36. Pensamiento recurrente (segunda parte)

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Solae

Las últimas clases pasaron igual de lentas y tras el timbre que puso punto final a nuestro día escolar, Trinidad se acercó a Anton, tal como habíamos quedado, llevándoselo al patio. Mientras yo recogía mis cosas, vi que Alex guardaba las suyas con prisa mientras conversaba algo con José Tomás y Amelia. Los tres parecían listos para salir corriendo a algún lado.

—Alex. —dije interceptándolo. Necesitaba hablar con él, aprovechando que Anton estaba abajo. A sus amigos pareció causarles gracia mi intervención y se despidieron de él con guiños y palmadas en la espalda, diciéndole algo que no escuché, pero que Alex no pareció tomar demasiado bien. Luego me miró casi con terror.

—Lo de la clase de inglés... no es lo que te estás imaginando —saltó a la defensiva y de solo recordarlo me sonrojé. No sabía qué excusa podía inventarse para ocultar lo obvio.

—No es acerca de tu interés en mis pechos de lo que quería hablarte. —respondí, intentando no mostrarme avergonzada, pero al decirlo crucé mis brazos más arriba de lo que pretendía.

—No estaba mirando tus... solo intentaba... —me miró a los ojos, para evaluar si le creía algo—. Solo quería saber si te habías puesto el collar que te regalé... —admitió en voz baja. Instintivamente me llevé la mano hacia mi cuello.

—Oh. No. Lo siento. —me disculpé, sintiéndome más culpable de lo que debería. Por un momento consideré decirle que lo andaba trayendo en mi mochila, pero al final solo lo omití.

—Oh. —dijo él. Parecía decepcionado, y nos quedamos callados durante un momento bastante incómodo.

—Alex... —retomé, recordando lo que quería preguntarle—. Ayer, durante el castigo mencionaste a mi Piggy Cute Pod...

Piggy B-Pod —me corrigió de inmediato—. ¿O es que le cambiaste el nombre?

Mi corazón dio un salto e intenté reprimir una sonrisa.

—No. Sigue llamándose así. —respondí. Que me corrigiera tan seguro me había puesto inesperadamente feliz, aun cuando estaba esperando que lo hiciera. Alex me miró con cara de sospecha.

—¿Me estabas probando? —me preguntó acercándose—. Ya te dije que estábamos juntos cuando le pusiste ese nombre. ¿Qué más tengo que hacer para que me creas?

—Y entonces ¿Qué significa la letra "B"? —lo desafié.

—Le pusiste Piggy Butta Pod. Butta por cerdo en japonés, pero yo te sugerí que lo abreviaras a "B" porque sonaba demasiado largo y ñoño. Y le pusiste ese nombre porque te encanta bautizar todas tus cosas. Si hasta tus cepillos de dientes tienen un maldito apodo: "Barón Cepi-Red... ¿Tercero?" creo que se llamaba el último que usabas. No me pillarás con algo tan fácil. —concluyó desafiante, arreglando un mechón castaño que caía sobre su cara. Esa respuesta, acompañada de su expresión de seguridad y ese movimiento de cabello, me pilló tan desprevenida que tuve que hacer un esfuerzo consciente para no pensar por enesimovigésima vez en el sueño de la noche anterior.

—Mmm... ¿Mi comida favorita? —le pregunté cruzándome nuevamente de brazos, intentando no mostrarme impresionada.

—La pizza. —dijo sin siquiera pensarlo—. Y el sushi —agregó—. Pero eso lo comes menos, porque es más costoso.

—Esa era demasiado fácil. ¿A quién no le gusta la pizza y el sushi? —reclamé.

—A mí no me gustan.

—¿En serio?

—Sí me gustan. —Se rió—. Solo te molestaba.

Me giré para que no viera que me había causado gracia.

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