Granada, la ciudad del pecado (parte 3)

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Hace 8 años formé un intrincado plan para rescatar al hijo de René. Aunque Marcus nunca había sostenido una pistola en sus manos, se ofreció a participar. No lo detuve porque —en el fondo— comprendía su desesperación por salvar a su hijo. Sin embargo, hoy me arrepiento de haberlo dejado.

Iniciamos el ataque a las 9 de la mañana, primero interferimos sus cámaras y hackeamos su sistema de seguridad. Cuando los guardias se percataron del ataque, iniciamos las explosiones en el lado este de la mansión —ahora propiedad de René—. Marcus era parte del equipo de respaldo, pero no se apegó al plan. Su desesperación fue más grande que él, así que en cuanto escuchó la primera explosión, corrió como un psicópata a enfrentar a los guardias.

Pensé en dejarlo, no mentiré. Sin embargo, el recuerdo del semblante amargo de René me impidió abandonarlo.

Iniciamos el ataque mucho antes de lo previsto, la lluvia de balas se convirtió en una tormenta de muerte. Rápidamente, sufrimos bajas en ambos lados. El enfrentamiento fue feroz.

Casi por un milagro insospechado, Marcus logró abrirse camino hasta la mansión. Pero solo entró para morir.

Marcus no esperó a que la pieza clave de esa operación, Leah, nos abriera la entrada trasera. Por desgracia llegamos muy tarde, Marcus no sobrevivió. Cuando menos pudo despedirse de su hijo de 4 años. Pero la furia me consumió en ese momento, ni siquiera me importó que ese cobarde de Brett me amenazara.

—Si me matas, Terry Butler irá por ti. —De manera patética, Brett gritó eso cuando estuvo desarmado. Lo acorralamos gracias al sacrificio de muchos hombres.

Ni siquiera le respondí; cuando vi la sangre de Marcus en el piso, caminé directo hacia él. Lo golpeé tan fuerte que sentí sus huesos crujir debajo de mis nudillos.

—¿¡Cuántos te han rogado?! —grité lleno de furia—, ¿¡cuántos te pidieron que te detuvieras?!

—¡No me mates! —gritó con gran desesperación—, ¡quiero vivir!, ¡perdóname!

—¡¿Cuántos te pidieron lo mismo, infeliz?!, ¿¡a cuántas mujeres, hombres... niños?!, ¿¡a cuántos perdonaste?!

Ese cobarde lloraba y rogaba por su vida. Pero, cuando escuchó el sonido del arma, gritó:

—Si me matas, ¡no tendrás al niño!

Solté un poco su cuello y lo dejé levantar unos centímetros su cara, que apretaba con fuerza contra su escritorio.

—¡El niño...! —gritó—, vienes... ¿Por eso viniste?, ¡déjame ir! Hagamos un trato por su vida...

—Habla rápido, maldito idiota —respondí empujando su rostro contra la madera.

—Si me matas, jamás lo recuperarás. ¡Suéltame y te diré dónde está!

—Eres... maldito cobarde, ¡habla de una maldita vez! —Mis nudillos empujaban con rabia su rostro. No pensaba dejarlo ir, pero no sabía si Leah había cumplido su misión.

—¿Lo quieres...? —La carcajada que salió, de la boca de ese imbécil, comenzó como un siseo tenue que apenas se podía escuchar, pero se hizo muy fuerte con rapidez; pensó que al fin había ganado.

Sin embargo, uno de los hombres encontró a Leah en el piso. Ella cubrió con su cuerpo al niño, que estaba inconsciente pero bien. Me sentí tranquilo cuando me informaron que ambos seguían con vida. Después de eso, no dudé ni un segundo más, tiré al piso a ese cobarde y jalé del gatillo.

Llevamos a los heridos al hospital. Manejamos lo más rápido que pudimos, pero ya era tarde para Marcus. Era cuestión de tiempo para que muriera. Como dije, pudo despedirse de su hijo; él murió con una sonrisa en su rostro.

Sauvage (+18) (Pronto En Físico)¡Lee esta historia GRATIS!