EPILOGO

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"Y ahora, por cierto, han pasado ya seis años... Nunca había contado esta historia. Los camaradas que me encontraron se alegraron de volver a verme vivo. Estaba triste, pero les decía: "es la fatiga".

Ahora me he consolado un poco. Es decir... no del todo. Pero sé que verdaderamente volvió a su planeta. Por la noche me gusta oír las estrellas. Son como quinientos millones de cascabeles...

Pero he aquí que pasa algo extraordinario. Me olvide de agregar la correa de cuero al bozal que dibujé para el principito. Y me pregunto "¿Qué habrá pasado en el planeta? Quizá el cordero comió a la flor..."

A veces me digo: "¡Seguramente no! El principito encierra todas las noches a la flor bajo un globo de vidrio y vigila bien a su cordero..." entonces me siento feliz. Y todas las estrellas ríen dulcemente.

A veces me digo "De vez en cuando uno se distrae, ¡y es suficiente! Una noche el principito olvidó el globo de vidrio o el cordero salió silenciosamente durante la noche..." ¡Entonces los cascabeles se convierten en lágrimas!

Es un gran misterio. Para vosotros, que también amáis al principito como para mi, nada en el universo sigue siendo igual si en alguna parte, no se sabe dónde, un cordero que no conocemos ha comido, sí o no, a una rosa..."




Nueve años después

Era su cuarto día con su trabajo oficial. La mata de ondulaciones rubias se movió de lado a lado limpiando inconscientemente su escritorio, provocando que las virutas de papel y borrador se pegaran a su cabello.
Se levantó con un quejido.
La espalda le dolía, el cuello igual y sus músculos tensos se quejaron cuando trató de estirarse para tronar sus huesos y articulaciones.

El cuaderno rojo donde hacía su investigación sobre los derrames cerebrales tenía la página doblada por haberse quedado dormido sobre ella.

Con un suspiro cerró la libreta y provocó que una hoja suelta saliera volando hacia el suelo.
Se agacho moviendo su silla para alcanzar la solitaria hoja y se quejó por el mínimo esfuerzo.

―Esa maldita costumbre de dormir en el escritorio... tendría que traer mi almohada y a Yuu-chan aquí. ― Murmuró para sí mismo. Se levantó con la hoja en la mano y se acercó hasta la ventana para poder recorrer las cortinas, la mañana daba inicio.

Encontró el dibujo de cuatro personas hecho con crayones de colores. Un rubio con cabello parecido al de Goku, con una especie de corbata y una camisa muy larga; un pelinegro con una camiseta pequeña que en el centro portaba una pegatina de un dinosaurio; luego tenía a otro pelinegro con dos puntos verdes de ojos que sostenía en el aire una especie de ovalo durmiente con un mechón amarillo.

Mikaela sonrió y regresó el dibujo a su cuaderno. Los dibujos de su hijo aparecían en los lugares menos esperados. Cuando tocaba su turno de trabajar y los encontraba le alegraban el día.

La pared estaba cubierta por tres libreros llenos, contenía los libros que él y Yuu recopilaron en su camino a la especialidad médica, también como los más básicos. Aquella habitación la tenían para poder estudiar en casa, únicamente para encerrarse y poder trabajar sin tener ninguna distracción.
O al menos esa era la idea. No aplicaba cuando las distracciones eran ellos mismos o un Michirou gritando y abriendo la puerta para pedir comida o galletas.

Mika tomó la perilla de la puerta para salir, pero ésta se abrió antes de que pudiera tirar de ella.

Yuu apareció en el marco sosteniendo una taza de chocolate caliente y mostrando una soñolienta sonrisa.

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