Capítulo 8: Granda, la ciudad del pecado

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—No puedes seguir así, Bradley. —René estaba muy cansada durante el desayuno.

—¿Qué sugieres? —pregunté.

—Quítate la duda, ve con esa mujer y date cuenta que no es Juliette.

Por la mañana, los días viernes, René y yo tenemos un ritual matutino. Discutimos algunos de los negocios —turbios— que debemos llevar a cabo. Granada es un lugar que saca lo peor de las personas. Si el infierno tiene una sucursal en la tierra, seguramente Granada vendió la concesión.

—Estás en un estado tan patético —aseguró René mientras movía su tenedor, estaba muy enojada—; tienes dudas, estás distraído... pareces un adolescente, y de los estúpidos.

—Y no es para más, ¿no lo crees? Llevamos varios años planeado todo esto.

—¿Cuántas veces...? Bradley —René llevó un pedazo de fruta a su boca—, ¿cuántas malditas veces hemos estado en desventaja?

—No me lo tienes que recordar —respondí—, pero jamás nos había sucedido esto. Esa mujer nos ganó a los dos.

—¿Y? —respondió enojada—, ¿qué te sorprende? Solamente es una estúpida piedra en el zapato, tienes que despejarte y hacer algo.

—Y lo estoy haciendo.

—Hazlo rápido, esta noche estará ahí. Deja de enviar a los demás y ve tú.

—Tengo pensado hacerlo, créeme. No tienes que decírmelo.

—¡John! —El rostro de René palideció.

—¿Quién es ese?

—El maldito John D' Alban...

—¿Qué pasa con ese tipo?

—¡Voltea!

La mirada de René me transmitió su miedo. Antes de voltear, ya sabía a qué se refería. John D' Alban, el cazador de Granada. De los 4 jinetes del abismo, él es el peor. Un policía trastornado, un loco, o un psicópata, serían adjetivos cortos para describirlo. Ni siquiera los 3 peores criminales de la ciudad se atreven a enfrentarlo.

—Amigos —mencionó John, colocó con cierto cuidado su palma sobre mi hombro, después se sentó a lado de mí—, no quería interrumpir su desayuno, pero me temo que la invitación jamás me llegó.

—Nunca la mandamos —contesté.

—¡Qué mal! —afirmó—, esperaba que se hubiera perdido en el correo; yo aún los considero mis amigos.

—Desde que decidiste entrar en nuestro club y llevarte a algunos de nuestros clientes dejamos de pensar en ti —afirmé.

René estaba congelada, ni el más pequeño de sus músculos se movía. Su reacción era entendible, estar ante alguien tan peligroso le hiela la sangre a cualquiera.

—Pero... ¡Por favor! —John exclamó con alegría—, continúen con su plática de mafiosos. Imaginen que no estoy aquí.

—Deja los malditos juegos, ¿qué rayos quieres, D' Alban?

—¿Qué podría querer un viejo amigo? —respondió—, charlar sobre los viejos tiempos, tomarnos unos tragos y recordar nuestras aventuras...

—¿Nuestras? —mencioné con furia—, no existe tal cuestión. ¿Te has vuelto loco? Ve al maldito grano.

—Verás, estoy aquí para charlar como amigos —aseguró mientras sacaba un cigarrillo de su chaqueta—. Es lo único que me interesa.

—Bien, «amigo» —ironicé—, hay un par de maleantes que me han estado robando. ¿Podrías ir a revisar? Me está costando mucho dinero.

Sauvage (+18) (Pronto En Físico)¡Lee esta historia GRATIS!