Capítulo 9: Kaijūs

62 13 0

El loco de D' Alban nos asechaba desde muy cerca. No podría explicar la sensación, pero todo el equipo se sentía observado; de mañana, tarde y noche nadie se sentía a salvo. Y lo que había pedido no era fácil de conseguir. Tuve que invertir mucho dinero para encontrar su información.

Los larguísimos 4 días, que nos tomó encontrar las órdenes de embarque, fueron tétricos. Se sentía como si un fantasma estuviera vigilando tus movimientos. Incluso, cuando tuvimos toda la información, nos sentimos peor. El lobo de Granada es temible.

Cuando tuve la información de D' Alban, hice lo que me pidió y dejé los documentos en la bóveda principal de mi departamento. El lugar más seguro que he podido pagar. Sin embargo, no seguí sus demandas para complacerlo, sino que lo hizo porque necesitaba entender cómo lo había logrado.

Como todos imaginamos, en cuanto colocamos el documento él me contactó. Me marcó al celular para indicarme que lo esperara. No tuve otra opción que cumplir sus demandas, llegaría pasada la media noche.

Pedí que todos salieran, me quedé con el mínimo de seguridad. Preferí concentrar todos nuestros recursos en averiguar cómo lo hizo.

D' Alban llegó a las doce con cinco minutos.

—Vaya, es impresionante lo que un hombre puede hacer cuando lo motivas de manera adecuada. —La puerta se abrió sin el menor esfuerzo, D' Alban entró por la entrada principal de mi departamento.

—Sí, lo es, ¿quieres un trago? —cuestioné.

—Gracias, pero esta noche necesito estar sobrio.

—La información está donde pediste, ¿abro la caja?

—No, ya tengo lo que quiero.

—¿De qué rayos hablas? —Estaba parado a escasos metros de ese hombre, pero sentía un temor creciendo dentro de mí; como si fuera una presa que se encontró al peor depredador.

—Verás —John caminó con total tranquilidad hacia mí—, ya tengo lo que necesito saber. La verdadera pregunta es si tú lo sabes.

—Eso ni siquiera es una pregunta. Explícate de una maldita vez.

—Te he seguido el rastro muy de cerca. Cuando encontraste la embarcación correcta, yo hice mi trabajo, no necesito esos papeles.

—¿De verdad? —ironicé—, costaron mucho dinero. Espero que tu estúpido juego se termine.

—No estás en la posición para hacer demandas ni para amenazarme, ¿debo recordarte quién soy? —John caminó alrededor de mi escritorio, y lanzó una carpeta frente a mí—. Eso es tuyo.

—¿Qué es esto?

—Considéralo el pago por tu trabajo.

Los documentos que me entregó D' Alban eran falsificaciones de edificios y bodegas; órdenes de arresto, facturas de compras imposibles —jamás nadie pagaría 10 000 dólares por algunos bolígrafos—, algunas fotografías muy explícitas, testimonios, órdenes de jueces, y un larguísimo etcétera. Lo único que noté era que todos los documentos compartían nombres clave similares, pero eran de diferentes partes del mundo.

—¿Qué diablos es esto? —Aunque sentía muchos nervios por lo que estaba frente a mí, guardé la calma.

—No me decepciones. Eres más inteligente, haz un esfuerzo.

Me detuve un segundo, y volví a revisar los documentos. El único factor en común era el repetitivo apodo que aparecía en todos los informes: «Fargo». Fuera de eso, no lograba entender qué eran todos esos documentos.

Sauvage (+18) (Pronto En Físico)¡Lee esta historia GRATIS!