Capítulo 12.2 - Tinta

3.9K 767 33

Mis Astros Bellos el capítulo 12.1 lo publiqué sin querer, era un borrador, por eso quedó tan corto. Aun así , releedlo por si acaso porqué añadí el final de la carta del padre. Ahora vamos a rematar el capi:( lo siento por las molestias)

Las manos temblorosas y empapadas en lágrimas, apartaron la carta que su padre un día le había escrito. Tratando de serenarse y de no perder el sentido ni la orientación en el pasado, se levantó tambaleante y escondió esa carta que había sido un soplo de aire cálido sobre su pecho, en uno de los cajones del escritorio, que ya había hecho suyo con todos los derechos inscritos en esa nada delatora. 

Retrocedió por instinto en cuanto reparó en que aún le quedaba una carta por leer. No quería que la melancolía la arrastrara entre la penumbra, pero debía afrontar lo que fuera que hubiere escrito Audrey en esa misiva. 

Audrey. 

Su hermana. Su amada hermana. Su favorita aunque no lo reconociera nunca, incluso por delante de Karen. La admiración que sentía por ella sobrepasaba los límites. Unos límites que la hacían sentir pequeña a su lado. Miserable.  

Inspirando una oleada de aire dormido y humedecido, arrastró ese papel con el emblema de los Seymour y se lo acercó.  Una parte de ella tenía miedo. 

"Hay algo en la familia de tu esposo que no me hace sentir segura en cuanto tu bienestar. Mantente alejada por el momento" 

Era todo.  Ligeras punzadas de decepción la invadieron. Con cierto deje de resentimiento , aunque no quisiera sentirlo, depositó esas dos frases en el mismo cajón en el que había depositado la de Anthon, su padre. 

Ni un cómo estás. Ni un te echo de menos. Rien* 

Tantas cartas que ella le había mandado...tantas promesas de amor y explicaciones... para recibir una advertencia. Sólo una advertencia de vuelta. ¿La familia de Thomas? Si ni si quiera los conocía, sólo había podido compartir alguna que otra conversación con Sophia y en cuanto al padre, lo había visto cuando tan sólo era una niña. Pero no sabía ni su nombre ni si la aceptaba. Solo sabía que apestaba a whiskey y a tabaco. Era el único recuerdo fresco que tenía de él. Eso y su altura. Tan alto como su hijo o, su hijo tan alto como él, mejor dicho. 

Se llevó una mano en el lugar que aun estaba vendado, la herida se había cerrado mas las curas seguían. Era una de las tantas consecuencias de las heridas de bala: las infecciones.  ¿ Habría tenido algo que ver su familia política? 

Gigi se detuvo delante de la carta que correspondía a Thomas. Su dualidad interior mantenía una batalla bastante firme. Por un lado, quería abrirla. Abrirla y saber qué había escrito en ella. Si descubría que su hermana le había dedicado más líneas a él que a ella quizás, incluso, se sentiría estúpidamente celosa. Apartó esa idea infantil de la mente, y se adaptó a su estado actual: madurez fingida. Dentro de las cualidades de una mujer inteligente estaba la de fingir. 

Por otro lado...si no la abría dejaría que solamente Thomas fuera dueño de esa información. Él decidiría si la hacía partícipe de lo que había en su interior o , por lo contrario la mentía. Porqué dudaba mucho que Thomas fuera a decirle la verdad en algún momento y en alguna circunstancia. El problema era saber qué tipo de mentira era la que usaba ese embaucador profesional. Porqué las mentiras tenían muchos carices.  Las había piadosas ¡já! se rio de ella misma al enumerar esa primera posibilidad . ¿Thomas haciendo gala de su talento para el engaño en pos a otros? No. Sencillamente no. Eso la llevaba a las destructivas, aquellas que se usaban para destruir a una persona deliberadamente. ¿Lo haría con alevosía? También existía la remota probabilidad de que fueran compulsivas. Que se tratara de una enfermedad patológica. ¿En ese caso tendría cura?  

Definitivamente si su calculadora hermana  hubiera querido que esa nota fuera directamente entregada a Thomas, hubiera sido así y no la habría puesto en el mismo paquete que llevaba su nombre: Gigi. Era una señal inequívoca de que debía conocer su contenido antes de dársela a su marido . Y le importaría muy poco lo que él pensara cuando viera que había abierto su correspondencia. No es como si fuera un secreto que no le profesaba confianza alguna. 

El lamento del sello roto duró un segundo, corto y sonoro.

"Lord Thomas Peyton, 

no hendiré en el hecho de que se haya llevado a mi hermana sin mi consentimiento puesto que, por razones obvias, no pudo haber pedido su mano aunque hubiese querido y su egoísmo prevaleció ante la honorabilidad.   A pesar del desarrollo, lamentable, de los sucesos y, conociendo, de su escasez de recursos no quisiera que Georgiana sufriera ninguna penalidad. Por ese motivo, le hago entrega de la dote que le corresponde."

Un cheque de quince mil libras a nombre de Thomas cayó fastuoso ante la mirada sorprendida de Gigi. 

En poco tiempo había recuperado sus pertenencias, heredado la casa de Bath y, por si fuera poco, recibido su dote. Bien, no lo había recibido ella, sino Thomas pero tal y como lo relataba Audrey en la carta parecía que fuera suya. Sólo se la entregaba a ese rufián para que ella no sufriera. ¿Sufrir? Miro a su alrededor. No le desagradaba esa propiedad, sí que era pequeña y apenas contaba de empleados -solamente dos- pero tenía una extraña sensación de confort en ese lugar. ¿Si le daba ese cheque a Thomas cambiarían de casa? Seguramente se mudarían a una grande con extensos pasillos, una de esas que puedes pasar meses sin ver al resto de ocupantes.  Quizás cambiarían a la de Bath. No, no era una posibilidad. Bath estaba en el meollo de la sociedad y serían la comidilla de todo el territorio. 

Las grandes zancadas de Thomas amenazaron con descubrirla, así que escondió todo en el mismo cajón de siempre y aparentó leer un libro que tenía sobre la mesa. Sabía que Thomas la espiaba por el hueco de la puerta de vez en cuando y así fue. Sintió su mirada sobre ella , exhaustiva e inquisitiva, como si de un cervatillo en el punto de mira de un cazador hambriento se tratara. Pero, por fortuna, y por algún extraño designio del Señor, jamás llegaba a entrar. Siempre se limitaba a mirarla por unos minutos para luego irse.  Tenía serias dudas acerca de la salud mental de Thomas , sin embargo, y aun en expensas de que fuera un loco desquiciado, su mirada se sentía arder sobre su piel hasta doler. No había nada de amble en Thomas Peyton , sin embargo, por algún extraño trauma infantil o desquicio , su cercanía se le hacía terriblemente placentera.

En cuanto se fue, sintió un gran vacío , como siempre que la dejaba ahogada en ese teatro candente. Pero sintió cierto alivio al poder esconder- libremente- ese cheque entre los libros de la estantería. Que nadie le preguntara por qué no se lo entregaba, simplemente no lo haría. No, por el momento. 


Rien: nada en francés


¡Ay! Esta imagen no sigue nuestras pautas de contenido. Para continuar la publicación, intente quitarla o subir otra.












Manto del firmamento ( IV Saga de los Devonshire)©¡Lee esta historia GRATIS!