―Buen día, Mika― Saludó el pelinegro. Le ofreció al rubio del contenido de su taza el cual por supuesto que aceptó. Ambos salieron de la habitación para poder ir hacia la cocina.
Los niños no tardarían en despertar, además de que hoy era el tan esperado día.

―Debiste levantarme para ir a la cama contigo, no me di cuenta en qué momento me dormí Yuu-chan. ― El pelinegro rió entre dientes y le quitó al cabello de su pareja un pedacito de papel que colgaba de él.

―Lo siento, pero yo también me quedé dormido. Estaba terminando de acomodar la habitación nueva y me recosté en el suelo...― Yuu entrecerró sus ojos. ―Deberíamos vender la cama. Creo que es el lugar donde menos estamos.

Mikaela rodeo la barra que dividía la cocina del comedor para poder colocarse detrás de Yuu, lo abrazó con fuerza recargando su barbilla sobre su hombro.

En algo habían tenido razón sus amigos desde la primera vez que se reencontraron: no se separarían más.

Yuu tomó la mano de Mika para poder entrelazar sus dedos y levantó la unión para besar el dorso de la mano de su pareja, hizo lo mismo sobre su dedo anular donde se encontraba el anillo que compartía su unión legal.

―Olvídalo, Yuu-chan. ― Mikaela besó la mejilla de su esposo. Tras adoptar a Michirou, los dos sabían que los segundos que tenían a solas eran preciados y muy valiosos. ―No venderás nuestra preciada cama. Es la única que no hace ruido cuando... ― Yuu golpeó el rostro de Mika para tratar de callarlo. Su sentido paterno le advertía el sonido de su amado infante; y así fue.

En menos de dos segundos, Michirou llegó corriendo con energía hasta ellos.

Llevaba sus pantuflas de pollito y su pijama color rojo, arrastraba un cordero de peluche que llevaba de la mano.

―¡Es hoy! ¡Es hoy! ¡Es hoy! ― gritó el niño con alegría, acercándose a sus padres para ser alzado por alguno de ellos.

Mika lo levantó y lo sentó en la barra de la cocina. Yuu saludó a su hijo con un beso en la frente.

―¿Ya han despertado Shiren y Gyumi? ― preguntó el ojiverde. La rutina doméstica era la que Yuu más disfrutaba: lavar los platos, ayudar a Michirou con sus tareas, hacer de comer con formas divertidas para su pequeño. Le relajaba hacer esos detalles antes de que su horario de trabajo llegara.

La oncología era dura, pero Yuu nunca perdía la esperanza. Tras la investigación en su último año de la carrera y haber pasado el examen de especialidad, logró entrar a la especialidad que se dedicaba a cuidar y ayudar a pacientes con cáncer.

Su trabajo en el hospital era estable, tenía un horario en la mañana y solía atender por citas. Nunca llevaba sus emociones del hospital a su hogar, dividía cada uno.

Yuu era quien pasaba mayor tiempo en la casa con Michirou, Mikaela en cambio trabajaba en el mismo horario que Yuu pero sumaba varias horas de estudio que lo tenían más tarde fuera de casa.
El rubio seguía estudiando; no había tenido opción cuando, al terminar su especialidad de pediatría, se le presentó la oportunidad de una beca para estudiar el cerebro de los infantes. Más conocida como neurología pediátrica.
Tendría casos más graves por atender, mucha más exigencia e incluso tendría que hacer uno que otro viaje. Yuu lo impulsó y animó para que aceptara la beca.

Y ahora con trabajos, les era difícil coincidir con sus amigos.

Sabían de ellos por mensajes, llamadas y cuando se topaban en conferencias o por motivos de trabajo. Todos tenían la misma área, eso les facilitaba encontrarse cuando visitaban otros hospitales o cuando coincidían en casos.

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