Kitty 01

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El siguiente fragmento es mencionado en los capítulos «Después de todo». Ocurrió aproximadamente siete años antes.

Hacía poco menos de un mes que su madre había fallecido y que sus hermanos estaban lejos de ella. Aún no lo había superado. Era demasiado pronto. Ahora vivía en Cleveland, Ohio, con una familia de clase media en la que la hija mayor, Anne, se encontraba en la Universidad de Youngstown dentro de ese mismo Estado, y el hijo menor, Joseph, había decidido posponer su ingreso en la misma universidad un año.

A medida que pasaban los días iba encontrándose peor: su estado físico iba deteriorándose sin saber por qué. La dolía la cabeza a todas horas, tenía fiebre constantemente y un dolor muscular que podía con ella y hacía que estuviese aún más arisca con la familia. El matrimonio Chambers consultó con varios médicos el estado de la niña, pero cada uno llegaba a una conclusión distinta: desde la depresión post-traumática hasta el embarazo, pasando por la posibilidad de que lo estuviera fingiendo o estuviera consumiendo drogas.

Aquel día en el que ni siquiera había podido levantarse de la cama esa mañana, llevaba todo el día durmiendo en su cuarto. Recibía visitas constantes de sus padres adoptivos para ver cómo se encontraba, pero cada vez que subían a verla, ella les gritaba que se marcharan de una manera más brusca que la anterior. La última vez que subieron a su cuarto, fue para decirle que se marchaban el fin de semana a visitar a su otra hija y que su hermano Joseph estaría en casa por si necesitaba algo.

Le dolía tanto la espalda de estar tumbada que se esforzó por levantarse de la cama. En un momento antes se había despojado de toda su ropa debido al calor que emanaba su cuerpo, y ahora se encontraba en ropa interior. El sudor la caía a chorros y su precioso pelo negro estaba convertido en una maraña enredada pegada a su piel. Sabiendo que solo había una persona más en casa aparte de ella, salió de la habitación sin hacer ruido y caminó hasta el cuarto de baño tambaleándose, el cual se encontraba al fondo del pasillo.

Echó el pestillo de la puerta y se apoyó en el lavabo para no caer de bruces contra el suelo. Levantó la cabeza para verse en el espejó y cayó al suelo de culo debido al susto que se llevó al verse. Se puso de pie con pesadez y volvió al lavabo para observar su reflejo con detenimiento: sus ojos, que siempre habían sido de un gris metalizado, habían adquirido un negro azabache y brillante; tenía sombras de un morado intenso bajo ellos, y su piel blanquecina y pálida hacía destacar los moratones que habían empezado a salirle por todo el cuerpo. De pronto, un fuerte pinchazo le quebró la espalda, haciendo que la arqueara, y gritó de dolor antes de caer al suelo. Trató de ponerse de pie, pero volvió a caer tras otro grito de dolor provocado por un nuevo pinchazo a la altura de la rabadilla. Permaneció en el frío suelo gimiendo y sin saber qué le sucedía hasta que Joseph golpeó la puerta del baño varias veces.

—¡Katherine! ¿Te encuentras bien? —preguntó desde el otro lado de la puerta.

—¡Márchate! —le espetó ella desde el suelo y gritó por enésima vez.

—¡Abre la puerta!

El joven comenzó a tirar del pomo para intentar abrirla, pero no lo consiguió. Kitty giró sobre sí misma por las dolencias y arañó las baldosas del suelo con unas uñas largas, de color amarillo grisáceo y duras como una piedra que antes no tenía. Volvió a sobresaltarse ante aquello y chilló. Joseph golpeaba la puerta desde fuera con el hombro para intentar llegar a ella. Kitty se puso de pie ayudándose de lo que pudo y miró de refilón al espejo que formaba parte de la mampara de la bañera: su cuerpo parecía desfigurado; los huesos de las articulaciones se le habían acentuado y el esternón era más grande de lo norma. Notó y vio entre sollozos como su mandíbula se desencajaba y los colmillos le crecían. Una mezcla de aullido y grito salió de su garganta desgarrada y, asustada, cogió una toalla para taparse. Joseph seguía golpeando la puerta mientras la llamaba a gritos, pero Kitty no quería por nada del mundo que nadie la viera de ese modo. Se aproximó hacia la ventana que daba al jardín trasero de la casa, y justo cuando su hermano adoptivo lograba abrir la puerta, ella se dejó caer los dos pisos que había de altura.

—¡Katherine! —gritó Joseph y avanzó hasta ella, pero no logró alcanzarla antes de que desapareciera por el marco de la ventana.

Se asomó a la calle y la vio tendida sobre el césped echa una bola. Salió corriendo del cuarto de baño y bajó las escaleras a saltos en dirección a la puerta trasera, pero cuando llegó al jardín sólo quedaba la toalla con la que ella se había tapado.

Kitty permaneció tres segundos tendida en el suelo asimilando que no se había matado al caer de lado, y se levantó con todo el cuerpo dolorido. Saltó la verja trasera de la casa sin ayudarse de nada y corrió descalza y semidesnuda por la carretera mientras veía cómo le crecía el vello por todo el cuerpo. Su estado físico mejoraba por momentos. Ya no sentía los dolores iniciales, pero seguía notando como su cuerpo cambiaba y se hacía más grande y extraño. Esquivó un par de coches que venían de frente, provocando un accidente, y se desvió por una calle para atravesar un parque. Allí su espalda se encorvó, obligándola a caer de rodillas, y tras un último sonido gutural dejó de ser Kitty para convertirse en una loba de pelaje blanco y gris.

Notó que alguien la golpeaba con suavidad la cara para despertarla y abrió los ojos de golpe, levantándose hacia delante tratando de recuperar el aire. Era Joseph. La había tapado con su chaqueta porque estaba desnuda y le acariciaba el pelo enmarañado y sucio para apaciguarla y hacerla seguir apoyada sobre sus rodillas.

—Tienes que descansar —le dijo.

—No... —gimió Kitty, revolviéndose.

—Shhh, calma —la tranquilizó poniéndole la mano sobre la frente—. No pasa nada, ya estás bien.

Kitty se irguió para ver dónde se encontraba, pues no recordaba nada de lo que había sucedido. Cuando lo hizo volvió a echarse hacia atrás pegando un grito y un brinco al mismo tiempo debido al impacto visual. Enfrente de ambos había tres cuerpos mutilados y desmembrados. Apenas quedaba carne en los restos, salvo la cara, e incluso se veían huesos rebañados. Y sangre. Había restos de sangre por todas partes. Empujó a Joseph y se puso de pie, dejando caer al suelo la única prenda que le cubría el cuerpo. Observó con detenimiento la escena, tratando de entender lo que había sucedido, y cuando una ráfaga de imágenes atravesó su mente, vomitó, echando todo lo que tenía en el estómago. Joseph se levantó y recogió la chaqueta del suelo para ponérsela encima de nuevo.

—No te acerques a mí —le suplicó Kitty, y vomitó de nuevo.

Él la retiró el pelo de la cara y la rodeó los hombros con el brazo. Ella lo apartó con brusquedad.

—No lo entiendes... —musitó con los ojos humedecidos—. Yo hice eso. Soy... soy un monstruo.

—Pues yo te veo demasiado bonita para ser monstruo —contestó él con una sonrisa en su cara, y a Kitty le recordó a uno de sus hermanos menores.

—¿Cómo puedes mirarme? ¿Y si vuelve a pasar? —supuso desesperada—. ¡Podría matarte! —gritó y se mareó sólo de pensar que podría volver ocurrir.

—No lo harás. —Se acercó a ella y puso sus manos sobre los hombros de Kitty.

—¿Qué me está pasando? —comenzó a llorar y terminó por derrumbarse en los brazos de él.

Joseph la abrazó.

—Tranquila. No dejaré que te pase nada. Estás a salvo conmigo —dijo él y la besó en la sien.

Kitty lo abrazó con la poca fuerza que le quedaba después de todo lo que había pasado, y se aferró a su pecho como si quedarse así evitara que volviese a transformarse en aquella cosa. 

Los Guardianes: lo que no se contóDonde viven las historias. Descúbrelo ahora