba hasta la madriguera de aquellos músicos.

Fue Jeanette la que me llevó allí, la que la abrió con una pequeña llave que llevaba atada a la muñeca, la que me agarró de la mano y me guió en la oscuridad. Mientras bajaba hacia aquella música cuya potencia podía sentirse retumbar en las vigas y las paredes, sentí que yo, la niña buena y tranquila, había encontrado la entrada al lado prohibido, a la cruz del mundo en el que había estado existiendo hasta entonces, y no solo no huía, sino que bajaba decidida a él.

Siete escalones más abajo se abrió ante mí aquel agujero de diez metros cuadrados, un escondrijo sin ventilación ni luz natural, donde el olor a humedad quedaba solapado por el de la cerveza, el sudor y el tabaco. Las paredes estaban insonorizadas con placas de gomaespuma gris y el aire se notaba cargado, como si aquel lugar fuera el centro de una nube de tormenta. Pero también se respiraban allí libertad, posibilidades, sueños, juventud y futuro a raudales.

No tengo que cerrar los ojos para recordar perfectamente el suelo pegajoso; el techo decorado casi por completo con garabatos hechos a base de rotuladores permanentes de diferentes colores; los viejos amplificadores destrozados, llenos de polvo y las botellas de vidrio marrón y verde, rotas, que se apelotonaban en las esquinas, como un mosaico brillante y surrealista.

Todo aquello estaba tan lejos de la cotidianidad de la joven de veinte años, estudiante de fotografía por las tardes y peón de almacén por las mañanas que era yo entonces, que el choque fue brutal.

Al primero al que vi fue a Joe, una figura vestida totalmente de negro: pantalones tejanos ajustados, camisa oscura, pelo castaño, liso y alborotado, rostro perfectamente afeitado, las orejas llenas de pequeños aros y un cigarrillo en los labios. Mantenía una pierna adelantada y flexionada. El bajo, colgado con una correa de cuero, apoyado en ella. Su mano izquierda sobre el mástil y los dedos de la derecha pellizcando endiabladamente las cuerdas metálicas. Su cuerpo hacia adelante y atrás, moviéndose como un metrónomo, siguiendo el ritmo de la batería.

Después, siguiendo el sonido de la caja, vi a Simon. Vestía una de sus sempiternas camisetas holgadas de tirantes y me observaba con una curiosidad que me traspasaba. Tenía el rostro sudoroso y llevaba el cabello rubio recogido en una especie de moño desaliñado en el cogote. Sentí como si me lanzara mil preguntas con sus ojos clarísimos y sentí que me encogía dentro de mi jersey de lana hasta hacerme pequeña, hasta desaparecer. Y todo ese poder lo destilaba sin perder jamás el ritmo, sin errar un golpe de baqueta o de bombo.

Mick fue el último al que vi. Estaba justo al lado de la puerta, a mi izquierda y fueron las notas amplificadas de su Esquire marrón chocolate de segunda mano, ejecutadas en su solo desesperado, las que me lo presentaron. Un vibrato melancólico que progresaba hasta unos agudos casi imposibles, que le hacían fruncir el ceño, desgastar la púa con un ritmo casi imposible, cerrar los ojos y apretar las yemas de los dedos sobre el mástil hasta que se volvían blancas. Pero que le nacía del alma como si él mismo se deshiciera en aquella melodía brutal que, comprendí al instante, era genuinamente suya.

La melodía que tocaban era oscura y penetrante. Pasé al interior y me pegué a la pared, intentando no romper más aquel momento. Pero mi amiga Jeannette, que hasta entonces me había cogido de la mano, me soltó y dio un paso al frente, cogió un micrófono que descansaba junto a Joe y con tranquilidad se plantó en medio de aquellos tres locos.

La imagen que ofrecían era cautivadora. Los cuatro juntos habían creado una especie de círculo alrededor de aquella música que ejecutaban desenfrenados y en cuyo centro mi amiga Jeanette actuaba de canalizadora. Aquellos tres chicos, tan concentrados cada uno en su arte y que parecían no haber reparado en ella, le dieron sin embargo el pie perfecto en el momento oportuno y Jeanette unió su increíble voz a la canción y llevándola a una especie de clímax. Elevándola hasta las estrellas.  

Juro que aquella noche no había tomado más que un Nestea y un sánwich de pollo. Pero lo que experimenté cuando aquella melodía viajó por mi sangre la primera vez fue una revelación.

Corría el año 1999 cuando aquellas estrellas negras entraron en mi vida y se convirtieron en mi único firmamento. Y sucedió en Barts, una insignificante comunidad del desierto de Mojave. El lugar del que huyen los buitres, demasiado lejos de la lucrativa ruta 66, un trozo de polvo más en medio de la nada. Unas cuantas casas apiñadas, bloques de apartamentos baratos en el extrarradio, un par de pubs que eran toda la animación del lugar, una escuela diminuta y un instituto de secundaria que se caían a pedazos, pero eso sí, una flamante y nueva escuela de arte, abierta por un viejo y loco artista retirado, a la que yo asistía y que parecía condenada al fracaso.

Todo esto sucedió a casi cuatro horas en coche de la City, que era donde de verdad se creía que se cocía la cultura, se hacía la música y la vida respiraba. Y sin embargo allí estábamos nosotros, las ratas del desierto, intentando convencer a la inspiración, tratando de hacer algo bello, artístico y útil a base de sudor, trabajo y ojeras.

Lejos de aquella Los Ángeles monstruosa, donde parecía caber todo el universo, los Black Stars estaban construyendo el suyo propio, brillando en una madriguera insalubre, bajo el asfalto cuarteado de Victorville Street. Y una vez lo hube descubierto, lo único que quise, fue formar parte de él.

 Y una vez lo hube descubierto, lo único que quise, fue formar parte de él

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