Si pudiera retarme

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La verdad es que no sabía cómo la idea había podido aflorar en su cabeza. Él no era un tipo neurótico, pero la pregunta, tan tonta y ligera, había tomado forma. Habían estado bebiendo en casa de unos amigos, y entonces, Ramón, el barbudo pelirrojo que siempre tenía ocurrencias para todo, les preguntó: “¿Con quién engañarías a tu pareja?”. Las respuestas habían sido variadas, desde la claramente falsa de Cristina, que decía que sólo tenía ojos para su novio, cuando en realidad, echaba miradas de forma constante y evidente a un compañero de trabajo, hasta la más ingeniosa, del propio Ramón. Verónica había contestado tras él, una respuesta rápida e intrascendente: “pues con el actor de moda que ahora copaba todas las revistas”.

Pero Antonio conocía demasiado bien a su Verónica, y sabía que ella jamás lo engañaría con alguien de esa clase. Quizá se equivocaba, pero ya llevaban muchos años juntos como para saber que ella no se dejaba llevar por algo tan intrascendente.

Se miró en el espejo del baño. Ya no era aquel muchacho joven que con su sentido del humor, la había impresionado en la cafetería de la Facultad. Su melena ya no era larga y por supuesto, poblada. No es que lo viejos rockeros deban desaparecer, es que solamente se acaban marchando. Las noches de cervezas se traducen en barrigas incipientes, y esto parecía que era el principio del fin. Bostezó y olió un poco del alcohol que había bebido con cara de desagrado. Después, sonrió y se miró los dientes, mientras se pasaba la mano por la cabeza. Verónica, le tocó cariñosamente el brazo.

-          Bueno, ¿vamos a dormir?

Y en ese momento, lo besó, como tantas otras veces. Él le devolvió el largo beso, pero en su cabeza, una voz sibilina le decía “¿seguro que no piensa en él cuando te besa a ti?”.

Aquello lo desasosegó y ella notó la tensión que se había formado…quizá hoy no era una noche para eso, pues ya era tarde y era mejor dormir. Cuando él sugirió que no tenía mucho sueño y se fue al salón, Verónica no insistió.

Antonio no encendió el televisor, solamente se tendió y observó el techo. ¿Quién podía ser “él”? ¿Con quién podría engañarlo su Verónica? ¿Por qué se estaba preocupando? Pensó que quizá era por el hecho de que jamás se lo había planteado hasta ahora, porque ya no era tan joven…

Se sintió nervioso e incómodo y se levantó. Quizá estaba algo mareado por la cena y el vino. Empezó a dar vueltas por el salón, hasta que se golpeó con la mesita. Ahogó un “ouch” y entonces lo vio. Al tropezar, había caído de manera que sus ojos veían la parte de la estantería de Verónica. Ella no le engañaba, eso era claro, algo tan vulgar, tan típico para algunos de sus conocidos en ese momento de sus vidas, no era propio de ella. Pero eso no quería decir que aunque no lo hiciera en realidad, no lo estuviera haciendo mentalmente.

Sacó algunos ejemplares y los miró. Había pequeñas anotaciones, hojas de papel, y pétalos de flores secas, que parecían señalar pasajes muy concretos. Recordaba haber leído alguna novela de esas, o al menos, de eso sí que estaba seguro, haber ido al cine para ver la adaptación, o haberla visto sentados en el sofá. Ahora estaba todo claro, ésos eran los amantes de Verónica, sí, ¡ellos!. Sonrió para sí, ¡cuánta tranquilidad! No son reales, sólo era fantasías, y ella, naturalmente, no necesitaba una camisa de fuerzas. Además, todos eran personajes clásicos, no iban más allá de un beso en la mano.

Pero, una pequeña ansiedad hizo mella en el pecho de Antonio. Si aquello era lo que deseaba Verónica, ¿cómo podía estar con él? No, él no tenía la casa más hermosa de Derbyshire, ni la quería en contra de su entendimiento; afortunadamente, no tenía ninguna loca encerrada en el ático de su casa, aunque eso le restaba exotismo. Miró de forma nerviosa los ejemplares, y los nombres empezaron a mezclarse y repetirse en su cabeza: Darcy, Thornton, Wentworth, Rochester, Heathcliff, Philippe, Knightley…. ¡no, basta! se dijo, no, no era comparable, sólo era el hombre que ella había podido encontrar en el mundo real y con el que sentirse medianamente feliz, en esta realidad tan alejada de sus sueños. Se sentía embriagado, como si hubiera bebido un licor pesado, que sólo lo condujera a tener pesadillas.

Empujó los libros dentro de los estantes como pudo. Después cogió una hoja y escribió una extraña carta, hasta que el sueño lo tumbó y acabó dormitando sobre la alfombra.

Llegó la mañana. Verónica se acercó con energía cuando lo encontró tumbado, tal cual había caído la noche anterior. Cuando abrió los ojos, la encontró sonriente junto a él.

-          Creo que ya estamos muy mayores para estas juergas.

-          Eso me temo – contestó él con voz hueca y mirada lastimosa.

-          Bueno, no importa Antonio. Te quiero cómo eres – dijo ella sonriente mientras él la miraba sorprendido – sí, ya sé que no te digo “te quiero” tanto como debiera, porque siempre vamos corriendo, y sé que a ti te pasa lo mismo.

-          Sí, lo sé… - miró de forma culpable y continuó - yo sé que tú mereces que te digan “te quiero” todos los días.

-          Y tú también Y ahora te lo estoy diciendo. Y no necesitas tener 10.000 libras para decírmelo, ni yo rechazarte para confirmar que nuestro amor es sincero. Te quiero por ti mismo, no porque seas lo que encontré, como hacen muchos. Mi vida es intensa y contigo siento un amor profundo. Eso no lo cambia nadie que exista o que se haya imaginado.

Él la miró extrañado. La verdad es que no recordaba mucho de la noche anterior…Ese Chivas no volvería a probarlo… Sólo sintió que debía perderse en sus dulces ojos. Era la única solución. Después, sintió con seguridad aunque no muy bien por qué, que él era el único amor de su mujer.

En una libreta donde Verónica anotaba citas de libros, estaba guardado un papel garabateado, que decía así:

“Mi muy querida Verónica,

Sé que no acostumbro a decirte lo importante que eres para mí, porque siempre lo sobreentendemos. Es lo que tiene el mundo de hoy. La verdad es que ya no me puedo callar por más tiempo, como diría uno de tus caballeros, de esos que lees y con los que luego sonríes. ¡Quisiera retarme con todos ellos! No podré jamás tener una mansión de la que sueñes ser su “señora”, no tendré una fábrica con la que ir a la ruina para que me rescates; cuando te regaño porque haces algo que no me gusta, no espero que derrames amargas lágrimas, porque eso me entristecería más aún y sé que jamás harías algo tan malo. Y si sueño con algo, es con que tuvieras un hermano al que defender contra todos, o que me internara por medio mundo para poder resolver un misterio. Pero no, mi vida no me lo permite. Ojalá fuera a un duelo y luchara contra ellos, para que vieras que yo también puedo, que valgo. Pero como no puedo, debes saber lo mucho que te quiero, y que quizás no necesito una extraordinaria aventura, porque ya tengo una vida maravillosa contigo.

Antonio, que te quier…..”

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